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		<title>AxonesEones</title>
		<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/</link>
		<description>Conexiones insospechadas a la velocidad de la luz.</description>
		<language>es</language>
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				<title>La balanza</title>
				<description><![CDATA[	<p>Estaba en el banco de la cocina, a la derecha de los fogones y debajo de unos rieles con ganchos, de los cuales pendían una serie de utensilios y artilugios a veces rozando lo sorprendente e inexplicable. Así que allí estaba, con sus dos platos y el mecanismo basculante, cuidadosamente situada de forma que la aguja central compartiera vertical con el centro de los rieles.</p>

	<p>Quizá era de hierro, pero eso era algo acerca de lo que sólo se podía especular, pues había sido pintada y repintada en tantas ocasiones, que el perfil en ciertas partes de la moldura que adornaba la base era prácticamente inapreciable, como si hubiera sido tallado en plano de buen principio. La última capa era de blanco marfil, pero algunos desconchados insinuaban otras elecciones previas.</p>

	<p>A la derecha, escondidos en la sombra que proyectaba la bombilla desde lo alto de la campana grasosa y amarillenta, estaban los pesos &#8212; <q>de plomo</q>, se recordaba cuando eran mencionados&#8212; situados sobre un bloque de madera con agujeros circulares, que correspondían unívocamente a cada peso. Algunos agujeros estaban vacíos, especialmente los de los pesos más pequeños.</p>

	<p>Probablemente se perdieron en alguna mudanza.</p>]]></description>
				<pubDate>Sun, 16 Nov 2008 10:50:37 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/72-la-balanza</link>
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			</item>
					<item>
				<title>El cuento del Pare Billete</title>
				<description><![CDATA[<blockquote>
&#8212; ¿Quieres que te cuente el cuento del Pare Billete?
&#8212; Bueno &#8211; sin saber muy bien qué era el Pare Billete, pero un cuento siempre es bienvenido
&#8212; Yo no digo que <q>bueno</q>, digo que si quieres que te cuente el cuento del Pare Billete
&#8212; ¡Sí! &#8211; confusa
&#8212; Yo no digo ni que <q>sí</q> ni que no, digo que si quieres que te cuente el cuento del Pare Billete
&#8212; ¡Sí que quiero! &#8211; nerviosa
&#8212; Yo no digo que <q>si quieres</q>, digo que si quieres que te cuente el cuento del Pare Billete
&#8212; ¡¡AAAAAAAAAAAAAAAH!!
</blockquote>

	<p>¡Rabieta y pataleta!</p>]]></description>
				<pubDate>Sun, 09 Nov 2008 11:33:10 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/71-el-cuento-del-pare-billete</link>
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			</item>
					<item>
				<title>Remedio casero para los orzuelos</title>
				<description><![CDATA[	<p><blockquote><br />
Si te sale un orzuelo, lo mejor es llamar a varios timbres hasta que suene una voz de mujer. Cuando respondan, preguntas: <q>¿Ha venido, ha venido?</q></p>

	<p>Y te dirán <q>¿Quién?</q>. Y tu gritas: <q>¡¡El cabrón de tu marido!!</q>&#8230; ¡y sales corriendo!<br />
</blockquote></p>

	<p>La Robustiana juraba y perjuraba que con la impresión que producía aplicar este remedio, se le iban los orzuelos casi inmediatamente.</p>]]></description>
				<pubDate>Sun, 26 Oct 2008 09:43:23 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/70-remedio-casero-para-los-orzuelos</link>
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			</item>
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				<title>Una tarde en la Casita del vidrio</title>
				<description><![CDATA[	<p>Acabaron de comer como de normal, pero una vez recogida la mesa y la fregada hecha, la actividad no cesó ni se transformó en simple burocracia doméstica. Al contrario: se incrementó con toques ligeramente frenéticos.</p>

	<p>Una cesta hizo acto de presencia, sobre el banco de la cocina. Su interior fue rellenándose poco a poco con bocadillos, frutas, yogures, cucharas para los yogures, una botella de cristal con limonada, un termo con café y leche, vasos de plástico, azúcar y servilletas de papel. Se preguntó si irían a Villa Tomasilla. Como no obtuvo respuesta de sí misma (porque no lo sabía), lo preguntó:</p>

