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		<title>AxonesEones</title>
		<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/</link>
		<description>Conexiones insospechadas a la velocidad de la luz.</description>
		<language>es</language>
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				<title>Mercerías</title>
				<description><![CDATA[	<p>La estrecha calle se ensanchaba inesperadamente al llegar a la papelería. La olor de los lápices, el papel y la tinta fresca de los periódicos peleaban con el sutil aroma a dulce que emanaba de las dos pastelerías que había en la acera de enfrente, separadas por un par de portales. Y tras estos derroches de estimulación nasal, se encontraba un par de establecimientos de propósitos decididamente diferentes.</p>

	<p>El primero, en la plazoleta que se formaba al ensancharse la calle. Había una puerta verde oscuro, con un gran pomo dorado, que abría paso a lo que quizá era la tienda de lencería más pequeña de todo el pueblo. El escaparate era una diminuta ventana junto a la puerta, de unos cuarenta centímetros de ancho. No dejaba ver demasiado, ni había mucho que ver.</p>

	<p>Al entrar, sorprendía la cálida iluminación. Dos grandes focos, pendientes de un hilo cuyo final tan sólo se adivinaba en la penumbra del techo incierto, iluminaban los dos mostradorcitos y difuminaban el resto de la tienda: como una cueva. Las paredes estaban cubiertas con fieltro beige, y donde no las cubrían las innumerables cajas con bragas, sujetadores, conjuntos y otras variedades de ropa interior, había algunas muestras de género, discretamente fijadas con unos alfileres cuya cabeza plateada se podía distinguir en ciertos ángulos. Y ésta era la tienda más atrevida.</p>

	<p>A su derecha, separadas por las escaleras que llevaban al barrio nuevo, estaba la tiendecita de las Mercedes, atendida por dos hermanas solteras. Nadie sabía muy bien por qué las llamaban así, puesto que ni siquiera su madre se llamaba Mercedes.</p>

	<p>Ésta era un poco más grande, pero mucho más comedida. Nada de sujetadores extendidos sobre suave fieltro en los escaparates. En su lugar, e iluminadas con la parpadeante frialdad clínica de unos tubos incandescentes, había grandes sayas, recatadas enaguas y medias opacas con puntera reforzada, encargadas de preservar la decencia de quien las vistiera. ¿Lencería? Ni mentarla. Esto era una mercería como Dios manda.</p>]]></description>
				<pubDate>Sun, 10 Aug 2008 13:43:32 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/68-mercerias</link>
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			</item>
					<item>
				<title>La tentación de los adobados</title>
				<description><![CDATA[<blockquote>
<p>&#8212; Es que era tremenda. ¡Tremenda! Tú no te puedes hacer idea de cómo era. No la pensaba, que no la hacía&#8230; Teníamos en la galería unas jarras con adobo: cebollitas, aceitunas, pepinillos&#8230; Pues es que cada dos por tres, salía fuera y le decíamos <q>¿qué haces?</q> y siempre nos decía: <q>Estoy mirando a ver si llueve</q>.<br />
</p>
</blockquote>

<blockquote>
<p>
&#8212; ¿Y eso era lo que hacía?<br />
</p>
</blockquote>

	<p>Expectante.</p>

<blockquote>
<p>
&#8212; Ah, no. No, ¡qué va! Lo que hacía era levantar la tapa de las jarras y coger algún adobado. Así claro, se acababan tan pronto, que mi madre estaba intrigada. Encima, como aquella lo disimulaba tan bien, ¡mi madre nos preguntaba a los demás! Tenía una carota, aquella&#8230; Y lo mejor, el día que la enviaron a casa desde el colegio.<br />
</p><br />
<p>&#8212; ¿Hizo alguna trastada?</p><br />
<p>&#8212; Unas cuantas. Decía el maestro que la expulsaba por no traer los libros. Y claro, mi madre, que bien se había asegurado de que fuéramos a la escuela y tuviésemos los libros (que bien caros costaban), le pregunta: <q>¿Dónde están los libros?</q>. Y aquella, sin inmutarse, como si no hubiera roto un plato: <q>Ahí, en la cartera. ¿Ves como pesa?</q>. Mi madre la mira, con esa mirada que tenía de <q>Te conozco como si te hubiera parido y no me creo lo que me estás diciendo</q>, y sin decir palabra, levanta la cartera. <q>Sí que pesa, sí</q>. Mi hermana miraba como diciendo: <q>ya me he salido con la mía</q>. Entonces mi madre, sin darle tiempo a reaccionar, desabrocha la correa de la cartera y la abre. ¿Sabes lo que había?</p>
</blockquote>

