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		<title>AxonesEones</title>
		<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/</link>
		<description>Conexiones insospechadas a la velocidad de la luz.</description>
		<language>es</language>
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				<title>Pantalones</title>
				<description><![CDATA[	<p>Los primeros días fueron espantosos. Eran todos unos brutos sin ningún tipo de delicadeza. Se te acercaban y lanzaban sus soflamas sin pensárselo dos veces. Y tú hala, a aguantarlo sin rechistar, porque éramos los pequeños. La cadena de abuso se iniciaba así desde bien pronto, cuando uno pensaría que a los pequeños se les trataría con especial respeto y protección.</p>

	<p>El peor era uno delgaducho, moreno, de cabeza acalabacinada y pelo más bien largo, en forma de casco. Él ya estaba en 1º de <span class="caps">EGB</span>, y caminaba henchido de autosuficiencia. Venía todos los días a la hora del patio y preguntaba con impaciencia y exasperación que por qué llevábamos vestido. Nos amenazaba con levantarnos la falda, y nosotras, ¿qué íbamos a decir? ¿Qué podíamos hacer? Le huíamos como podíamos, pero a veces te acorralaba contra un árbol, con los brazos alrededor de tu cabeza, las palmas sobre el tronco del árbol, para que no pudieras escaparte. Entonces se acercaba, con el ceño enfurruñado, y te preguntaba, te inquiría, que por qué, ¿por qué llevabas vestido?, ¿a santo de qué?, ¿por qué?, ¿por qué?.</p>

	<p>Sólo se calmaba cuando finalmente le prometías que mañana, mañana seguro que traerías pantalones, y a partir de mañana siempre lo harías así. Nunca más llevarías vestido, a partir de mañana siempre serían pantalones. Para siempre. No más faldas. Siempre pantalones.</p>

	<p>Pero yo no recordaba tener pantalones. Sólo me venía a la cabeza una foto que había en casa, en la que salía con unos pantalones de pana. Era Septiembre, caluroso y húmedo como pocos había vivido hasta entonces, pero yo me aferraba mentalmente a aquella imagen: los pantalones de pana, el abrigo de lana, una bufanda que me envolvía el cuello y casi me tapaba la cara también, y repetía, frenética: <q>¡Mañana traeré pantalones! ¡Lo prometo! ¡Los traeré! ¡Lo prometo!</q>, cada vez más alto y más deprisa, hasta que se cansaba o se daba por satisfecho, y finalmente se iba, dejándonos asustadas y temblequeantes para el resto del día.</p>]]></description>
				<pubDate>Sat, 17 Mar 2012 18:38:55 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/108-pantalones</link>
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				<title>La estación</title>
				<description><![CDATA[	<p>En la encrucijada de los cuatro caminos (o las dos carreteras) quedan unos escombros viejos; una esquinita aún se distingue y al otro lado hay una pared con un ventanuco en forma de estrella.</p>

	<p>El resto se lo llevaron para hacer cimientos. Reciclaje a la antigua usanza. Y aún más: no eran dos carreteras, sino un caminito y una vía. Echaron los escombros de los escombros sobre la vía, y la llamaron carretera. Y todos tan contentos.</p>

	<p>Total, coger el tren era de pobres. Y ellos ahora eran señoritos.</p>]]></description>
				<pubDate>Fri, 16 Mar 2012 07:40:50 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/107-la-estacion</link>
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			</item>
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				<title>Postes</title>
				<description><![CDATA[	<p>La carretera: los postes de teléfono, el hilo subiendo, y bajando. Como un osciloscopio, un metrónomo marcando kilómetro tras kilómetro. Cada cincuenta postes: un kilómetro (más o menos).</p>

	<p>Fíjate qué rápido vamos; casi no se distinguen los postes. Son un continuo, una mancha a franjas. Pam pam pam pam pam, detienen el viento que traemos; nos lo devuelven como una raquetilla. Pam pam pam pam pam, abofetean nuestras orejas; ¡cierra la ventana!</p>

	<p>Fuera, quedan los postes. Fuera, lo que tú digas (no lo creo). Mis postes amigos, llevando miles de conversaciones de teléfono (y de telégrafo). Yo me llevo a mí (bueno, lo hace el coche). Los postes los llevan a ellos: teletransporte primitivo e incompleto, fraccionado en varas y listones.</p>]]></description>
				<pubDate>Sat, 25 Feb 2012 10:39:50 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/106-postes</link>
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			</item>
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				<title>Dunas</title>
				<description><![CDATA[	<p>Dunas, caracolitos,<br />
fragmentos de coral<br />
y el rompeolas,<br />
y el rugir del mar,<br />
al fondo, enfadado.</p>

