Tres meses después

Entrar en la casa de nuevo después de tanto tiempo era extraño. Todo parecía más nuevo que cuando lo vió por última vez, quizá porque aquello fue en enero y ya estaban en abril. Del color gris sombrío que acompañaba a la noticia de la ausencia habían pasado al amarillo solariego y el verde de las plantas en la terraza; descuidadas pero alegres.

Estaban crecidas, algunas habían elegido la ruta desgarbada y le costaba reconocerlas; era como ver a un familiar joven unos años después: sabes que es esa persona, pero ha cambiado tanto que en el fondo sigue teniendo la misma cara. Y lo mismo con las plantas.

Lo cierto es que estar allí seguía pareciendo irreal. También había polen y a saber qué más partículas flotando en el aire, lo cual tan sólo servía para contribuir a la sensación. El sonido de los muebles reumáticos, las baldosas desencajadas, el goteo periódico del grifo en el lavadero y el vecino demente que habla sin sentido, ...

Pero volvió a la realidad cuando hizo la merienda. Por primera vez la iba a hacer ella, ya que nadie más podía hacerlo. En la despensa, el bote de crema de chocolate, como siempre. Mas al abrirla y darse cuenta de lo seco de la superficie, en la que se había formado una especie de costra apenas visible, comprendió que aquello no había sido una pesadilla sino una pura realidad que había durado el tiempo suficiente para que la crema también cambiara.