<blockquote><p>&#8212; ¿Qué?</p></blockquote>

<blockquote><p>&#8212; ¡Piedras! Había llenado la cartera con piedras, para que pesara, y así tomarle el pelo a mi madre.</p></blockquote>

<blockquote><p>&#8212; Pero todo eso, ¿para qué? ¿Dónde estaban los libros?</p></blockquote>

<blockquote><p>&#8212; No te lo vas a creer: los había vendido&#8230; ¡para comprar más adobados!</p></blockquote>]]></description>
				<pubDate>Sun, 09 Mar 2008 13:27:58 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/67-la-tentacion-de-los-adobados</link>
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			</item>
					<item>
				<title>La terracita</title>
				<description><![CDATA[	<p><img src="http://axoneseones.soledadpenades.com/files/blog/patiogeranio.jpg" alt="Geranio en el patio" /></p>

	<p>Tras un tupido estor se encontraba la puerta, casi siempre entreabierta, para que corriera el aire, sujeta con un alzapaño entre morado y marrón, ligeramente deshilachado. Dos palmos más arriba, formando un escalón, el suelo, de baldosas de ladrillo rojo, cubierto por una capa de pintura, también roja.</p>

	<p>La baranda, un murete cubierto por yeso y repintado en blanco en varias ocasiones, se insinuaba detrás de la multitud abigarrada de macetas, macetitas y macetones situadas sobre unos tablones, claveteados de cualquier manera para formar algo parecido a un trapecio, que osaba llamarse <q>banco</q> en momentos de delirante grandeza.</p>

	<p>Debajo del banco, y si la altura lo permitía, ayudando a soportarlo convirtiéndose en parte de la estructura, había todo tipo de cachivaches. Garrafas, cajas de fruta, de envases de yogur (una ponía <q>Danone</q>), macetas vacías (lo más común), un saco de tierra, un botijo roto, otro sano (pero demasiado pequeño), una regadera de plástico en verde y blanco, otra de latón, bastante descuangarijada, un recipiente de cristal con objetos varios, y a saber qué más.</p>

	<p>Las plantas: la envidia del resto de vecinos (no veían lo que había bajo de ellas). Especialmente al mediodía, cuando el sol caía perpendicular y hacía que el verde brillara tanto en contraste con el blanco de los muros.</p>

	<p>Dos macetones, uno a cada lado, enmarcaban la estampa. A la derecha, una altísima y tupida esparraguera africana, ayudada en su escalada por un hilo que pendía del techo; los pequeños frutos enrojeciendo tímidamente. A la izquierda, una colocasia de enormes hojas, algunas perforadas por el último granizo que cayó, en Septiembre. No le hacía falta hilo para subir; se bastaba por sí misma para erigirse en guardián de su extremo. Varios geranios, desgarbados papiros, un intento de esparraguera impróspera (siempre fue un misterio: por qué aquí no pero en la terraza sí iba), un par de begonias. Y en el centro, derramando su cascada de hojas, una millonaria que pendía hasta casi alcanzar la base del piso inferior.</p>

	<p>La ventana del baño, cubierta con una persiana pintada de crema, siempre desplegada: decencia y virtud. La del dormitorio, en marrón oscuro mate, siempre medio enrollada (<q>que corra el aire y entre luz</q>). A la derecha de la ventana del baño, colgando de un clavito oxidado e incrustado en la pared sin ningún miramiento, había un termómetro: un cartón amarillo, con dibujos de burbujas, una foto de una mujer sonriente y un texto que rezaba <q>Beba agua Fonter</q>; la barrita con el mercurio a la izquierda, empezando en cinco grados y acabando en treinta y tres; los colores desvaídos, devorados por el tiempo y el resol.</p>