	<p>Agazapado y alerta:<br />
el cangrejo,<br />
rápido,<br />
¡retroceso!</p>]]></description>
				<pubDate>Sun, 29 Jan 2012 15:24:05 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/105-dunas</link>
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			</item>
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				<title>Píldora</title>
				<description><![CDATA[	<p>La cosa funcionaba así: te acercabas al mostrador y le preguntabas si te podía poner un bocadillo &#8220;de tal&#8221;.</p>

	<p>Entonces levantaba la vista de lo que quiera que estuviera haciendo en aquel momento, se giraba con gesto desganado, y apuntaba con la mirada a los productos que tenía en el mostrador.</p>

	<p>&#8220;Sólo servimos lo que está ya hecho. No preparamos nada más&#8221;, dijo, como gruñendo.</p>

	<p>No te puedes ni imaginar lo que había allí. Me quedé hipnotizado observando, como si fuera un museo de las curiosidades excéntricas: patatas bravas ya fritas, con la salsa de ketchup y la mayonesa (o el allioli, lo que sea) ya untados por encima. Listas para servir. O huevos, ya fritos. Imaginaba la yema endurecida por las horas que debía llevar ya, esperando a que alguien –a las santas once de la mañana– tuviera a bien pedir que le sirvieran unos huevos fritos y patatas bravas recalentadas. Y que de postre le pusieran uno de esos croissants que venían en un soporte de polietileno blanco, forrados con papel transparente; la corteza del croissant pegada al mismo, como una herida con esparadrapo y sin apósito.</p>

	<p>Menudo antro.</p>

	<p>Sin embargo, no me quedaba otro remedio. Debía tomar aquella medicina repugnante, y no la podía tomar en ayunas. No había ningún otro sitio abierto, y de todas maneras, no podía abandonar la estación. Mi autobús podía salir en cualquier momento sin mí, si me alejaba. Se iría en un descuido.</p>

	<p>Pedí un café con leche. Me lo puso en una taza de plástico. Me dio por pensar que sacó el café de un termo; no oí ninguna cafetera. Quizá tenía la leche mezclada ya en el termo. ¿Y si hubiera pedido un café solo? Quizá me habría dicho que no lo preparaba.</p>

	<p>Una anciana se acercó, apoyándose en una muleta. Me preguntó de dónde había sacado la bandeja. Iba a hacer lo mismo que el tipo de detrás del mostrador, apuntar hacia el montón de bandejas con la vista, pero me lo pensé mejor y le traje una bandeja yo mismo. La puse sobre el raíl. Iba a preguntarle si quería que le llevara la bandeja a su mesa, pero ella estaba tratando de llamar la atención del camarero y no me vio.</p>

	<p>Pagué, me senté. Desde donde estaba veía mi andén. El autobús no había llegado aún. Me tomé la pastilla a desgana. Costaba de tragar: enorme, incómoda en mi garganta. Bebí el café, intentando que hiciera bajar el mamotreto asqueroso por mi esófago. Horas después, cuando ya íbamos por aquellos caminos traqueteantes, aún tenía la sensación de la píldora atravesada, la sensación de ahogo. O es que me ponía malo sólo de pensar en lo que me esperaba al llegar.</p>]]></description>
				<pubDate>Sat, 21 Jan 2012 13:13:30 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/104-pildora</link>
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			</item>
					<item>
				<title>Fontana lejana</title>
				<description><![CDATA[	<p>Cambio de lugar, cambio de ambiente. Recibimiento hostil: todo era raro. <q>¿Quiénes son éstos? No los conozco. ¿Dónde está el resto? Aquí no&#8230;</q></p>

	<p>Un edificio bajo, de dos alturas, con forma de caja. El tejado, ligeramente inclinado, era la única anomalía en aquella colección de ángulos rectos. Ladrillo vista, cemento y muchos ventanales. Tres moreras, a su derecha: la nota de verde. Al fondo, en un rincón, un columpio oxidado, encajado bajo de otro, igualmente devorado por la herrumbre; la pintura apenas era un recuerdo olvidado. Dos juegos de barandas, siguiendo la línea de la fachada, separaban virtualmente la zona de los árboles del resto, que quedaba libre, al descubierto, al raso y sujeta por tanto al escrutinio de todos los vecinos, que contemplaban, curiosos, los movimientos de los habitantes &#8212;aunque temporales&#8212; del edificio.</p>

