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		<title>AxonesEones</title>
		<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/</link>
		<description>Conexiones insospechadas a la velocidad de la luz.</description>
		<language>es</language>
							<item>
				<title>Amistades temporales</title>
				<description><![CDATA[	<p><blockquote><br />
&#8212; ¿Y no has vuelto a ver a Eloísa?</p>

	<p>&#8212; No.</p>

	<p>&#8212; ¿Ni la has llamado, ni nada?</p>

	<p>&#8212; No, no, nada, desde hace más de diez años.</p>

	<p>&#8212; Pero qué raro&#8230; Si íbais juntos a clase, quedábais para estudiar&#8230;</p>

	<p>&#8212; Mira, te lo diré claro: era todo conveniencia. A ella le convenía andar conmigo, y a mí me convenía que ella viniera conmigo.</p>

	<p>&#8212; ¿Quieres decir? Entonces&#8230; ¿érais amigos o qué?</p>

	<p>&#8212; La amistad está hipervalorada. Como el sexo, entronizado, endiosado&#8230; y manipulado.</p>

	<p>&#8212; No entiendo.</p>

	<p>&#8212; Pues que todo depende de a qué quieres llamar <em>amistad</em>. La sociedad te presenta este concepto trágico de la amistad como una cosa eterna, inquebrantable: que tenido una vez, dura siempre. Eso sí, a condición de que se satisfaga la terrible cláusula: <q>&#8230; si es verdadera amistad</q></p>

	<p>&#8212; Sigo sin pillar por dónde vas&#8230;</p>

	<p>&#8212; Que no existe la amistad eterna, ni la amistad verdadera.</p>

	<p>&#8212; ¿Eso crees?</p>

	<p>&#8212; Totalmente.</p>

	<p>&#8212; ¿Y no es posible que alguien tenga un amigo toda la vida?</p>

	<p>&#8212; Bueno, como poder ser, sí, es posible. Todo es posible en esta vida. Pero lo que pasa es que nos taladran con ese ideal del amigo perfecto, que nunca nos fallará, que estará siempre a nuestro lado como un perro fiel&#8230; y es una mentira. Cochina. Porque la gente cambia, y cambian a ritmos diferentes, y a menudo, en sentidos divergentes. Y contra eso, no hay ideal que valga. Ahora, que dos amigos sigan caminos paralelos en la vida puede hacer que sean <q>amigos</q> (ojo, entre comillas) durante mucho más tiempo. Quizá mientras los caminos sean paralelos. Pero todo es cuestión de interés. Y cuanto antes se aprende eso, más fácilmente se pasan los malos tragos que nos encontramos.</p>

	<p>&#8212; Entonces, según tú, Eloísa y tú érais amigos, pero ya no.</p>

	<p>&#8212; Amigos temporales, sí. Me niego a no matizar.</p>

	<p>&#8212; ¿Y no la echas de menos?</p>

	<p>&#8212; ¡En absoluto! Estaba deseando perderla de vista.</p>

	<p>&#8212; ¿Cómo es posible que fueras con ella?</p>

	<p>&#8212; Mira, así como la gente cambia por sí misma, a veces se ve obligada a adaptarse para pasar algunas etapas de la vida. Ir con Eloísa &#8212;o que ella viniera conmigo, ojo&#8212; era el menor (o el mejor) de los males que sufrí en aquella época.</p>

	<p>&#8212; Era un tanto pija, ¿no?</p>

	<p>&#8212; Eso era lo de menos, aunque lo cierto es que no tenía un duro: lo que ella quería era <em>ser pija</em>. Pero lo más cansado de andar con ella y lo que más me asqueaba era su obsesión con emparejarse con <q>un chico rico</q>. Eso sí que era in-so-por-ta-ble.</p>

	<p>&#8212; ¿Cómo que emparejarse con&#8230;?</p>

	<p>&#8212; Pues imagina que estuviéramos en algún evento, y nos presentan a alguien. Su reacción inmediata sería examinarlo de pies a cabeza para evaluar su status económico. Cuantas más etiquetas de marcas le encontraba, mejor le caía.</p>