	<p><blockquote><br />
&#8212; ¿Vamos a Villa Tomasilla?</p>

	<p>&#8212; No, es una sorpresa.<br />
</blockquote></p>

	<p>Y puso un trapo de cocina cubriendo los contenidos de la cesta.</p>

<blockquote>
&#8212; Hale, ¡vamos!
</blockquote>

	<p>La cogió de la mano, cogió la cesta con la otra mano y salieron de la cocina por el largo pasillo que llevaba hasta la salida. Una parada en su habitación para coger una chaqueta que protegiera de posibles salidas de tono de aquella tarde de otoño, dulce pero indecisa, y en nada estaban bajando las escaleras.</p>

	<p>La escalera parecía estar siempre a la misma temperatura, como una antigua cava: en verano fresca, en invierno templada. Los escalones, anchos y de una piedra gris pulida y semi-mate, algo más desgastada en los bordes, formaban una espiral cuadrada delimitada por una baranda negra bruñida, con bolinches dorados en las esquinas, y la pared, cubierta hasta el metro y medio por azulejos formando un patrón de flores y otros ornamentos en color azul, verde y amarillo.</p>

	<p>Salieron por la puerta de hierro, con cristales esmerilados, y les recibieron el sol de las tres y el extraño aroma de octubre: fresco pero aún con tintes dulces de las flores tardías. En la calle, un poco más lejos, estaba el coche aparcado.</p>

	<p>Era de <em>los de antes</em>. La cubierta de color verde oscuro; el capó estaba dividido visualmente en dos por un pronunciado surco longitudinal en el centro, y cada mitad estaba a su vez dividida, sutilmente, por otro surco mucho más suave. Pese a estos juegos con la chapa, el coche era de construcción pesada, y cuando se ponía en marcha, el motor producía un sólido ronroneo, que se convertía en rugido consistente con las marchas cortas. El interior estaba tapizado con una tela sintética de color tostado, aunque había algunas toallas cubriendo los asientos para que resultaran más frescos al tacto.</p>

	<p>Dejó la cesta detrás, en el suelo entre un asiento y otro, y emprendieron marcha hacia aquel lugar misterioso que no le había querido desvelar. Calle Mayor, hasta el final, dejando atrás el hotel y sus jardincitos frescos, la iglesia con sus cuatro moreras en la plaza, la papelería y su olor a lápices, las pastelerías y los bombones, las mercerías y sus medias, el Casino y su misterioso contenido, el Ayuntamiento con su balaustrada y reloj de sol, y la fuente a la derecha.</p>

	<p>Y aún más allá: siguieron subiendo la cuesta que llevaba desde la hondonada de la plaza del Ayuntamiento hasta el puente que cruzaba el río, con sus barandas de conglomerado blanco y su austera construcción funcional. Más allá, sólo recordaba haber estado allí una vez, y ni siquiera había bajado del coche. Giraron a la izquierda, tomando una amplia avenida con casas bajas y alguna pequeña fábrica familiar; la avenida acababa donde la gasolinera-hostal, y se convertía en una carretera de dos carriles, uno en cada dirección.</p>

	<p>Esta vez se desvió hacia la derecha. La carretera se convirtió en un camino de tierra clara, con pedruscos y gravilla, y la piedrecita ocasional que salta y golpea los bajos con un <em><span class="caps">CLONC</span></em> acampanado. Subían lentamente, las ruedas retorciendo los pedruscos y quebrando algunas hierbecillas que desprendían un característico olor agreste. La intriga iba creciendo. Si no era Villa Tomasilla, se le parecía mucho.</p>