	<p>A la izquierda, una estantería de alambre (antiguo expositor, en sus tiempos), con más macetitas, especialmente cintas y su ocasional extensión con flor pendiente. También, una bicicleta de hierro vieja, repintada en verde; el manillar sin manguitos, algún radio descoyuntado.</p>

	<p>Y en la pared de enfrente, ignorado, crecía un helecho, arraigado en el hueco entre un desagüe y la pared.</p>]]></description>
				<pubDate>Sun, 02 Mar 2008 12:14:58 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/66-la-terracita</link>
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			</item>
					<item>
				<title>Domingo</title>
				<description><![CDATA[	<p>Campanas cercanas, amortiguadas, suenan lejanas; repican, cadentes, pausadas, insisten. Actividad en la calle: voces, carreras de pies pequeños, risas, los tacones de los zapatos <em>de vestir</em> resonando con solemnidad (la ropa es más discreta). Todo se detiene durante treinta minutos o un poco más (desde aquel Concilio, las cosas cambiaron mucho) y de nuevo vuelve el murmullo, algo menos solemne (por haber expiado los pecados), ahora con voces de adultos.</p>

	<p>Pasan por delante del kiosko; el olor de decenas de periódicos hojeados en un instante los atrae irremediablemente: los domingos se compra un periódico. Salen cargados con un periódico cualquiera, los suplementos semanales, los suplementos a los suplementos, el coleccionable, las tapas y un póster conmemorativo de la nueva colección, todo por un módico precio.</p>

	<p>En la casa, lejos de la calle, el murmullo apenas se distingue; más bien hay que imaginarlo y completarlo con los gritos ocasionales que penetran los muros y atraviesan el patio de luces. <q>¡Qué vistas tienes!</q>, recordó que le decían. <q>¡Todo el río se ve desde aquí!</q>. <em>¿El río?&#8230; me río yo del río</em>, se decía, sin musitar palabra, mientras filtraba una infusión con un colador de tela. Un chorrito de leche hirviendo, tres galletas María y las pastillas de la mañana.</p>

	<p>Mientras atravesaba el largo pasillo, lentamente, los coches seguían a lo lejos, escondiéndose y surgiendo tras las curvas. Se dejó caer pesadamente en el asiento. En la televisión, la misa. No le prestaba atención: un cura anónimo, coro anónimo, feligreses anónimos. Caras desconocidas, mirando a la cámara con pretensiones. La iglesia, ornamentada como nunca, porque viene la televisión. Ni caso, pero se sentía mejor si lo ponía.</p>

	<p>Finalmente llegan, con el periódico y la parafernalia. No los oye entrar (el pasillo, ¡tan largo!). La misa ha acabado hace rato; ahora hacen un programa de temática religiosa, aprovechando las circunstancias. </p>

	<p>&#8212; ¡Caramba, cuánta cosa! ¡Al final hará falta un carrito para ir al kiosko! &#8212;</p>

	<p>Apagan la televisión.</p>

	<p>&#8212; Hale, ¡contadme cosas! &#8212;</p>

	<p>Lo hacen.</p>]]></description>
				<pubDate>Sun, 24 Feb 2008 12:17:36 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/65-domingo</link>
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			</item>
					<item>
				<title>¿Nevará?</title>
				<description><![CDATA[	<p>Se levantó de la silla una vez más, acercándose al ventanal, y miró hacia el cielo con un gesto interrogante. Nada nuevo: cubierto con un manto de nubes ordinarias y de un gris uniforme. Como los siete días previos. Miró abajo, al patio. Todo igual.</p>

	<p>Volvió a sentarse y apoyó la cabeza en las manos, los codos sobre la mesa. Decepción.</p>

<blockquote>&#8212; ¿Qué te pasa?</blockquote>

	<p>Dos segundos de silencio, con la mirada fija en algún punto desconocido. Y de repente:</p>

<blockquote>&#8212; ¿Crees que nevará?</blockquote>

	<p>Mientras lo decía se le iluminaban los ojos.</p>

<blockquote>&#8212; &#8230; porque hace mucho frío, seguro que estamos a diez grados bajo cero&#8230; y el jazminero, tenía una flor negra. ¿Eso no es cuando hiela? Yo creo que va a nevar&#8230; </blockquote>