	<p>&#8212; ¿Y si no usaba ropa de marca, qué? ¿No le hablaba?</p>

	<p>&#8212; Si tenía otro tipo de <q>poder</q>, sí.</p>

	<p>&#8212; ¿Poder?</p>

	<p>&#8212; Influencia institucional, recursos monetarios&#8230; Y para que te hagas una idea, llevaba buscando marido desde los catorce años. Imagina cómo estaba de desquiciada cuando la conocí, cinco o seis años después.</p>

	<p>&#8212; ¿A los diecinueve años, y ya andaba buscando un marido?</p>

	<p>&#8212; Por supuesto. Era muy moderna de fachada, muy independiente &#8212;decía&#8212; pero no concebía la vida como algo que se recorriera en solitario. ¿Por qué te crees que venía conmigo? Porque no quería estar sola en la facultad.</p>

	<p>&#8212; La verdad es que, con todo lo que me estás contando, no entiendo cómo la soportabas, si era tan pesada&#8230;</p>

	<p>&#8212; Bueno, ella tenía mi compañía, si quieres decirlo así, y yo me aprovechaba de sus conocimientos en las contadas áreas que me interesaban. Cuando ya no me hicieron falta, ni le hizo falta mi presencia, dejamos de vernos. Es como un abrigo. No te lo pones en verano: no hace falta. ¿Tan difícil es de entender?</p>

	<p>&#8212; Pero es que un abrigo no tiene sentimientos&#8230;</p>

	<p>&#8212; ¿Y qué? La gente a veces tampoco.<br />
</blockquote></p>]]></description>
				<pubDate>Sat, 06 Feb 2010 23:54:55 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/99-amistades-temporales</link>
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			</item>
					<item>
				<title>Díscola olla</title>
				<description><![CDATA[	<p><blockquote>&#8212; ¿Y desde cuándo tienes esta olla? Es rara&#8230;</p>

	<p>&#8212; ¿Rara? ¡Bueno! La tengo desde hace unos años&#8230; Por lo menos, desde que nos cambiamos aquí. ¿No te he contado cuando saltó el tope?</p>

	<p>&#8212; No, ¿explotó?</p>

	<p>&#8212; Se ve que me despisté o algo, y estaba el fuego demasiado fuerte, demasiado rato. Bueno, pues estaba en el comedor, y de repente oigo: &#8220;¡PAAAM!&#8221; ¡Un ruido&#8230;! Y luego: &#8220;¡paf, paf, paf&#8230;!&#8221; Me vengo corriendo, a ver qué había pasado, ¡y no sabes con qué me encuentro!</p>

	<p>&#8212; ¿Qué era?</p>

	<p>&#8212; Había saltado el tope de seguridad, porque la válvula había aguantado&#8230; ¡y por el agujero estaban saliendo todos los garbanzos a escape, uno detrás de otro! ¡Paf, paf, paf!</p>

	<p>&#8212; ¡Qué! ¿¡En serio!?</p>

	<p>&#8212; ¡Sí! Mira&#8230; ¡qué desastre! La campana la tuvimos que pintar de nuevo, después de desincrustar todos los garbanzos que se habían quedado pegados; la bombilla, pues claro, ¡reventada! Cómo costó quitarla, desenroscando el casquillo sin cortarse con lo que quedaba&#8230; ¡Nunca había visto nada así!</p>

	<p>&#8212; ¡Ni me lo habías contado!<br />
</blockquote></p>]]></description>
				<pubDate>Sat, 23 Jan 2010 13:26:56 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/98-discola-olla</link>
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			</item>
					<item>
				<title>Merienda onomástica</title>
				<description><![CDATA[<blockquote>&#8212; Y podríais ir al supermercado ése nuevo, y traer papas, y refrescos&#8230; Y así celebramos mi santo merendando&#8230;</blockquote>

	<p>Un día como hoy, años después (tampoco muchos), la llamé desde la capital. Desde una cabina, con monedas de veinticinco pesetas. Hacía un frío horrible en la calle. Le felicité el santo, y merendé en su honor.</p>

	<p>Fue la última vez.</p>]]></description>
				<pubDate>Fri, 22 Jan 2010 14:46:14 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/97-merienda-onomastica</link>
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			</item>
					<item>
				<title>Sopas, pulseras y collares</title>
				<description><![CDATA[<blockquote>¡Y ahora, a por la sopa!</blockquote>