	<p>Finalmente, tomaron una salida que se adentraba en un pinar. Recorrieron unas decenas de metros hasta llegar a una explanada en la umbría, donde había a un lado una construcción que asemejaba una fábrica, y enfrente un chalet de dos pisos. Se oían voces, una algarabía creciente se acercaba, instigada por su llegada. Salió gente de la casa a recibirlos, otros se asomaban a las ventanas, saludando con la mano. Bajaron del coche; la madre saluda a los que las reciben, la niña está aún un poco desorientada por la incertidumbre. Dos niñas y un niño vinieron de detrás del chalet y la reclutan para sus juegos. La conductora se unió al grupo <em>de los mayores</em>, mientras la niña observaba las peculiaridades del lugar y trataba de situarse, en vano. ¿Era Villa Tomasilla o no?</p>

	<p>Corretearon sobre la pinocha hasta la parte de atrás, donde los pinos iban dejando paso a árboles de secano, como almendros, manzanos y melocotones, rodeando una balsa para regar que hacía las veces de piscina en verano. <q>¡Vamos a abrir almendras!</q>, dijeron, y de una caseta sacaron un saquito de almendras con cáscara. Ponían la almendra sobre la acequia (ahora seca) y con una piedra la golpeaban para romper la corteza. De cinco almendras que descascaraban, se comían dos, y guardaban las otras tres en una bolsita más pequeña, &#8220;para tostarlas&#8221;.</p>

	<p>Cuando hubieron acabado con el saquito de almendras, se dirigieron hacia la casa (la bolsita de almendras peladas a buen recaudo, por supuesto).</p>

<blockquote>&#8212; ¡Ya verás cuántas cosas hay en esta casa!</blockquote>

	<p>Les seguía sin ni siquiera planteárselo. Al fin y al cabo, ¿qué más podía hacer? Era territorio nuevo y desconocido.</p>

	<p>Abrieron la puerta y una bocanada de aire antiguo les dio en la cara. Dentro, se oían las voces de los adultos, en algún lugar indeterminado de la casa. Ignorando la presencia de los mayores, subieron unas angostas escaleras, los escalones cubiertos con unas losas de gres gris, más desgastados en el centro, y llegaron a un largo pasillo penumbroso, iluminado tan sólo en las zonas en las que las puertas de las habitaciones estaban abiertas.</p>

	<p>Avanzaron por el pasillo, alguna que otra baldosa suelta y produciendo su característico ruido, amortiguado rápidamente por los cachivaches que poblaban las habitaciones y las sombras que lo cubrían todo, como una capa. Las ventanas, de madera, los cristales manchados con goterones de lluvia de Agosto, daban a un patio interior, y estaban aseguradas con unas rejas sencillas, consistentes en listones planos, formando un patrón de rombos, con soldaduras en las juntas.</p>

	<p>Se acercaba el crepúsculo, y no habiendo encendido ninguna de las bombillas que colgaban desnudas de los techos, era difícil identificar claramente los objetos de un primer vistazo, teniendo que conformarse con poder ver que estaban allí, a menos que se conociera la casa.</p>

	<p>Y eso es lo que hizo una de las otras niñas. Entró en una de las habitaciones, y se inclinó por detrás de lo que parecía ser una mecedora, llevando un objeto extraño al erguirse de nuevo:</p>

<blockquote>
&#8212; Mira&#8230; ¡una cometa!
</blockquote>

	<p>La contempló con parsimonia e incomprensión. El concepto de cometa era algo que no había aprendido aún, así que no entendía la razón por la cual se alegraban tanto al ver un pedazo de plástico con un águila dibujada sobre él, cual escudo de armas. El resto de niños la miraba, expectantes. Los miró, sonrió, quizá para darles lo que pedían. Tomó la cometa, que insistentemente le daba la niña y la observó más detenidamente. Se mantenía erguida gracias a dos varas de plástico en cruz, y una pequeña madeja de hilo pendía del centro de la cruz, todo aún envuelto por el plástico de la novedad. Seguía observando los ojos del águila, el pico desafiante, cuando de pronto la algarabía adulta se aproximó y aparecieron todos por el final del pasillo, encendiendo bombillas y pisando sobre las baldosas sueltas.</p>

