Fontana lejana

Cambio de lugar, cambio de ambiente. Recibimiento hostil: todo era raro. ¿Quiénes son éstos? No los conozco. ¿Dónde está el resto? Aquí no...

Un edificio bajo, de dos alturas, con forma de caja. El tejado, ligeramente inclinado, era la única anomalía en aquella colección de ángulos rectos. Ladrillo vista, cemento y muchos ventanales. Tres moreras, a su derecha: la nota de verde. Al fondo, en un rincón, un columpio oxidado, encajado bajo de otro, igualmente devorado por la herrumbre; la pintura apenas era un recuerdo olvidado. Dos juegos de barandas, siguiendo la línea de la fachada, separaban virtualmente la zona de los árboles del resto, que quedaba libre, al descubierto, al raso y sujeta por tanto al escrutinio de todos los vecinos, que contemplaban, curiosos, los movimientos de los habitantes --aunque temporales-- del edificio.

A la izquierda, un gran muro blanco, altísimo, con un marco pintado en rojo pálido sobre su pared y con un tejadillo y una extraña caseta en la cumbre, resistía los balonazos día sí y día también, sin revelar a nadie su verdadero propósito. Otra caseta similar estaba a la derecha del muro, justo arriba de la entrada: aquel portón metálico, pintado de gris azulado, al que llevaban dos escalones triangulares, y que sólo se abría del todo en ocasiones especiales. El resto, se conformaban con abrir la puertecita de en medio, con su pestillito, a las horas correspondientes. A la izquierda del muro, justo a la misma altura en que se encontraba la caseta de la derecha, había unos ladrillos a la vista, y la evidencia incontestable de la existencia anterior de otra caseta como aquella. ¿Palomares? ¿Nidos? ¡Ca! Aún tardaríamos en saberlo.

Mientras tanto, las cosas seguían cambiando. Un día entraron dos operarios arrastrando una portería metálica hasta el centro del campo. La chiquillería se arremolinaba alrededor, rodeándolos con alborozo. Los dejaron ir, pero sólo para que volvieran a por la otra portería. Otro día un operario se dirigió con solemnidad y ceremonia hasta el fondo, a la izquierda del Muro Alto, con una escalera a cuestas y una caja de herramientas, y comenzó a perforar la pared. Después colgó una canasta de los ganchos y se marchó. Una sola. El mismo operario volvió otro día, tan parsimonioso como siempre, y comenzó a perforar la pared a la derecha de la entrada. Colgó una papelera de los ganchos. No le ponían bolsa de plástico tan siquiera: se tiraban los desperdicios tal cual.

Un pequeño volumen anexo, con cuatro puertas, escondía tres aseos y una fuente, donde los aseos eran de todo, menos aseados. El olor a orín campaba alegremente por aquellos andurriales, y se habría quedado muy a gusto si no fuera porque había un respiradero metálico en lo alto de cada puerta, que impedía que los olores tomaran demasiado cariño a aquellos apestosos cubículos, pero permitía que entraran algo de luz y aire a raudales: eran neveras económicas en invierno. E indignamente repugnantes durante todo el año. Y luego se extrañaban cuando la gente prefería el aseo de las Señoritas...

Aquellos vecinos curiosos pero fieles al espectáculo diario no eran los únicos espectadores; en una terraza al Este se desarrollaba la otra función: diaria, mucho menos animada y bastante más decrépita. No recibían tanta atención, así que se contentaban con prestarla. Tampoco tenían mucho más que hacer. Eso, o vagar, arrastrando los pies, apuntalándose con un bastón, por entre los plátanos, los setos y los faroles de luz amarillenta que escondían la insolente verdad: un vulgar aparcamiento, y no un jardín romántico, era lo que se encontraba bajo sus pies.

Los ventanucos que recorrían toda la longitud del aparcamiento eran fuente constante de especulaciones. Siempre a oscuras, bastante altos para ser absolutamente inalcanzables de normal, pero suficientemente bajos para permitir visiones esporádicas a base de una combinación de puntillas, aúpas y encaramamiento a aquel tubo de hormigón que los operarios de siempre habían fijado con cemento a la pared, otro de esos días en que aparecían y realizaban su tarea sin decir ni mu. Tras la fugaz visión, las conjeturas: erráticas e inexactas, fundadas con más imaginación que con certeza, que daban para especular durante horas. Nunca llegaron a averiguar absolutamente nada.

Aún había otros vecinos, pero era harto extraño que se vieran o miraran, aún estando su casa casi pared con pared. Eso sí, separada por un pasillo, al cual se accedía por un portón a la izquierda de la entrada a la casa, una fachada pintada en blanco, con multitud de ventanas, cada una en un estilo diferente, y cuatro depósitos de agua en lo alto. El pasillo llegaba por lo menos hasta el final del patio; ¡quién sabe si seguía más allá! Estaba repleto de hierbajos, arbustos y todos los objetos que caían, a saber cómo, por las ventanas: rotuladores, lápices, sacapuntas, gomas de borrar, reglas de plástico y pinturas de cera. Se temía, por supuesto, a dichos vecinos, cuya existencia se sospechaba pero no se podía confirmar: justo como ocurría con los ventanucos del aparcamiento.

Al portón gris azulado se llegaba por un trinquete: una forma simpática de esconder su realidad truncada, su final sin salida. Lo formaban industrias y oficios diversos: aquí un almacén de zapatos y productos de cuero, aquí una zapatería, acá una tasca de mala muerte en la que no entraba ni el dueño, y allá una panadería que llenaba de delicioso olor a gluten y levadura el callejón entero. Qué pena tener que continuar el trayecto y no poder quedarse a oler, apoyados en uno de aquellos muros con los ladrillos al descubierto y sin lucir.

Y a pesar del heterogéneo corro arquitectónico, existía una alineación --¿quizá premeditada?-- de edificios, que permitía divisar, desde el centro-sur del patio y por el hueco entre las masas de alturas variables, un letrero pintado en una fachada, otrora azul intenso, ahora más bien grisáceo y deslucido, que rezaba Fontana con orgullo, como un banderín desplegado a los pies de las astas, desnudas y enhiestas, de las banderas ausentes.