	<p>Destapó la olla a presión. Una olla, por cierto, inusual. Mientras la mayoría de ollas a presión eran más altas que anchas, ésta seguía un estilo completamente distinto: desproporcionadamente bajita y achatada, de un metal mate con tintes azulados. Las asas &#8212;una a cada lado, también en contraste con las otras ollas a presión&#8212; eran anchas, robustas, de color negro.</p>

	<p>Del recipiente salió un fuerte y delicioso olor. Como si todo el contenido hubiera sido finamente triturado y ahora, propulsado por el vapor, saliera huyendo hacia otros derroteros. Pero nada había sido reducido a partículas, más bien al contrario: gruesos trozos de carne de ternera, en el centro, se veían rodeados de una abundante profusión de verduras y otros tipos de carne: pollo y pelotas de cerdo, con sus piñones y su perejil a veces visibles. Algunos huesos se adivinaban entre la masa informe de ingredientes, casi sepultados por los garbanzos y los trozos de zanahoria, de un brillante color naranja. El resto, un líquido rico y algo turbio, cargado con todo lo que había podido arrebatar a aquellas inocentes víctimas que esperaban ser irremediablemente devoradas de un momento a otro.</p>

	<p>Con un cucharón, virtió caldo en un cazo que tenía cerca. Esmaltado, de color rojo por fuera, blanco por dentro, con un señor desconchón en la parte de fuera, que delataba inequívocamente el hierro del que estaba hecho. Lo tapó con una tapa de otro cazo y material. ¡Quién sabe si el otro cazo se usaba con la tapa del rojo!</p>

	<p>En la despensa, a la izquierda, habían varias jarras de cerámica, con diversas leyendas pintadas sobre ellas, en artesanales letras mayúsculas:</p>

<blockquote><span class="caps">ARROZ</span>, <span class="caps">LEGUMBRES</span>, <span class="caps">HARINA</span>, AZÚCAR, <span class="caps">SAL</span></blockquote>

	<p>El tamaño delataba, sin lugar a dudas, que estaban pensadas para los tiempos en que las familias eran de seis y de más personas. Abrió la etiquetada con <q><span class="caps">ARROZ</span></q>, levantando la tapa &#8212;también de cerámica, y también con una muesca&#8212; y extrajo un paquete de arroz. Cabían cuatro o cinco paquetes de kilo en aquella jarra, sin exagerar. Quizá más. De repente, le vino una idea a la cabeza:</p>

<blockquote>&#8212; ¿Prefieres arroz o fideos?</blockquote>

	<p>Sin dar tiempo a contestar, puso la tapa de nuevo en su sitio, dejó el paquete de arroz sobre la repisa que aguantaba las jarras, y destapó otra, la que rezaba <q><span class="caps">SAL</span></q>. Pero no era ése su contenido:</p>

	<p><blockquote>&#8212; Aunque también hay letras, estrellitas, lluvia, caracolitas&#8230; &#8212;dijo, volviéndose hacia ella, mientras iba sacando paquetes de la jarra&#8212; O macarrones, aunque la verdad es que no van bien con este caldo&#8230;</p>

	<p>&#8212; ¡Letras! ¿Tienen números también?</p>

	<p>&#8212; Los tienen, los tienen. ¡Sólo les faltan los signos de puntuación!</blockquote></p>

	<p>Virtió varios puñados de la pasta en el cazo, cuyo contenido comenzaba a borbotear, y bajó el fuego. Inspiró profundamente, admirando los efluvios que emanaban del cazo y la olla, y se giró con cara de satisfacción, apoyando una mano sobre el banco de la cocina.</p>

	<p><blockquote>&#8212; ¡Hum! Ahora que me acuerdo; no hemos hecho collares ni pulseras aún.</p>

	<p>&#8212; ¿Eh?</p>

	<p>&#8212; Claro, ahora verás.</blockquote></p>

	<p>Se volvió a meter en la despensa, y salió con dos paquetes de pasta en la mano: uno de macarrones y otro de estrellitas. Los dejó sobre la mesa de la cocina, junto al frutero, y se fue por el pasillo. Al momento volvió con un carrete de hilo blanco, el de hilvanar. Con un tirón, cortó un trozo de hilo de unos treinta centímetros. Virtió unos cuantos macarrones sobre la mesa, con cuidado de que no cayera ninguno al suelo, y comenzó a ensartar macarrones en el hilo, para sorpresa general. Cuando hubo acabado, ató los dos extremos, y sin dar tiempo a preguntas, le colocó el collar a la niña, sentada en la silla al lado de la despensa.</p>

