¡Vámonos dentro, que hace mucho frío!

Ocho de la mañana y se despiertan sin razón aparente, corriendo al balcón como esperando encontrar ahí la explicación. El mar olea tranquilo, con calma y cadencia sosegada. Nadie en la playa, iluminada por un suave sol, que nadie creería capaz de convertirse en una fiera dos horas más tarde, e incluso hace frío.

Permanecen absortas en la contemplación de aquel paisaje inusual, tan vacío, tan relajado, que hasta parece desvelar un secreto orden interior, donde estos son los elementos que fluyen por debajo de la algarabía que se forma cuando el sol se crece, y garantizan al mismo tiempo que dicho jaleo se pueda efectuar. Pero el frío es más fuerte, piel de gallina y unos escalofríos les devuelven el recuerdo cercano de la cama y las sábanas que quizá aún estén tibias, y prontamente se exclama: ¡Vámonos dentro, que hace mucho frío!