Solsticio de invierno

Pasó el solsticio, se renueva la promesa de días más largos, salir de día, volver de día, despertarse de día, merendar de día, pero acostarse de noche.

El solsticio le recuerda aquellas tardes a la salida del colegio: la bufanda de lana le pica la suavísima piel, el abrigo de lana también, rígido y elegante, la mantiene tiesa, la espalda recta, el cuello prieto y abotonado, las manoplas envolviendo las manitas ateridas de frío... Ven su respiración, se ven respirar al contraluz de la farola, la única en el callejón, formado por fábricas viejas y una casa de caseros de la fábrica. Y el colegio.

A la puerta esperan varias madres para recoger a sus hijos; y su abuelo. En la tienda la esperaban la abuela, las ensaimadas y las barritas de chocolate. Pero de camino, ¡qué frío! ¡qué de noche y qué oscuro! Estaba deseando llegar a la tienda, con sus estufas colgantes, y quitarse el abrigo, y correr por allí, jugar con los paquetes de papel higiénico, reordenar los botes de tomate o admirar la complejidad de las berenjenas gigantes.