	<p><blockquote>&#8212; ¡Hala! Nunca hubiera pensado que&#8230; <br />
&#8212; ¿Qué? ¿Qué te parece?</p>

	<p>&#8212; ¡Me encanta! ¿Me lo puedo llevar al colegio?</p>

	<p>&#8212; Claro, ¿por qué no?</p>

	<p>&#8212; Cuando lo vean&#8230; ¡todos querrán uno! Podrías venderlos.</p>

	<p>&#8212; No, no, demasiado trabajo. Además, ellos también pueden hacerse collares. Bueno, ahora te toca a tí.</p>

	<p>&#8212; ¿Con las estrellitas?</p>

	<p>&#8212; Sí, ¡a ver si haces una pulsera!<br />
</blockquote></p>

	<p>Cortó otro trozo, más pequeño, de hilo; dejó varias estrellitas sobre la mesa, y le pasó el hilo a la niña, mientras se iba de nuevo hacia el cazo que estaba al fuego. Removió con una cuchara de madera, testigo de muchas sopas por su apariencia, desgastada y roma, más oscura por la parte que tocaba los líquidos, y con algunas marcas de haber estado demasiado cerca del fuego en alguna que otra ocasión.</p>

	<p>La niña iba rápido, con ese pulso y habilidad que caracteriza a algunos niños; la pulsera estaba lista en un momento.</p>

<blockquote>&#8212; ¿Me la atas? ¿Me la atas? Yo sola no puedo&#8230;</blockquote>

	<p>Tenía el conjunto completo: collar y pulsera. Aquella tarde fue la envidia de toda la clase; al día siguiente esperaba encontrar a todo el mundo llevando complementos similares, pero no fue así. No se atrevieron&#8230;</p>]]></description>
				<pubDate>Thu, 21 Jan 2010 16:13:29 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/96-sopas-pulseras-y-collares</link>
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			</item>
					<item>
				<title>Así no se puede</title>
				<description><![CDATA[	<p>Así no se puede<br />
(dormir)<br />
por mucho que lo intente<br />
(ni así)</p>

	<p>Agitan mi esqueleto<br />
(traqueteo)<br />
Me entra un sentimiento&#8230;<br />
(canguelo)</p>

	<p>Que me ponga el cinturón<br />
(dictaminan)<br />
si la luz cambia de color<br />
(ahí arriba)</p>

	<p>Haga caso a ese señor<br />
(el comandante)<br />
obedézcalo<br />
(sin rechistarle)</p>

	<p>Pero yo lo que quiero<br />
(providencia mediante)<br />
es conciliar el sueño<br />
(cuanto antes).</p>

	<p>Y no escuchar<br />
(a la prole berrear)<br />
ni pensar<br />
(que queda aún una hora más).</p>]]></description>
				<pubDate>Sun, 27 Dec 2009 20:03:37 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/95-asi-no-se-puede</link>
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			</item>
					<item>
				<title>Capirote</title>
				<description><![CDATA[	<p>Caramelos picantes, <br />
rosas tépidas.</p>

	<p>Carambolas, pirindolas,<br />
rotondas temblorosas.</p>

	<p>Cacharros pírricos,<br />
rocambolescos terremotos.</p>

	<p>Cataclismos piramidales,<br />
rotavirus terrenales.</p>

	<p>Caminos pitagóricos,<br />
rompedores telúricos.</p>

	<p>Cachiporra pifiada,<br />
roña televisada.</p>

	<p>Calamares pingües,<br />
rocambolescos temporales.</p>

	<p>Caneloni pinifarina,<br />
rotoscopios tenebrosos.</p>

	<p>Campechanos pimpollos,<br />
rotundos, tendidos.</p>

	<p>Cataplasma piloto<br />
rozando tellinas.</p>]]></description>
				<pubDate>Sun, 27 Dec 2009 19:58:28 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/94-capirote</link>
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			</item>
					<item>
				<title>Los inquilinos</title>
				<description><![CDATA[	<p>En el piso de al lado vivían los encargados del bar de la calle. Estaba un poco de capa caída desde que cerraron el colegio; los cristales oscuros y las tupidas cortinas no eran precisamente incitadores para los paseantes ocasionales, y tampoco es que la calle contara con demasiada gente nueva. Los habituales preferían lugares más luminosos o al menos más concurridos, donde pudieran ver y ser vistos. Pero por alguna razón misteriosa, estos nuevos encargados consiguieron revitalizar el bar. Incluso se las arreglaron para obtener una licencia de terraza. La calle nunca se había visto tan animada: parecía un pueblo de nuevo. Era una maravilla. Por las noches, en verano, precioso. Se sentía la calle viva, henchida de gente.</p>

