De mohina a señorona maléfica

De repente salió de una puerta lateral. Al principio no la reconocí, pero había algo en su gesto, en su estar, que resultaba familiar. Quizá los labios enfurruñados, o la permanente expresión de disgusto. Pero la cosmética era diferente; la apariencia no era la usual...

Su melena enmarañada y terriblemente descuidada aparecía ahora peinada, planchada, sedosa y brillante, aparentando una dedicación a la que no estaba acostumbrado ese pelo. El rostro, tan craterizado, aparecía ahora terso y suave, como si le hubieran dedicado tiempo también, y lo hubieran limpiado y tratado con primor. Polvos mediante.

Y los ojos... ¡eso sí que había cambiado! Lo que antes eran dos puntos apagados, casi hundidos en las cuencas, ahora eran dos focos azul eléctrico que emitían una fosforescencia irreal, robótica.

¿De dónde vienes? ¿A dónde vas?

le pregunté, asustada por el cambio y más por la actitud supremacista que exhibía

Ni te lo puedo decir ni lo quiero hacer

dijo, mientras sus ojos centelleaban -literalmente, eso sí- y yo daba pasos atrás.

¡Miré hacia otro lado y deseé que desapareciera!