	<p>Seguridad repentina. Confianza en una misma.</p>

<blockquote>&#8212; Bueno&#8230; </blockquote>

	<p>Miró también por la ventana, como examinando al paciente antes de diagnosticar.</p>

<blockquote>&#8230; cuando va a nevar, se pone el cielo blanco, blanquísimooo, y hay una claridad muy fuerte, con mucha, ¡muchísima luz!</blockquote>

	<p>dijo lentamente, casi diríase que evocando otros tiempos. Dejó las agujas de punto (y la manga a medias) en su regazo, y se frotó el hombro con la mano derecha, con un escalofrío.</p>

<blockquote>&#8212; Entonces&#8230; no crees que vaya a nevar</blockquote>

	<p>La miró. Le maravillaba su persistencia.</p>

<blockquote>&#8212; No&#8230; por ahora&#8230; me parece que no&#8230;</blockquote>]]></description>
				<pubDate>Thu, 21 Feb 2008 09:06:16 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/64-nevara</link>
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			</item>
					<item>
				<title>Presencia en el hostal</title>
				<description><![CDATA[	<p>Le dijo el primer día:</p>

<blockquote>Por este pasillo no te recomiendo que pases.</blockquote>

	<p>En aquel momento no prestó atención. Estaba cansado del viaje y tan sólo quería dejar su equipaje en la habitación, ducharse y dormir. Pero según iban pasando los días, la extrañeza se iba desarrollando, hasta llegar a un punto en que <em>decidió</em> que estaba bastante intrigado. El pasillo no parecía tener nada de particular en comparación con el resto de pasillos del hostal. Desde fuera ese ala del edificio parecía absolutamente normal, y desde dentro&#8230; bueno, desde dentro no había podido vislumbrar mucho más allá de los dos primeros metros; todas las puertas del pasillo estaban cerradas a cal y canto; casi diríase que el pasillo <em>devoraba</em> la luz.</p>

	<p>Había comentado con el otro huésped que podrían ir a dar un paseo por alguno de los senderos rurales de los que hacía gala el hostal, pero no lo había visto aquella mañana. Y a pesar de que no era un gran edificio, desconocía en qué habitación se alojaba.</p>

	<p>Baja a recepción con idea de preguntarlo. Pero no hay nadie. Espera un par de minutos, por si vuelve el recepcionista, pero no se oye nada, en absoluto. Asoma la cabeza por encima del mostrador, intentando encontrar algún tipo de <em>prueba</em> o indicio de que el recepcionista ha estado por allí recientemente, o si tardará poco en volver.</p>

	<p>El monitor del ordenador, con el salvapantallas. La taza de café, vacía. El paquete de cigarrillos y el mechero, junto con el móvil: a la derecha. ¿Quizá volvería en breve? Quizá fue al aseo&#8230;</p>

	<p>Espera cinco minutos más, rodeado de aquel incómodo silencio. Mientras tanto, lanza miradas furtivas al pasillo oscuro. ¿Qué hacer? Atreverse a entrar en el pasillo <em>no recomendado</em>&#8230; y más aún, ¿por qué no recomendado?</p>

	<p>La curiosidad es más fuerte.</p>

	<p>Vuelve a mirar a izquierda y derecha, tratando no de encontrar a alguien, sino de no ver a nadie esta vez. Y efectivamente, sigue sin haber atisbo de compañía. Da media vuelta lentamente, con cuidado, para que las baldosas ligeramente sueltas no delaten su intención, y se detiene en el umbral del pasillo, justo donde la oscuridad comienza su reinado. Es como asomar la cabeza por la boca de un pozo negro. De pronto, le parece escuchar la voz del huésped. ¿Estará aquí su habitación? Cree que ha hecho bien atreviéndose. ¡Valor!</p>

	<p>Sigue avanzando por el pasillo, ya envuelto absolutamente en su negrura, y experimentando de cuando en cuando una especie de chiribitas, como ráfagas de luz. ¿Qué ha sido eso? Si era una ráfaga era demasiado corta como para permitir al cerebro tomar conciencia de ello. Pero sus ojos <em>han visto</em> algo. ¿O es una autosugestión por culpa de esta oscuridad? O tampoco&#8230; de alguna forma, aunque no hay luz y ni siquiera se ve ya la recepción por culpa de esta especie de niebla oscura, <em>hay luz</em>. Y se pregunta: ¿de dónde viene esta luz?</p>