	<p>En el bar trabajaba toda la familia, excepto los dos hijos más pequeños. Las dos hijas mayores eran parecidas, pero muy diferentes. Siempre volvían a casa vestidas con el uniforme de camarera &#8212;pantalón negro, camisa blanca&#8212; y el pelo, pelirrojo, recogido en una coleta. La más mayor, pecosa, era mucho más agradable que la pequeña. Su padre, un hombre calvo y con barriga, saludaba expansivamente cada vez que se cruzaba con algún vecino en la escalera; probablemente la hija había heredado de él la simpatía. O de la madre, una persona majísima también. Llevaba el pelo rubio &#8212;teñido&#8212;, gafas, y era vivaracha. Como un saco de gatos.</p>

	<p>Tenían una pecera en la entrada. Cada vez que abrían la puerta, los peces se pegaban al cristal, como saludando al recién llegado. Eran rojos coral y también (¿o <q>por supuesto</q>?) vivarachos, como la dueña. Un día en que se abrió la puerta coincidimos; los peces se amontonaron contra el cristal y por alguna razón nos pusimos a hablar de vinos. Era un día entre semana, mediodía luminoso. El barniz de la baranda brillaba en los bordes, reflejando la luz que venía del techo. Le hablé de los vinos que teníamos en la tienda: habíamos empezado a trabajar con un distribuidor que traía vinos de una cooperativa pequeña pero capaz de producir unos tintos deliciosos. Y unos rosados, y blancos también. Le convencí y accedió a comprar un par de cajas para probar. Al poco, contactó directamente al viajante de la cooperativa para contratar con él el suministro para el bar. Nosotros nos llevamos una comisión. Limpiamente, como a mí me gusta hacer negocios.</p>

	<p>Antes de los del bar, el piso estuvo vacío mucho tiempo. La dueña nos dejó las llaves una vez, para que viéramos unos desfiles desde el balcón. Como nuestro piso no daba a la calle y mi mujer, que estaba delicada, no podía bajar las escaleras&#8230; Vimos que estaba aún el armario que se dejó Rosita cuando se cambió al piso de la plaza, porque allí tenían armarios empotrados y no había sitio para éste. Creo que Rosita es la mejor vecina que hemos tenido: discreta, educada y simpática. Una verdadera señora. Nunca la oímos levantar la voz, ni a ella, ni a su marido, ni a sus hijos. Claro que lo complicado era escucharlos, sobre todo al marido. Te lo cruzabas en la escalera, y si llegabas a oír su <q>Buenos días</q> entre dientes, te podías dar por afortunado.</p>

	<p>El año antes de llegar los del bar, se habían marchado los de arriba, los del cuarto. Eran lo que hoy en día se llamaría una familia disfuncional. Nosotros los considerábamos unos pobres desgraciados; no en sentido despectivo &#8212;no se me vaya a entender mal&#8212;, sino en el sentido literal. Parecía que la desgracia disfrutara enzarzándose con ellos. Pobres. Eran un matrimonio, dos hijos, y el hermano de la mujer. El hermano al principio vivía solo, pero cuando comenzó a <em>hacer cosas raras</em> la hermana lo convenció para que fuera a vivir con ellos; así podría echarle un ojo más fácilmente. Pero aquello fue de mal en peor. Las <q>cosas raras</q> se convirtieron en una demencia galopante que lo hacía subir las escaleras &#8212;los cuatro pisos&#8212; dando bramidos y golpeando las balaustradas con la revista que llevaba tras la espalda, enrollada en forma de testigo. <q>¡Plam, plam, plam!</q> Oías los golpes y sabías qué estaba ocurriendo, sin verlo. Creo que también estaba quedándose sordo: podíamos oír su televisión desde la otra punta de la casa. Al poco, o al mismo tiempo quizá, uno de los hijos comenzó a enfermar. No sabían bien-bien qué tenía. Estaba sano y de repente, una debilidad, unos malestares&#8230; Cáncer. No tardó en fallecer. </p>