	<p>A la izquierda, un gran muro blanco, altísimo, con un marco pintado en rojo pálido sobre su pared y con un tejadillo y una extraña caseta en la cumbre, resistía los balonazos día sí y día también, sin revelar a nadie su verdadero propósito. Otra caseta similar estaba a la derecha del muro, justo arriba de la entrada: aquel portón metálico, pintado de gris azulado, al que llevaban dos escalones triangulares, y que sólo se abría del todo en ocasiones especiales. El resto, se conformaban con abrir la puertecita de en medio, con su pestillito, a las horas correspondientes. A la izquierda del muro, justo a la misma altura en que se encontraba la caseta de la derecha, había unos ladrillos a la vista, y la evidencia incontestable de la existencia anterior de otra caseta como aquella. ¿Palomares? ¿Nidos? ¡Ca! Aún tardaríamos en saberlo.</p>

	<p>Mientras tanto, las cosas seguían cambiando. Un día entraron dos operarios arrastrando una portería metálica hasta el centro del campo. La chiquillería se arremolinaba alrededor, rodeándolos con alborozo. Los dejaron ir, pero sólo para que volvieran a por la otra portería. Otro día un operario se dirigió con solemnidad y ceremonia hasta el fondo, a la izquierda del Muro Alto, con una escalera a cuestas y una caja de herramientas, y comenzó a perforar la pared. Después colgó una canasta de los ganchos y se marchó. Una sola. El mismo operario volvió otro día, tan parsimonioso como siempre, y comenzó a perforar la pared a la derecha de la entrada. Colgó una papelera de los ganchos. No le ponían bolsa de plástico tan siquiera: se tiraban los desperdicios tal cual.</p>

	<p>Un pequeño volumen anexo, con cuatro puertas, escondía tres aseos y una fuente, donde los aseos eran de todo, menos aseados. El olor a orín campaba alegremente por aquellos andurriales, y se habría quedado muy a gusto si no fuera porque había un respiradero metálico en lo alto de cada puerta, que impedía que los olores tomaran demasiado cariño a aquellos apestosos cubículos, pero permitía que entraran algo de luz y aire a raudales: eran neveras económicas en invierno. E indignamente repugnantes durante todo el año. Y luego se extrañaban cuando la gente prefería el aseo de las Señoritas&#8230;</p>

	<p>Aquellos vecinos curiosos pero fieles al espectáculo diario no eran los únicos espectadores; en una terraza al Este se desarrollaba la otra función: diaria, mucho menos animada y bastante más decrépita. No recibían tanta atención, así que se contentaban con prestarla. Tampoco tenían mucho más que hacer. Eso, o vagar, arrastrando los pies, apuntalándose con un bastón, por entre los plátanos, los setos y los faroles de luz amarillenta que escondían la insolente verdad: un vulgar aparcamiento, y no un jardín romántico, era lo que se encontraba bajo sus pies.</p>

	<p>Los ventanucos que recorrían toda la longitud del aparcamiento eran fuente constante de especulaciones. Siempre a oscuras, bastante altos para ser absolutamente inalcanzables de normal, pero suficientemente bajos para permitir visiones esporádicas a base de una combinación de puntillas, aúpas y encaramamiento a aquel tubo de hormigón que los operarios de siempre habían fijado con cemento a la pared, otro de esos días en que aparecían y realizaban su tarea sin decir ni <q>mu</q>. Tras la fugaz visión, las conjeturas: erráticas e inexactas, fundadas con más imaginación que con certeza, que daban para especular durante horas. Nunca llegaron a averiguar absolutamente nada.</p>

	<p>Aún había otros vecinos, pero era harto extraño que se vieran o miraran, aún estando su casa casi pared con pared. Eso sí, separada por un pasillo, al cual se accedía por un portón a la izquierda de la entrada a la casa, una fachada pintada en blanco, con multitud de ventanas, cada una en un estilo diferente, y cuatro depósitos de agua en lo alto. El pasillo llegaba por lo menos hasta el final del patio; ¡quién sabe si seguía más allá! Estaba repleto de hierbajos, arbustos y todos los objetos que caían, a saber cómo, por las ventanas: rotuladores, lápices, sacapuntas, gomas de borrar, reglas de plástico y pinturas de cera. Se temía, por supuesto, a dichos vecinos, cuya existencia se sospechaba pero no se podía confirmar: justo como ocurría con los ventanucos del aparcamiento.</p>