	<p>Unos metros más adelante, la claridad se hace más evidente. Ve la salida de la casa al final del pasillo: prado verde, montañas, caminos, mientras a sus espaldas tan sólo se ve el continuo de oscuridad que es el pasillo, como un agujero negro, casi, se dice, <q>como un portal interdimensional a otro tiempo</q>. No es que sepa mucho de portales pero siempre ha querido vivir la experiencia de ver uno.</p>

	<p>Mientras observa <em>la otra parte del portal</em>, las paredes, la puerta al prado, los muebles, ve algo que se mueve bajo unas pesadas sillas tapizadas en rojo. Se acerca, no sin cierto temor, y distingue al huésped, acurrucado entre las patas de las sillas, casi diríase que atrapado por ellas, como una horquilla.</p>

<blockquote>&#8212; ¿Qué haces ahí? ¿Por qué no sales? Llevo toda la mañana buscándote</blockquote>

<blockquote>&#8212; Oh, de aquí no puedo salir si los fantasmas no me lo permiten.</blockquote>

<blockquote>&#8212; ¿Fantasmas? ¿Qué fantasmas?</blockquote>  

<blockquote>&#8212; ¿No los ves? Fíjate como distorsionan los colores y las luces a tu alrededor&#8230;</blockquote>

	<p>Miró al huésped con una cierta incredulidad. La escena al completo le parecía de alguna forma digna de una película de Buñuel, con el huésped, cuya constitución no era precisamente enclenque, contorsionándose bajo las  sillas macizas, y no sólo eso, sino además pretendiendo estar <em>atrapado</em> ahí abajo, sometido a los deseos de un fantasma.</p>

	<p>Pero&#8230; ¿y si fuera verdad? Miró a su alrededor, no al entorno, sino a lo que hay entre él y el entorno, y comenzó a distinguir pequeños cambios en la luz; distorsiones, tintes extraños a veces, como mirar a través de un cristal imperfecto y con manchas. El mero hecho de asumir que estaba equivocado ya le había producido un vuelco interior, como un vahído mental; <em>ver</em> esos extraños efectos fantasmales le producía unas más que desagradables náuseas.</p>

<blockquote>&#8212; ¿¡Cómo detener esta angustia!?</blockquote>

	<p>Se sentía estirado hacia atrás, como si el pasillo tratara de absorberlo y engullirlo como hacía con la luz; los fantasmas, crecidos, orgullosos de ser creídos, danzaban a su alrededor, cada vez más nítidos, cada vez más amenazantes.</p>

	<p>Debía hacer algo; no sabía muy bien qué. En el agobio, sólo una palabra le vino a la mente:</p>

<blockquote>&#8212; <span class="caps">DETENEOS</span> &#8212; dijo, con una fuerza y un volumen de los cuales se creía incapaz.</blockquote>

	<p>Y para su sorpresa, dejó de sentir la succión del pasillo y las náuseas; los extraños efectos de luz desaparecieron y lo que es más, la oscuridad del pasillo se evaporó y podía ver la recepción desde allí de nuevo. Asombrado por su recién descubierto <em>poder antifantasmas</em>, miró hacia el huésped, que permanecía aún acurrucado bajo de las sillas.</p>

<blockquote>&#8212; ¿Crees que podrás salir ya?</blockquote>

	<p>Como si tal cosa.</p>]]></description>
				<pubDate>Thu, 14 Feb 2008 07:15:21 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/63-presencia-en-el-hostal</link>
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			</item>
					<item>
				<title>La pintora</title>
				<description><![CDATA[	<p>Por alguna razón extraña, fue a dar un paseo con ella. <q>¿Quieres ver la terraza?</q>, le preguntó. Por supuesto que quería verla, de cerca. De lejos, era como un postizo. Más allá de las barandillas o las persianas, tangibles, reales, sólo había decorados.</p>

	<p>Así que con tranquilidad, recorrieron el corto trayecto entre la tienda y su casa. Le habían dicho que era artista, pintora. <q>Ese cuadro de las flores que hay en la entrada, ¿te acuerdas? Pues lo pintó ella</q>. </p>

