Final de Septiembre

Aquel año, empezaron a tener clase por la tarde la última semana de Septiembre. El viernes, después de salir, estaban correteando por el campo de fuera, donde aparcaban los autobuses que venían a recoger a los niños internos. Era un día gris y plomizo, húmedo presagio de la gota que estaba a punto de desplomarse sobre ellos en breve. Las ropas veraniegas se revelaban insuficientes aquel día: piel de gallina, en las piernas, en los brazos. Pero aún con eso, seguían jugando por encima de la tierra arcillosa, aún un poco tierna por el último chaparroncito, quebradiza en otros puntos. Se rompía a su pisar.

Al recogerlas el padre:

-- Vamos a darnos prisa, que hoy es el cumpleaños del abuelo.

-- ¿Lo es? No lo sabía...

-- Pues sí, y nos esperan para cenar.

-- ¿Y la merienda?

-- La merienda, en casa.

En casa, una austera meriendita: una manzana y un vaso de leche. Tras aquella fruta insípida, le acudían visiones de bocadillos de Nocilla, hasta que llegaron a la cena y vió la pila de albóndigas de bacalao sobre el banco de la cocina. La promesa de aquel manjar en porciones, recubiertas con una corteza dorada y crujiente que se deshacía y revelaba su textura fibrosa y salada, adornada con verde perejil y piñones aleatoriamente, la hizo olvidar la cuita y desear que fuera ya la hora de la cena.

La abuela pinchó una albóndiga con un palillo y se la dió en cuanto desaparecieron los progenitores. Cielo santo, ¡aquello era supremo! Cuando la abuela no miraba, cogió otra, con disimulo. Que no se notara que faltaba algo en el montoncito. No creía que pudiera resistir esta tentación mucho más tiempo, y salió a la terraza.

Dudó: ¿sentarse? ¿coger tebeos?

Anochecía pronto ya; las nubes lo adelantaban aún más. Pronto no se podría leer nada ahí fuera. Y haría frío, haría aún más frío. Tenía que haberse cambiado en casa cuando tuvo ocasión. Entró de nuevo en la cocina. Las albóndigas ya no estaban allí; de hecho, no había nadie. Los demás estaban en el comedor, hablando, organizando. Entró en la despensa en semipenumbra, sólo iluminada por la luz amarillenta que pendía del techo, con su capucha de plato blanco. Las jarras se insinuaban en la oscuridad, hasta que consiguió acostumbrar la vista. Podía encender la luz, pero le quitaría el misterio.

En Navidad podía encontrar dulces allí, pero no era ésta la época. El hambre azuzaba su recuerdo: aquí se guardan los cocos con nuez, aquí los pasteles de boniato, aquí las rosquillas... Le pareció que si metía la mano bajo de la tapa encontraría el papelillo ondulado de un pastelito de nuez.

¿Y qué habría de postre? ¿Tarta o pasteles?

Salió de la despensa, procurando no tropezar con ninguna de las sartenes que colgaban a su izquierda. Alguien había sacado el carrito a la mesa mientras ella rememoraba los dulces navideños en la despensa. Abrió el armarito que había a la derecha, dándole un semigiro al lacito que sujetaba las puertas. Allí tampoco había nada extraordinario: latas de aceitunas, paté, atún y otras conservas. ¿Quizá si abría el otro ala? Desenganchó el tope, arriba y abajo, y abrió la otra puerta. Nada. Mentira: chocolate. Unas tabletas sin empezar. No valía, se notaría que las había abierto.

Derrotada, salió al comedor. El abuelo aún no había llegado. El mantel estaba puesto: un hule de diario. Por lo visto, tampoco era tanta la ocasión. Papas, cacahuetes, las tentadoras albóndigas y otras chucherías rodeadas por los cubiertos, platos y vasos vacíos, dispuestos ordenadamente alrededor de la mesa y acompañados por una servilleta de papel en cada puesto.

Empezaba a creer que no habría postre, cuando al fondo, sobre el aparador, divisó un paquetito blanco y rojo, atado con una fina cinta azulada. Se dirigió hacia allí con disimulo, haciendo como que miraba las fotos (de ella misma) junto al paquete. Ella en la feria, con cuatro años. En la playa, con tres. En una bañerita de plástico, con escasos meses. Y así.

No le hizo falta ni abrir el paquete para adivinar qué había dentro. Un fuerte aroma azucaradamente dulzón se desprendía del mismo. Merengues en cantidades industriales.

-- ¿Quién ha comprado esto?

-- El abuelito, que nos invita.

La cabra tira al dulce.