<blockquote>
&#8212; ¡Ah, estábais aquí! ¡No os encontrábamos! Pensábamos que estábais aún en la balsa. Pues va, recoged, que nos vamos a casa.
</blockquote>]]></description>
				<pubDate>Sun, 19 Oct 2008 10:36:37 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/69-una-tarde-en-la-casita-del-vidrio</link>
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			</item>
					<item>
				<title>Mercerías</title>
				<description><![CDATA[	<p>La estrecha calle se ensanchaba inesperadamente al llegar a la papelería. La olor de los lápices, el papel y la tinta fresca de los periódicos peleaban con el sutil aroma a dulce que emanaba de las dos pastelerías que había en la acera de enfrente, separadas por un par de portales. Y tras estos derroches de estimulación nasal, se encontraba un par de establecimientos de propósitos decididamente diferentes.</p>

	<p>El primero, en la plazoleta que se formaba al ensancharse la calle. Había una puerta verde oscuro, con un gran pomo dorado, que abría paso a lo que quizá era la tienda de lencería más pequeña de todo el pueblo. El escaparate era una diminuta ventana junto a la puerta, de unos cuarenta centímetros de ancho. No dejaba ver demasiado, ni había mucho que ver.</p>

	<p>Al entrar, sorprendía la cálida iluminación. Dos grandes focos, pendientes de un hilo cuyo final tan sólo se adivinaba en la penumbra del techo incierto, iluminaban los dos mostradorcitos y difuminaban el resto de la tienda: como una cueva. Las paredes estaban cubiertas con fieltro beige, y donde no las cubrían las innumerables cajas con bragas, sujetadores, conjuntos y otras variedades de ropa interior, había algunas muestras de género, discretamente fijadas con unos alfileres cuya cabeza plateada se podía distinguir en ciertos ángulos. Y ésta era la tienda más atrevida.</p>

	<p>A su derecha, separadas por las escaleras que llevaban al barrio nuevo, estaba la tiendecita de las Mercedes, atendida por dos hermanas solteras. Nadie sabía muy bien por qué las llamaban así, puesto que ni siquiera su madre se llamaba Mercedes.</p>

	<p>Ésta era un poco más grande, pero mucho más comedida. Nada de sujetadores extendidos sobre suave fieltro en los escaparates. En su lugar, e iluminadas con la parpadeante frialdad clínica de unos tubos incandescentes, había grandes sayas, recatadas enaguas y medias opacas con puntera reforzada, encargadas de preservar la decencia de quien las vistiera. ¿Lencería? Ni mentarla. Esto era una mercería como Dios manda.</p>]]></description>
				<pubDate>Sun, 10 Aug 2008 13:43:32 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/68-mercerias</link>
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			</item>
					<item>
				<title>La tentación de los adobados</title>
				<description><![CDATA[<blockquote>
<p>&#8212; Es que era tremenda. ¡Tremenda! Tú no te puedes hacer idea de cómo era. No la pensaba, que no la hacía&#8230; Teníamos en la galería unas jarras con adobo: cebollitas, aceitunas, pepinillos&#8230; Pues es que cada dos por tres, salía fuera y le decíamos <q>¿qué haces?</q> y siempre nos decía: <q>Estoy mirando a ver si llueve</q>.<br />
</p>
</blockquote>

<blockquote>
<p>
&#8212; ¿Y eso era lo que hacía?<br />
</p>
</blockquote>

	<p>Expectante.</p>

<blockquote>
<p>
&#8212; Ah, no. No, ¡qué va! Lo que hacía era levantar la tapa de las jarras y coger algún adobado. Así claro, se acababan tan pronto, que mi madre estaba intrigada. Encima, como aquella lo disimulaba tan bien, ¡mi madre nos preguntaba a los demás! Tenía una carota, aquella&#8230; Y lo mejor, el día que la enviaron a casa desde el colegio.<br />
</p><br />
<p>&#8212; ¿Hizo alguna trastada?</p><br />
<p>&#8212; Unas cuantas. Decía el maestro que la expulsaba por no traer los libros. Y claro, mi madre, que bien se había asegurado de que fuéramos a la escuela y tuviésemos los libros (que bien caros costaban), le pregunta: <q>¿Dónde están los libros?</q>. Y aquella, sin inmutarse, como si no hubiera roto un plato: <q>Ahí, en la cartera. ¿Ves como pesa?</q>. Mi madre la mira, con esa mirada que tenía de <q>Te conozco como si te hubiera parido y no me creo lo que me estás diciendo</q>, y sin decir palabra, levanta la cartera. <q>Sí que pesa, sí</q>. Mi hermana miraba como diciendo: <q>ya me he salido con la mía</q>. Entonces mi madre, sin darle tiempo a reaccionar, desabrocha la correa de la cartera y la abre. ¿Sabes lo que había?</p>
</blockquote>

