Fresas

En aquellos últimos días se iba apagando como la bombilla de una linterna al acabar la pila, poco a poco, con algunos destellos más brillantes que parecían engañar y ocultar que todo iba bien y nada estaba sucediendo.

Y realmente nadie lo veía, o no lo querían ver, aún siendo tan evidentes los silencios cada vez más prolongados, las siestas súbitas, en cualquier momento, la voz queda y el desentusiasmo respecto a todo.

En su desgraciada ignorancia hicieron una fiesta, como todos los años. Un evento artificial, en el que la mayoría de asistentes acudían a desgana y obligados. Como siempre, cocinó. El menú, también el de siempre: carne asada, patatas al horno. Habían puesto platos con papas sobre la mesa: salada redundancia, pero no tenía fuerzas para idear nada más.

Al fin, se dejó caer sobre la silla (por favor, que no tenga que levantarme otra vez hasta que acabemos de comer). Pedía con voz lastimera algunas cosas, pero hasta eso le sabía mal. Se enzarzaba en diálogos interiores inconclusos (Servir, servir, hemos nacido para servir... pero necesito pedir. Ya no me sirvo ni yo...), quizá la fuente de sus silencios. Y mientras tanto, apenas comió; un codo apoyado sobre la mesa, para no caerse sobre el plato. Manejaba los cubiertos con dificultad, esforzándose sobremanera; sus manos, anquilosadas por el reuma, eran torpes e imprecisas. Frustración.

Entonces sacaron el postre. Otras veces había hecho un flan o una macedonia, pero este año se rindió y pidió que trajeran algo ellos. Su respuesta: fresas con nata. Levantó la mirada, sorprendida, y de repente, abrió muchísimo los ojos, como si el vivo contraste entre las fresas --insolentemente rojas-- y la inmaculada nata blanca alejaran todo el sopor que se cernía sobre ella y la ahogaba, y le insuflaran un poco de alegría de nuevo. De pronto, vivaracha, picoteando una y otra fresa. Y ésta y ésta y ésta también (ya les habían cortado el rabito, y estaban listas para comer); engullió su ración en un instante. ¿Hay más nata? ¡Está buena!, preguntó, la boca aún llena a dos carrillos, despreocupada. ¡Cómo disfrutaba!

Al acabarse las fresas y la nata, volvió a apagarse. Y pensaron, idiotas, que hacía la siesta.