	<p>La madre, que nunca había andado muy bien de la circulación, empeoró también. Se le hinchaban las piernas, las rodillas. Los tobillos, como dos balones. Primero caminaba con un bastón, luego dos muletas. Finalmente decidieron mudarse a otro sitio: una casa con planta baja y escalones pequeños. La vi un día. Tenía una fachada bonita, y el balcón lleno de plantas de todo tipo. Poco después de trasladarse allí, la mujer falleció también. Se quedaron los tres hombres; no sé qué pasó con el otro hijo o con el padre, pero sólo vi al hermano, caminando por la calle con la revista enrollada a la espalda, bramando de cuando en cuando.</p>

	<p>Entonces hubo una época en que estábamos casi solos en la finca. Aparte del quinto, en el que vivía la profesora, el resto estaba vacío. La cosa sólo cambiaba un poco en fiestas, cuando venían los dueños y los dos primeros pisos se llenaban de familiares y amigos suyos. Todos querían estar en los pisos; como tenían balcón a la calle&#8230; Pero pasada la semana grande, la escalera quedaba en silencio otra vez. Excepto un año, en que la hija de la dueña, que estaba separada, se <em>arrejuntó</em> con uno, y se puso a vivir en el segundo &#8212;en el piso de la abuela&#8212; con sus dos hijos. Pero la cosa no prosperó demasiado: no duró hasta las siguientes fiestas. No sé qué tiene esa familia, que siempre les salían los hombres rana.</p>

	<p>Creo que fue al año o así cuando montaron una academia de repaso en el piso de al lado. Era un poco irónico, porque al principio de todo vivía ahí un notario, que para sacarse unos cuartos daba también clases de repaso por las tardes, cuando acababa con el trabajo de la notaría. ¡Menuda familia! Él, alto, delgado, chupado, con un bigote abundante; el pelo, moreno, siempre engominado, bien pegado a la cabeza. Ella, bajita, gorda, con los coloretes siempre pintados &#8212;parecía una pepona&#8212;. Era de las de ir a misa todos los días, pero es que encima se trajo sus costumbres misales con ella. Venían de La Mancha, de un pueblecito perdido donde aún se estilaba llevarse uno mismo los reclinatorios a la iglesia. Si la hubieras visto el domingo que fueron a misa, con la criada delante, llevando &#8212;arrastrando&#8212; los dos reclinatorios como podía, la cabeza gacha, y ellos dos detrás, más rígidos que un espantapájaros, orgullosos y recreídos&#8230; Después de la misa el señor cura tuvo unas palabras con ellos, y ya no volvieron a llevar los reclinatorios. Pero seguían yendo a la misa con el mismo porte. Hazte cargo, que era la familia del Señor Notario. Y eso entonces&#8230;</p>

	<p>La verdad es que la academia no fue muy bien: no pasó de un curso. Y era una pena, porque habían hecho obra en las habitaciones para adaptarlas como aulas, y habían puesto una plaquita en la puerta &#8212;en la entrada del edificio&#8212; y todo. Pero así son los negocios, nunca sabes cómo se van a presentar las circunstancias. La emisora de radio que pusieron en el primer piso sí que duró, y la verdad es que me sorprendió bastante, primero que alquilaran el piso los dueños, y luego que fuera para poner una emisora. Era lo último que se me habría ocurrido que fueran a poner.</p>

	<p>Pero las sorpresas no acabaron ahí. Al instalarse, convencieron a los dueños de la finca para que pintaran la escalera. Yo no sé desde cuándo no se había pintado aquello, ni si era oscura de por sí o por el paso de los años. Ni me acuerdo; ¡hace tantos años que vivimos aquí&#8230;! Estaba pintada en un color marrón verdoso, muy sufrido &#8212;eso sí&#8212; pero también oscurísimo: se comía toda la luz de los farolitos, incluso si les quitábamos la tapa para que saliera más luz por arriba. Y eso que yo era capaz de subir a oscuras, hasta cuando se iba la luz en toda la calle subía sin dificultades, sin usar ni un misto ni nada. ¡Con los ojos cerrados, subía! Bueno, pues pintaron la escalera de blanco, cambiaron los timbres de la entrada, y pusieron un portero automático, porque en la emisora entraba y salía tanta gente que no debían dar abasto asomándose cada vez a la ventana para ver quién llamaba al timbre. Al poner el portero automático, quitaron la cuerda que usábamos hasta entonces para abrir la puerta. ¡La escalera se veía tan vacía ahora, tan espaciosa!</p>