	<p>Al portón gris azulado se llegaba por un trinquete: una forma simpática de esconder su realidad truncada, su final sin salida. Lo formaban industrias y oficios diversos: aquí un almacén de zapatos y productos de cuero, aquí una zapatería, acá una tasca de mala muerte en la que no entraba ni el dueño, y allá una panadería que llenaba de delicioso olor a gluten y levadura el callejón entero. Qué pena tener que continuar el trayecto y no poder quedarse a oler, apoyados en uno de aquellos muros con los ladrillos al descubierto y sin lucir.</p>

	<p>Y a pesar del heterogéneo corro arquitectónico, existía una alineación &#8212;¿quizá premeditada?&#8212; de edificios, que permitía divisar, desde el centro-sur del patio y por el hueco entre las masas de alturas variables, un letrero pintado en una fachada, otrora azul intenso, ahora más bien grisáceo y deslucido, que rezaba <q>Fontana</q> con orgullo, como un banderín desplegado a los pies de las astas, desnudas y enhiestas, de las banderas ausentes.</p>]]></description>
				<pubDate>Wed, 30 Jun 2010 23:48:03 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/103-fontana-lejana</link>
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			</item>
					<item>
				<title>Cazando tigres</title>
				<description><![CDATA[	<p>&#8212; ¿Te he contado alguna vez cómo cazábamos tigres en la guerra?</p>

	<p>&#8212; No, pero&#8230; ¿había tigres?</p>

	<p>&#8212; ¡Claro! Y los cazábamos sin escopeta ni nada, ¡sólo con las manos!</p>

	<p>&#8212; ¿Qué? Eso es imposible.</p>

	<p>&#8212; Imposible&#8230; ¡bah! Les metíamos la mano en la boca, los cogíamos por el final, y entonces estirábamos de adentro hacia afuera, y les dábamos la vuelta. ¡Y así, del revés, ya no podían morder a nadie!</p>

	<p>&#8212; ¡No me lo creo!</p>]]></description>
				<pubDate>Tue, 08 Jun 2010 12:10:47 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/102-cazando-tigres</link>
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			</item>
					<item>
				<title>Ajo</title>
				<description><![CDATA[	<p>&#8212; El olor a ajo me recuerda a tí&#8212;, le dijo, en su inocencia.</p>

	<p>&#8212; ¿Pero cómo se te ocurre decirle eso? Anda que tienes unas cosas&#8230;</p>

	<p>&#8212; ¡Es verdad! Como siempre que vienen a vernos se pone con el mortero a picar ajos y perejil&#8230;</p>

	<p>&#8212; Pero es que decirle que huele a&#8230;</p>

	<p>Era el momento de romper una lanza a favor del candor infantil:</p>

	<p>&#8212; ¡Oye! no tengo ningún problema en que me recuerde por el ajo o la salsa verde. Que bien buenos están. Y son muy honrados, como yo.</p>

	<p>&#8212; ¿Ves? A ella no le importa&#8230; Además, huelen bien.</p>]]></description>
				<pubDate>Mon, 07 Jun 2010 12:43:31 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/101-ajo</link>
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			</item>
					<item>
				<title>Mejor no cuento</title>
				<description><![CDATA[	<p>&#8220;A las diez&#8221;<br />
son las seis.<br />
Y &#8220;mañana&#8221;,<br />
una semana.</p>

	<p>&#8220;Un momento&#8221;<br />
es un almuerzo.<br />
Y &#8220;ahora luego&#8221;,<br />
ni te mento.</p>

	<p>Lo que te diga,<br />
querida amiga:<br />
mejor no cuento,<br />
¡más bien, descuento!</p>]]></description>
				<pubDate>Sun, 06 Jun 2010 13:05:04 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/100-mejor-no-cuento</link>
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			</item>
					<item>
				<title>Amistades temporales</title>
				<description><![CDATA[	<p><blockquote><br />
&#8212; ¿Y no has vuelto a ver a Eloísa?</p>

	<p>&#8212; No.</p>

	<p>&#8212; ¿Ni la has llamado, ni nada?</p>

	<p>&#8212; No, no, nada, desde hace más de diez años.</p>

	<p>&#8212; Pero qué raro&#8230; Si íbais juntos a clase, quedábais para estudiar&#8230;</p>

	<p>&#8212; Mira, te lo diré claro: era todo conveniencia. A ella le convenía andar conmigo, y a mí me convenía que ella viniera conmigo.</p>

	<p>&#8212; ¿Quieres decir? Entonces&#8230; ¿érais amigos o qué?</p>

	<p>&#8212; La amistad está hipervalorada. Como el sexo, entronizado, endiosado&#8230; y manipulado.</p>

