Píldora

La cosa funcionaba así: te acercabas al mostrador y le preguntabas si te podía poner un bocadillo "de tal".

Entonces levantaba la vista de lo que quiera que estuviera haciendo en aquel momento, se giraba con gesto desganado, y apuntaba con la mirada a los productos que tenía en el mostrador.

"Sólo servimos lo que está ya hecho. No preparamos nada más", dijo, como gruñendo.

No te puedes ni imaginar lo que había allí. Me quedé hipnotizado observando, como si fuera un museo de las curiosidades excéntricas: patatas bravas ya fritas, con la salsa de ketchup y la mayonesa (o el allioli, lo que sea) ya untados por encima. Listas para servir. O huevos, ya fritos. Imaginaba la yema endurecida por las horas que debía llevar ya, esperando a que alguien –a las santas once de la mañana– tuviera a bien pedir que le sirvieran unos huevos fritos y patatas bravas recalentadas. Y que de postre le pusieran uno de esos croissants que venían en un soporte de polietileno blanco, forrados con papel transparente; la corteza del croissant pegada al mismo, como una herida con esparadrapo y sin apósito.

Menudo antro.

Sin embargo, no me quedaba otro remedio. Debía tomar aquella medicina repugnante, y no la podía tomar en ayunas. No había ningún otro sitio abierto, y de todas maneras, no podía abandonar la estación. Mi autobús podía salir en cualquier momento sin mí, si me alejaba. Se iría en un descuido.

Pedí un café con leche. Me lo puso en una taza de plástico. Me dio por pensar que sacó el café de un termo; no oí ninguna cafetera. Quizá tenía la leche mezclada ya en el termo. ¿Y si hubiera pedido un café solo? Quizá me habría dicho que no lo preparaba.

Una anciana se acercó, apoyándose en una muleta. Me preguntó de dónde había sacado la bandeja. Iba a hacer lo mismo que el tipo de detrás del mostrador, apuntar hacia el montón de bandejas con la vista, pero me lo pensé mejor y le traje una bandeja yo mismo. La puse sobre el raíl. Iba a preguntarle si quería que le llevara la bandeja a su mesa, pero ella estaba tratando de llamar la atención del camarero y no me vio.

Pagué, me senté. Desde donde estaba veía mi andén. El autobús no había llegado aún. Me tomé la pastilla a desgana. Costaba de tragar: enorme, incómoda en mi garganta. Bebí el café, intentando que hiciera bajar el mamotreto asqueroso por mi esófago. Horas después, cuando ya íbamos por aquellos caminos traqueteantes, aún tenía la sensación de la píldora atravesada, la sensación de ahogo. O es que me ponía malo sólo de pensar en lo que me esperaba al llegar.