	<p>A los pocos meses entró una familia a vivir en el piso de al lado. Venían de la capital; el marido había sido conductor de autobús pero ahora había empezado a trabajar como conductor de camión. Decía que le salía más a cuenta, que estaba mejor pagado. La mujer se dedicaba a sus labores. Tenían dos hijos. No teníamos mucho contacto con ellos porque iban muy a la suya. Casi que teníamos más trato con la profesora del quinto, que con ellos. Y eso que apenas la veíamos.</p>

	<p>El último piso &#8212;el quinto&#8212; era un poco raro. Estaba retrasado respecto a la calle, para no incumplir las ordenanzas, y tampoco llegaba hasta el final de la fachada trasera como los que daban al río, como el nuestro. Así que todas sus habitaciones daban al patio de luces, pero no tenía terraza detrás, sólo una, muy grande, delante. Era muy tranquilo, pero al estar en un quinto, sin ascensor, era difícil de alquilar, especialmente cuando empezaron a construir edificios más modernos con ascensor y la gente empezó a marcharse de esta calle. También vivió hace mucho, una mujer que le decíamos &#8220;La catalana&#8221;, con sus marido y sus hijas, y un perrazo enorme sobre el cual se subían los niños pequeños, como si fuera un caballo, pero se marcharon cuando trasladaron al marido, que trabajaba en un banco. Abajo, en el cuarto, estuvo también &#8220;La murciana&#8221;, en el piso del cuñado de los dueños de la finca, pero después de que se marchara no lo alquiló a nadie más, hasta que vino el hijo de Rosita y se instaló allí al emanciparse, justo arriba de donde habían vivido hacía años. Ahí se vió que no había heredado la elegancia y la buena educación de su madre: cuando aún no tenía la luz dada de alta pero necesitaba electricidad, nos preguntó si podía tirar unos cables por el patio de luces hasta nuestro piso, para poder ir adelantando las reformas. ¿Y tú lo has visto darnos las gracias? Porque yo aún estoy esperando. Dos semanas se pasó con la luz encendida a nuestra costa y ni una mala bandeja de pasteles nos trajo en agradecimiento.</p>

	<p>Y es que vecinas como Rosita, pocas te encontrarás en esta vida.</p>]]></description>
				<pubDate>Sun, 06 Dec 2009 21:15:09 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/93-los-inquilinos</link>
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				<title>Gris</title>
				<description><![CDATA[	<p>Gris sin risas,<br />
gris sin lágrimas,<br />
gris silencio, gris sordina,<br />
gris mordaza, gris ahogo,<br />
gris jirón de niebla,<br />
gris pálido, gris oscuro,<br />
gris mínimo, gris máximo,<br />
gris ordinario, gris en todo,<br />
gris si sí, gris si no,<br />
gris uno detrás de otro,<br />
gris por tí, gris por mí,<br />
gris tú, gris yo,<br />
gris nosotros, grises todos,<br />
gris antes, gris ahora, gris siempre,<br />
gris irremediable, gris inevitable,<br />
gris impermeable, gris incomprensible,<br />
gris inesperado, gris insoportable,<br />
gris, gris, gris, gris,<br />
gris, gris, gris,<br />
gris, gris,<br />
gris.</p>]]></description>
				<pubDate>Sat, 14 Nov 2009 00:48:51 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/92-gris</link>
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			</item>
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				<title>Peregrinaje saturnino a los hornos</title>
				<description><![CDATA[	<p>Al mudarse al nuevo piso comenzó a observar un extraño acontecimiento que se repetía todos los sábados sin falta, y que no había tenido ocasión de contemplar en el antiguo barrio. Entre las diez y las doce se veían mujeronas yendo cuesta arriba, camino de la panadería más cercana, portando objetos en posición horizontal con sumo cuidado, la mayor parte de las ocasiones envueltos con un trapo estampado con cuadritos rojos y blancos. Era tal su concentración en la tarea, que apenas se detenían a cotorrear con sus conocidas, como tenían por costumbre habitual.</p>