<blockquote><p>&#8212; ¿Qué?</p></blockquote>

<blockquote><p>&#8212; ¡Piedras! Había llenado la cartera con piedras, para que pesara, y así tomarle el pelo a mi madre.</p></blockquote>

<blockquote><p>&#8212; Pero todo eso, ¿para qué? ¿Dónde estaban los libros?</p></blockquote>

<blockquote><p>&#8212; No te lo vas a creer: los había vendido&#8230; ¡para comprar más adobados!</p></blockquote>]]></description>
				<pubDate>Sun, 09 Mar 2008 13:27:58 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/67-la-tentacion-de-los-adobados</link>
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			</item>
					<item>
				<title>La terracita</title>
				<description><![CDATA[	<p><img src="http://axoneseones.soledadpenades.com/files/blog/patiogeranio.jpg" alt="Geranio en el patio" /></p>

	<p>Tras un tupido estor se encontraba la puerta, casi siempre entreabierta, para que corriera el aire, sujeta con un alzapaño entre morado y marrón, ligeramente deshilachado. Dos palmos más arriba, formando un escalón, el suelo, de baldosas de ladrillo rojo, cubierto por una capa de pintura, también roja.</p>

	<p>La baranda, un murete cubierto por yeso y repintado en blanco en varias ocasiones, se insinuaba detrás de la multitud abigarrada de macetas, macetitas y macetones situadas sobre unos tablones, claveteados de cualquier manera para formar algo parecido a un trapecio, que osaba llamarse <q>banco</q> en momentos de delirante grandeza.</p>

	<p>Debajo del banco, y si la altura lo permitía, ayudando a soportarlo convirtiéndose en parte de la estructura, había todo tipo de cachivaches. Garrafas, cajas de fruta, de envases de yogur (una ponía <q>Danone</q>), macetas vacías (lo más común), un saco de tierra, un botijo roto, otro sano (pero demasiado pequeño), una regadera de plástico en verde y blanco, otra de latón, bastante descuangarijada, un recipiente de cristal con objetos varios, y a saber qué más.</p>

	<p>Las plantas: la envidia del resto de vecinos (no veían lo que había bajo de ellas). Especialmente al mediodía, cuando el sol caía perpendicular y hacía que el verde brillara tanto en contraste con el blanco de los muros.</p>

	<p>Dos macetones, uno a cada lado, enmarcaban la estampa. A la derecha, una altísima y tupida esparraguera africana, ayudada en su escalada por un hilo que pendía del techo; los pequeños frutos enrojeciendo tímidamente. A la izquierda, una colocasia de enormes hojas, algunas perforadas por el último granizo que cayó, en Septiembre. No le hacía falta hilo para subir; se bastaba por sí misma para erigirse en guardián de su extremo. Varios geranios, desgarbados papiros, un intento de esparraguera impróspera (siempre fue un misterio: por qué aquí no pero en la terraza sí iba), un par de begonias. Y en el centro, derramando su cascada de hojas, una millonaria que pendía hasta casi alcanzar la base del piso inferior.</p>

	<p>La ventana del baño, cubierta con una persiana pintada de crema, siempre desplegada: decencia y virtud. La del dormitorio, en marrón oscuro mate, siempre medio enrollada (<q>que corra el aire y entre luz</q>). A la derecha de la ventana del baño, colgando de un clavito oxidado e incrustado en la pared sin ningún miramiento, había un termómetro: un cartón amarillo, con dibujos de burbujas, una foto de una mujer sonriente y un texto que rezaba <q>Beba agua Fonter</q>; la barrita con el mercurio a la izquierda, empezando en cinco grados y acabando en treinta y tres; los colores desvaídos, devorados por el tiempo y el resol.</p>

