Pantalones

Los primeros días fueron espantosos. Eran todos unos brutos sin ningún tipo de delicadeza. Se te acercaban y lanzaban sus soflamas sin pensárselo dos veces. Y tú hala, a aguantarlo sin rechistar, porque éramos los pequeños. La cadena de abuso se iniciaba así desde bien pronto, cuando uno pensaría que a los pequeños se les trataría con especial respeto y protección.

El peor era uno delgaducho, moreno, de cabeza acalabacinada y pelo más bien largo, en forma de casco. Él ya estaba en 1º de EGB, y caminaba henchido de autosuficiencia. Venía todos los días a la hora del patio y preguntaba con impaciencia y exasperación que por qué llevábamos vestido. Nos amenazaba con levantarnos la falda, y nosotras, ¿qué íbamos a decir? ¿Qué podíamos hacer? Le huíamos como podíamos, pero a veces te acorralaba contra un árbol, con los brazos alrededor de tu cabeza, las palmas sobre el tronco del árbol, para que no pudieras escaparte. Entonces se acercaba, con el ceño enfurruñado, y te preguntaba, te inquiría, que por qué, ¿por qué llevabas vestido?, ¿a santo de qué?, ¿por qué?, ¿por qué?.

Sólo se calmaba cuando finalmente le prometías que mañana, mañana seguro que traerías pantalones, y a partir de mañana siempre lo harías así. Nunca más llevarías vestido, a partir de mañana siempre serían pantalones. Para siempre. No más faldas. Siempre pantalones.

Pero yo no recordaba tener pantalones. Sólo me venía a la cabeza una foto que había en casa, en la que salía con unos pantalones de pana. Era Septiembre, caluroso y húmedo como pocos había vivido hasta entonces, pero yo me aferraba mentalmente a aquella imagen: los pantalones de pana, el abrigo de lana, una bufanda que me envolvía el cuello y casi me tapaba la cara también, y repetía, frenética: ¡Mañana traeré pantalones! ¡Lo prometo! ¡Los traeré! ¡Lo prometo!, cada vez más alto y más deprisa, hasta que se cansaba o se daba por satisfecho, y finalmente se iba, dejándonos asustadas y temblequeantes para el resto del día.