	<p>Ya en la panadería, descubrían el objeto: una bandeja con comida sin cocer, y lo confiaban a la dependiente, que cobraba una módica cantidad por el privilegio de hornear los contenidos de la bandeja en el horno panadero. Salían de la panadería y bajaban, ahora más parsimoniosas y con afán de entretenerse, encontrando una razón para hacerlo casi en cada esquina. ¡Había que hacer tiempo hasta la hora de recoger la bandeja!</p>

	<p>Horas después, se repetía el viaje a la panadería. Llevaban el pañuelo de cuadritos con ellas, para cubrir de nuevo lo horneado. Pero aunque evitara que cayera cualquier cosa sobre la comida, no podía detener la olor que desprendía y que llenaba las calles, convirtiéndolas en un infusorio gigante de tomates asados. Las mujeronas bajaban ahora raudas y veloces, dejando aquel reguero de panceta, morcilla y tomates tras de sí, con la urgencia que da llevar entre manos una bandeja sacada de un horno.</p>]]></description>
				<pubDate>Sat, 31 Oct 2009 09:28:33 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/91-peregrinaje-saturnino-a-los-hornos</link>
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				<title>Limones, botín prohibido</title>
				<description><![CDATA[	<p>El mismo limonero de la piscina se dejaba ir fuera de la parcela, sobre el murete divisor, yendo a parar al patio del colegio. Eran largas ramas, acomodadas y asentadas con la autoridad que dan los muchos años sin conocer poda alguna. Aún con todo, se permitía el lujo de producir limones en abundancia. Debía estar riéndose de los arbolitos de huerta y todos los cuidados que necesitaban: él, contra viento y marea, anquilosado en aquel cachito de tierra y encerrado entre edificios, seguía dando una cosecha que ya quisieran muchos, ya.</p>

	<p>Por supuesto, se echaban casi todos a perder, sin nadie que los recogiera, aparte de los pájaros que los picoteaban con deleite, las hormigas, que arramblaban con los restos cuando caían del árbol de puro maduros, y los niños, entusiasmados con el único árbol frutal que no verían en papel en mucho tiempo. Las moreras no contaban: sus frutos eran cuanto menos repugnantes.</p>

	<p>Así que en cuanto las ramas llegaban un poco más abajo, aproximando los incipientes frutos a la chiquillería, comenzaba la competición por alcanzar aquel preciado botín. La mayor parte de las veces, y con mucha suerte, sólo conseguían arrancar un par de hojas, de un intenso verde oscuro, la antesala de la victoria que empujaba a seguir luchando por conseguir el gran premio final.</p>

	<p>Pero había que tener cuidado, pues alguien se interponía entre ellos y el éxito: la autoridad. Cualquier asalto al limonero generaba siempre una considerable expectación, así que no era difícil que una cuantiosa muchedumbre se formara al poco de iniciarlo, y que por tanto, la autoridad decidiera intervenir inmediatamente y cercenar de raíz tales actividades. Así, se dirigía frenéticamente hacia la multitud, como quien desea evitar una desgracia humana, y se abría camino a gritos entre las cabecitas que observaban el espectáculo: </p>

<blockquote>&#8212; ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Aparta! ¡Déjame pasar!</blockquote>

	<p>Entonces llegaba al centro del semicírculo formado alrededor del muro y las ramas que pendían, y cogía del cogote al cazabotines que, sorprendido por aquella súbita aparición, aún estaba colgado de la rama, boquiabierto y sin saber qué hacer. De héroe a proscrito en tres segundos. Lo ponían cara a la pared, o peor aún, en una esquina del patio, vigilado por el resto de autoridades y sin poder jugar ni hablar con nadie, pero bien visible, para escarnio público. Que escarmentaran, que eso no se hace.</p>

	<p>A veces conseguían algún limoncito antes de que se diera nadie cuenta. Lo guardaban rápida y celosamente en uno de sus bolsillos, y desaparecían rápido de la escena del crimen. Sin embargo, luego se confiaban y hacían gala de su botín en la fila para entrar en clase, produciendo el consiguiente tumulto y posteriores castigo y confiscación inmediata del botín, que iba a parar a la papelera, ¡y ay de quien osara cogerlo de nuevo!</p>]]></description>
				<pubDate>Fri, 30 Oct 2009 09:15:41 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/89-limones-botin-prohibido</link>
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