	<p>A la izquierda, una estantería de alambre (antiguo expositor, en sus tiempos), con más macetitas, especialmente cintas y su ocasional extensión con flor pendiente. También, una bicicleta de hierro vieja, repintada en verde; el manillar sin manguitos, algún radio descoyuntado.</p>

	<p>Y en la pared de enfrente, ignorado, crecía un helecho, arraigado en el hueco entre un desagüe y la pared.</p>]]></description>
				<pubDate>Sun, 02 Mar 2008 12:14:58 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/66-la-terracita</link>
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			</item>
					<item>
				<title>Domingo</title>
				<description><![CDATA[	<p>Campanas cercanas, amortiguadas, suenan lejanas; repican, cadentes, pausadas, insisten. Actividad en la calle: voces, carreras de pies pequeños, risas, los tacones de los zapatos <em>de vestir</em> resonando con solemnidad (la ropa es más discreta). Todo se detiene durante treinta minutos o un poco más (desde aquel Concilio, las cosas cambiaron mucho) y de nuevo vuelve el murmullo, algo menos solemne (por haber expiado los pecados), ahora con voces de adultos.</p>

	<p>Pasan por delante del kiosko; el olor de decenas de periódicos hojeados en un instante los atrae irremediablemente: los domingos se compra un periódico. Salen cargados con un periódico cualquiera, los suplementos semanales, los suplementos a los suplementos, el coleccionable, las tapas y un póster conmemorativo de la nueva colección, todo por un módico precio.</p>

	<p>En la casa, lejos de la calle, el murmullo apenas se distingue; más bien hay que imaginarlo y completarlo con los gritos ocasionales que penetran los muros y atraviesan el patio de luces. <q>¡Qué vistas tienes!</q>, recordó que le decían. <q>¡Todo el río se ve desde aquí!</q>. <em>¿El río?&#8230; me río yo del río</em>, se decía, sin musitar palabra, mientras filtraba una infusión con un colador de tela. Un chorrito de leche hirviendo, tres galletas María y las pastillas de la mañana.</p>

	<p>Mientras atravesaba el largo pasillo, lentamente, los coches seguían a lo lejos, escondiéndose y surgiendo tras las curvas. Se dejó caer pesadamente en el asiento. En la televisión, la misa. No le prestaba atención: un cura anónimo, coro anónimo, feligreses anónimos. Caras desconocidas, mirando a la cámara con pretensiones. La iglesia, ornamentada como nunca, porque viene la televisión. Ni caso, pero se sentía mejor si lo ponía.</p>

	<p>Finalmente llegan, con el periódico y la parafernalia. No los oye entrar (el pasillo, ¡tan largo!). La misa ha acabado hace rato; ahora hacen un programa de temática religiosa, aprovechando las circunstancias. </p>

	<p>&#8212; ¡Caramba, cuánta cosa! ¡Al final hará falta un carrito para ir al kiosko! &#8212;</p>

	<p>Apagan la televisión.</p>

	<p>&#8212; Hale, ¡contadme cosas! &#8212;</p>

	<p>Lo hacen.</p>]]></description>
				<pubDate>Sun, 24 Feb 2008 12:17:36 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/65-domingo</link>
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			</item>
					<item>
				<title>¿Nevará?</title>
				<description><![CDATA[	<p>Se levantó de la silla una vez más, acercándose al ventanal, y miró hacia el cielo con un gesto interrogante. Nada nuevo: cubierto con un manto de nubes ordinarias y de un gris uniforme. Como los siete días previos. Miró abajo, al patio. Todo igual.</p>

	<p>Volvió a sentarse y apoyó la cabeza en las manos, los codos sobre la mesa. Decepción.</p>

<blockquote>&#8212; ¿Qué te pasa?</blockquote>

	<p>Dos segundos de silencio, con la mirada fija en algún punto desconocido. Y de repente:</p>