	<p>Mientras trataba, en vano, de recordar más dichos sobre la pintora, llegaron a su portal, que hasta entonces había pasado desapercibido, y subieron los dos cortos tramos hasta el primer piso. Abrió la puerta y una bocanada de luz inundó el oscuro rellano. En el recibidor, una consola sencilla y multitud de figuritas de cerámica de diversos tamaños y estilos, al igual que en la pared, ornada con cuadros grandes, pequeños, apaisados algunos, la mayor parte de ellos representando bodegones, ramos de flores y otras naturalezas muertas: pocos paisajes y retratos.</p>

<blockquote>Y al fondo, está la terraza.</blockquote>

	<p>De los cuadros, nanay. La tenue luz del recibidor, en contraste con la claridad que asomaba al fondo del pasillo, no invitaba en absoluto a quedarse contemplando aquellas pinturas. Ella quería ver si el decorado era tal o real.</p>

	<p>Finalmente, llegaron al comedor, ignorándolo por completo, y abrió la puerta en la cristalera de la terraza. Ahí estaba, el decorado ante ella. Ya no era una ilusión lejana, sino que podía pisarlo, caminar por él. Y la diferencia de perspectiva no era lo único sorprendente, sino el hecho de que había <em>más</em> terraza de la que veía de normal, con espacio para más macetones y otro farol. ¡Y ella creyendo que sólo había uno!</p>

	<p>Dió algunos pasos dubitativos, mientras la pintora asentía con la cabeza, invitándola a explorar. La claridad era casi hiriente, de junio por la tarde, poco antes del solsticio. En la pared junto a la cristalera había un grifo, conectado a la manguera naranja que tan vista tenía. Un poco más allá, bajo del farol que conocía, aquella mesa de mosaico, con sus piedras multicolor y la base de hierro forjado, pintado en negro. Más macetones y macetas, la baranda metálica al fondo y a la derecha, aquella graciosa separación entre esta y la terraza adyacente: un murillo bajo, de unos cuarenta centímetros, y encima otros treinta centímetros de celosía, al estilo de las construcciones playeras, con un desagüe justo en la mitad longitudinal para recoger el agua de lluvia (o de manguera).</p>

	<p>Se acercó cuidadosamente al murillo y observó a través de la celosía, pero el perro que esperaba encontrar al otro lado no estaba. ¿Sería este el mismo decorado o uno similar? Empezaba a dudarlo&#8230;</p>]]></description>
				<pubDate>Tue, 29 Jan 2008 10:25:46 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/62-la-pintora</link>
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			</item>
					<item>
				<title>Formatge</title>
				<description><![CDATA[	<p>Fue a comprar un día a la tienda aquella señora, a la que no había visto antes, o en la que no había reparado hasta el momento:</p>

<blockquote>Venia a per formatge&#8230;</blockquote>

	<p>dijo, con suavidad, como si le supiera mal pedirlo. Tenía una cara redonda, bonachona, los rasgos sin líneas rectas; dos pequeñas perlitas como pendientes, el pelo suelto, ni corto ni largo, y peinado hacia atrás con sencillez, con una horquilla como único broche.</p>

	<p><em>Formatge</em>.</p>

	<p>¿Qué era el formatge? Repetía mentalmente el sonido de la palabra, como si reflexionando sobre ello pudiera entender qué quería decir. Mientras tanto, sonaban las noticias en Radio Nacional, pero ella seguía tratando de descifrar el significado de aquella palabra.</p>

	<p>Sería de las pocas veces que se había percatado de que existía otro idioma y lo hablaban de la misma manera que ella hablaba el suyo, o de otra manera, empezaba a entender el concepto de idioma y a dejar de asumir implícitamente que todas las palabras pertenecían al mismo idioma. Como cuando escuchó <q>groc</q> de boca de otra compañera de colegio. Extraño. </p>

	<p>Y era <em>queso</em>, como entendió cuando iban hacia el refrigerador y un trozo de queso manchego era cortado con aquel cuchillo enorme, con decisión. </p>