	<p>&#8212; No entiendo.</p>

	<p>&#8212; Pues que todo depende de a qué quieres llamar <em>amistad</em>. La sociedad te presenta este concepto trágico de la amistad como una cosa eterna, inquebrantable: que tenido una vez, dura siempre. Eso sí, a condición de que se satisfaga la terrible cláusula: <q>&#8230; si es verdadera amistad</q></p>

	<p>&#8212; Sigo sin pillar por dónde vas&#8230;</p>

	<p>&#8212; Que no existe la amistad eterna, ni la amistad verdadera.</p>

	<p>&#8212; ¿Eso crees?</p>

	<p>&#8212; Totalmente.</p>

	<p>&#8212; ¿Y no es posible que alguien tenga un amigo toda la vida?</p>

	<p>&#8212; Bueno, como poder ser, sí, es posible. Todo es posible en esta vida. Pero lo que pasa es que nos taladran con ese ideal del amigo perfecto, que nunca nos fallará, que estará siempre a nuestro lado como un perro fiel&#8230; y es una mentira. Cochina. Porque la gente cambia, y cambian a ritmos diferentes, y a menudo, en sentidos divergentes. Y contra eso, no hay ideal que valga. Ahora, que dos amigos sigan caminos paralelos en la vida puede hacer que sean <q>amigos</q> (ojo, entre comillas) durante mucho más tiempo. Quizá mientras los caminos sean paralelos. Pero todo es cuestión de interés. Y cuanto antes se aprende eso, más fácilmente se pasan los malos tragos que nos encontramos.</p>

	<p>&#8212; Entonces, según tú, Eloísa y tú érais amigos, pero ya no.</p>

	<p>&#8212; Amigos temporales, sí. Me niego a no matizar.</p>

	<p>&#8212; ¿Y no la echas de menos?</p>

	<p>&#8212; ¡En absoluto! Estaba deseando perderla de vista.</p>

	<p>&#8212; ¿Cómo es posible que fueras con ella?</p>

	<p>&#8212; Mira, así como la gente cambia por sí misma, a veces se ve obligada a adaptarse para pasar algunas etapas de la vida. Ir con Eloísa &#8212;o que ella viniera conmigo, ojo&#8212; era el menor (o el mejor) de los males que sufrí en aquella época.</p>

	<p>&#8212; Era un tanto pija, ¿no?</p>

	<p>&#8212; Eso era lo de menos, aunque lo cierto es que no tenía un duro: lo que ella quería era <em>ser pija</em>. Pero lo más cansado de andar con ella y lo que más me asqueaba era su obsesión con emparejarse con <q>un chico rico</q>. Eso sí que era in-so-por-ta-ble.</p>

	<p>&#8212; ¿Cómo que emparejarse con&#8230;?</p>

	<p>&#8212; Pues imagina que estuviéramos en algún evento, y nos presentan a alguien. Su reacción inmediata sería examinarlo de pies a cabeza para evaluar su status económico. Cuantas más etiquetas de marcas le encontraba, mejor le caía.</p>

	<p>&#8212; ¿Y si no usaba ropa de marca, qué? ¿No le hablaba?</p>

	<p>&#8212; Si tenía otro tipo de <q>poder</q>, sí.</p>

	<p>&#8212; ¿Poder?</p>

	<p>&#8212; Influencia institucional, recursos monetarios&#8230; Y para que te hagas una idea, llevaba buscando marido desde los catorce años. Imagina cómo estaba de desquiciada cuando la conocí, cinco o seis años después.</p>

	<p>&#8212; ¿A los diecinueve años, y ya andaba buscando un marido?</p>

	<p>&#8212; Por supuesto. Era muy moderna de fachada, muy independiente &#8212;decía&#8212; pero no concebía la vida como algo que se recorriera en solitario. ¿Por qué te crees que venía conmigo? Porque no quería estar sola en la facultad.</p>

	<p>&#8212; La verdad es que, con todo lo que me estás contando, no entiendo cómo la soportabas, si era tan pesada&#8230;</p>

	<p>&#8212; Bueno, ella tenía mi compañía, si quieres decirlo así, y yo me aprovechaba de sus conocimientos en las contadas áreas que me interesaban. Cuando ya no me hicieron falta, ni le hizo falta mi presencia, dejamos de vernos. Es como un abrigo. No te lo pones en verano: no hace falta. ¿Tan difícil es de entender?</p>

	<p>&#8212; Pero es que un abrigo no tiene sentimientos&#8230;</p>

	<p>&#8212; ¿Y qué? La gente a veces tampoco.<br />
</blockquote></p>]]></description>
				<pubDate>Sat, 06 Feb 2010 23:54:55 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/99-amistades-temporales</link>
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