<blockquote>&#8212; ¿Crees que nevará?</blockquote>

	<p>Mientras lo decía se le iluminaban los ojos.</p>

<blockquote>&#8212; &#8230; porque hace mucho frío, seguro que estamos a diez grados bajo cero&#8230; y el jazminero, tenía una flor negra. ¿Eso no es cuando hiela? Yo creo que va a nevar&#8230; </blockquote>

	<p>Seguridad repentina. Confianza en una misma.</p>

<blockquote>&#8212; Bueno&#8230; </blockquote>

	<p>Miró también por la ventana, como examinando al paciente antes de diagnosticar.</p>

<blockquote>&#8230; cuando va a nevar, se pone el cielo blanco, blanquísimooo, y hay una claridad muy fuerte, con mucha, ¡muchísima luz!</blockquote>

	<p>dijo lentamente, casi diríase que evocando otros tiempos. Dejó las agujas de punto (y la manga a medias) en su regazo, y se frotó el hombro con la mano derecha, con un escalofrío.</p>

<blockquote>&#8212; Entonces&#8230; no crees que vaya a nevar</blockquote>

	<p>La miró. Le maravillaba su persistencia.</p>

<blockquote>&#8212; No&#8230; por ahora&#8230; me parece que no&#8230;</blockquote>]]></description>
				<pubDate>Thu, 21 Feb 2008 09:06:16 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/64-nevara</link>
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			</item>
					<item>
				<title>Presencia en el hostal</title>
				<description><![CDATA[	<p>Le dijo el primer día:</p>

<blockquote>Por este pasillo no te recomiendo que pases.</blockquote>

	<p>En aquel momento no prestó atención. Estaba cansado del viaje y tan sólo quería dejar su equipaje en la habitación, ducharse y dormir. Pero según iban pasando los días, la extrañeza se iba desarrollando, hasta llegar a un punto en que <em>decidió</em> que estaba bastante intrigado. El pasillo no parecía tener nada de particular en comparación con el resto de pasillos del hostal. Desde fuera ese ala del edificio parecía absolutamente normal, y desde dentro&#8230; bueno, desde dentro no había podido vislumbrar mucho más allá de los dos primeros metros; todas las puertas del pasillo estaban cerradas a cal y canto; casi diríase que el pasillo <em>devoraba</em> la luz.</p>

	<p>Había comentado con el otro huésped que podrían ir a dar un paseo por alguno de los senderos rurales de los que hacía gala el hostal, pero no lo había visto aquella mañana. Y a pesar de que no era un gran edificio, desconocía en qué habitación se alojaba.</p>

	<p>Baja a recepción con idea de preguntarlo. Pero no hay nadie. Espera un par de minutos, por si vuelve el recepcionista, pero no se oye nada, en absoluto. Asoma la cabeza por encima del mostrador, intentando encontrar algún tipo de <em>prueba</em> o indicio de que el recepcionista ha estado por allí recientemente, o si tardará poco en volver.</p>

	<p>El monitor del ordenador, con el salvapantallas. La taza de café, vacía. El paquete de cigarrillos y el mechero, junto con el móvil: a la derecha. ¿Quizá volvería en breve? Quizá fue al aseo&#8230;</p>

	<p>Espera cinco minutos más, rodeado de aquel incómodo silencio. Mientras tanto, lanza miradas furtivas al pasillo oscuro. ¿Qué hacer? Atreverse a entrar en el pasillo <em>no recomendado</em>&#8230; y más aún, ¿por qué no recomendado?</p>

	<p>La curiosidad es más fuerte.</p>

	<p>Vuelve a mirar a izquierda y derecha, tratando no de encontrar a alguien, sino de no ver a nadie esta vez. Y efectivamente, sigue sin haber atisbo de compañía. Da media vuelta lentamente, con cuidado, para que las baldosas ligeramente sueltas no delaten su intención, y se detiene en el umbral del pasillo, justo donde la oscuridad comienza su reinado. Es como asomar la cabeza por la boca de un pozo negro. De pronto, le parece escuchar la voz del huésped. ¿Estará aquí su habitación? Cree que ha hecho bien atreviéndose. ¡Valor!</p>