<blockquote>&#8230; Un cuarto, sí&#8230;</blockquote>

	<p>A la señora la volvió a ver de vez en cuando, a veces en la tienda y a veces fuera de ella. Siempre con su cara de buena persona, cierta resignación incluso. Y cada vez recordaba la escena del queso, con una constancia tal que hasta llegó a creer que la redondez y suavidad de su cara era producida por el queso.</p>

	<p>Poco a poco se fue engriseciendo; empezó por el pelo, que continuaba llevando suelto, levemente recogido con la horquilla, una cana aquí y otra allí, hasta tener más cabellos blancos que negros, mientras vestía cada vez más oscura, el semblante cada vez más triste, la cara menos de queso y más angulosa. Quizá ya no comía queso.</p>]]></description>
				<pubDate>Mon, 28 Jan 2008 22:09:42 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/61-formatge</link>
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			</item>
					<item>
				<title>El hombre del bastón</title>
				<description><![CDATA[	<p>Tenía aterrorizada a la mitad del colegio; la otra mitad no lo había conocido aún, o estaría aterrorizada igualmente. </p>

	<p>Vivía justo de camino al colegio, y por las mañanas, cuando los niños iban a clase, salía a la puerta de su casa y observaba. La mayor parte de las veces, era lo único que hacía: estático, rígido, apoyado, casi aferrándose, en el bastón, y escudriñando inquisitivamente a todo aquel que pasaba, a través de sus lentes oscuras. </p>

	<p>Ocasionalmente, su rostro, estático y hostil, podía conjugar un cambio aún más hosco y un mohín siniestro tomaba posesión de él: fruncía el ceño, realizaba una extraña mueca con la boca y el puro que siempre llevaba consigo, y diríase que su cabellera, una especie de casquete compuesto de pelo y grasa que parecía un tupé (por lo estático) pero no lo era, retrocedía un par de centímetros para permitir que las cejas pudieran mostrar todo el arco por encima de las opacas gafas y así evidenciar su irritación.</p>

	<p>Nadie sabía el por qué de su enfado constante. Quizá simplemente su cara era así, pero incluso cuando dejaba de observar y decidía hablar, los niños huían antes de que acabara de pronunciar, entre carraspeos, la primera palabra.</p>

	<p>En ocasiones aún más excepcionales, no sólo se conformaba con lo descrito hasta ahora, sino que también daba algunos pasos. Era entonces cuando los niños descubrían que la finalidad del bastón no era atizar a nadie, sino suplir las carencias de una pierna más corta que la otra; y por eso su pie izquierdo calzaba una suela más gruesa que el pie derecho.</p>

	<p>Parecía que disfrutara de esa especie de condición de personaje de cuento, como si en el fondo gustara de ser un tanto ogro y tener cierto poder sobre los niños. Cuando hablaba con adultos, mientras los niños se escondían tras las piernas de los mismos y se sorprendían de que el hombre del bastón fuera una persona normal al fin y al cabo, capaz de articular palabras y no gruñidos carraspeantes, relajaba sus gestos e incluso sonreía, dejando ver los dientes <del>todos, ¡a sus años!</del> ennegrecidos por los puros y los carajillos que tomaba en el bar de enfrente mientras los niños estaban en el colegio.</p>

	<p>Un día, poco después de que el colegio cambiara de localización y los niños dejaran de pasar cada mañana por la calle, cerró la puerta de su casa y ya no se le vio más.</p>]]></description>
				<pubDate>Sat, 26 Jan 2008 12:24:11 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/60-el-hombre-del-baston</link>
				<guid>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/60-el-hombre-del-baston</guid>
			</item>
					<item>
				<title>Natillas con canela</title>
				<description><![CDATA[<blockquote>Sí, y en la despensa están, enfriándose. ¡Cógete una si quieres!</blockquote>

	<p>Efectivamente, allí estaban. Encima del primer estante, en los huecos entre las grandes jarras de aceitunas en salmuera y otras conservas, servidas en pequeños platos de postre; una galleta en el centro y espolvoreadas con canela. Aún estaban tibias; prácticamente recién hechas.</p>

	<p>Justo fue a coger el plato con la grieta. Siempre pensaba: <q>he de procurar no coger éste</q>. Pero lo volvía a elegir sin darse cuenta.</p>]]></description>
				<pubDate>Thu, 08 Nov 2007 09:15:00 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/6-natillas-con-canela</link>
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