	<p>Sigue avanzando por el pasillo, ya envuelto absolutamente en su negrura, y experimentando de cuando en cuando una especie de chiribitas, como ráfagas de luz. ¿Qué ha sido eso? Si era una ráfaga era demasiado corta como para permitir al cerebro tomar conciencia de ello. Pero sus ojos <em>han visto</em> algo. ¿O es una autosugestión por culpa de esta oscuridad? O tampoco&#8230; de alguna forma, aunque no hay luz y ni siquiera se ve ya la recepción por culpa de esta especie de niebla oscura, <em>hay luz</em>. Y se pregunta: ¿de dónde viene esta luz?</p>

	<p>Unos metros más adelante, la claridad se hace más evidente. Ve la salida de la casa al final del pasillo: prado verde, montañas, caminos, mientras a sus espaldas tan sólo se ve el continuo de oscuridad que es el pasillo, como un agujero negro, casi, se dice, <q>como un portal interdimensional a otro tiempo</q>. No es que sepa mucho de portales pero siempre ha querido vivir la experiencia de ver uno.</p>

	<p>Mientras observa <em>la otra parte del portal</em>, las paredes, la puerta al prado, los muebles, ve algo que se mueve bajo unas pesadas sillas tapizadas en rojo. Se acerca, no sin cierto temor, y distingue al huésped, acurrucado entre las patas de las sillas, casi diríase que atrapado por ellas, como una horquilla.</p>

<blockquote>&#8212; ¿Qué haces ahí? ¿Por qué no sales? Llevo toda la mañana buscándote</blockquote>

<blockquote>&#8212; Oh, de aquí no puedo salir si los fantasmas no me lo permiten.</blockquote>

<blockquote>&#8212; ¿Fantasmas? ¿Qué fantasmas?</blockquote>  

<blockquote>&#8212; ¿No los ves? Fíjate como distorsionan los colores y las luces a tu alrededor&#8230;</blockquote>

	<p>Miró al huésped con una cierta incredulidad. La escena al completo le parecía de alguna forma digna de una película de Buñuel, con el huésped, cuya constitución no era precisamente enclenque, contorsionándose bajo las  sillas macizas, y no sólo eso, sino además pretendiendo estar <em>atrapado</em> ahí abajo, sometido a los deseos de un fantasma.</p>

	<p>Pero&#8230; ¿y si fuera verdad? Miró a su alrededor, no al entorno, sino a lo que hay entre él y el entorno, y comenzó a distinguir pequeños cambios en la luz; distorsiones, tintes extraños a veces, como mirar a través de un cristal imperfecto y con manchas. El mero hecho de asumir que estaba equivocado ya le había producido un vuelco interior, como un vahído mental; <em>ver</em> esos extraños efectos fantasmales le producía unas más que desagradables náuseas.</p>

<blockquote>&#8212; ¿¡Cómo detener esta angustia!?</blockquote>

	<p>Se sentía estirado hacia atrás, como si el pasillo tratara de absorberlo y engullirlo como hacía con la luz; los fantasmas, crecidos, orgullosos de ser creídos, danzaban a su alrededor, cada vez más nítidos, cada vez más amenazantes.</p>

	<p>Debía hacer algo; no sabía muy bien qué. En el agobio, sólo una palabra le vino a la mente:</p>

<blockquote>&#8212; <span class="caps">DETENEOS</span> &#8212; dijo, con una fuerza y un volumen de los cuales se creía incapaz.</blockquote>

	<p>Y para su sorpresa, dejó de sentir la succión del pasillo y las náuseas; los extraños efectos de luz desaparecieron y lo que es más, la oscuridad del pasillo se evaporó y podía ver la recepción desde allí de nuevo. Asombrado por su recién descubierto <em>poder antifantasmas</em>, miró hacia el huésped, que permanecía aún acurrucado bajo de las sillas.</p>

<blockquote>&#8212; ¿Crees que podrás salir ya?</blockquote>

	<p>Como si tal cosa.</p>]]></description>
				<pubDate>Thu, 14 Feb 2008 07:15:21 +0000</pubDate>
				<link>http://axoneseones.soledadpenades.com/blog/show/63-presencia-en-el-hostal</link>
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