Cáusticas

Cáusticas, avispas en las cáusticas, una piscina verde, tres dedos de agua en la habitación - ¿o era en la piscina? La hija de la vecina, que baja, ¿o subía pero se detuvo? Quizá estábamos arriba en lugar de abajo...

Tampoco vale la pena en la habitación, está frío y no se puede salpicar. Había otro lugar ideal, la otra piscina. Al mediodía, a eso de la una, o de las dos, cuando la luz caía por el patio de luces y hacía patrones de luz verde sobre el suelo rojo de la terracita, la escalerilla era como una invitación a un mundo azul celeste. Ahí estaba el reborde de la piscina, marrón con manchas de la humedad, delimitando el contorno del mundo cáustico. Si no fuera porque no había agua...

Si grifo había. Y motor para bombear. Había una flamante sala de máquinas, con olor aún a alquitrán, o a neumático, o simplemente a máquina antigua. Estaba en la oscuridad del final de un pasillo que salía a la luz, tras bajar una pequeña escalera iluminada con una débil bombilla que pendía de un hilo demacrado. Tras eso, se abría una pequeña habitación, como un ensanchamiento del pasillo, y aparecían las máquinas detenidas tanto tiempo, la humedad, el olor a rata, o quizá el olor que buscan las ratas. El pasillo se volvía a estrechar, dejando a izquierda y derecha dos armarios trasteros repletos de objetos inservibles impregnados de aquella olor a antiguo, y tan sólo espacio para una persona de frente, mientras se hundía hacia abajo al tiempo que se iluminaba poco a poco.

Una vez descrita esa hondonada, procedía a subir de nuevo, al tiempo que se dispersaba la atmósfera rancia, y finalmente estaba coronado con un par de escalones y una especie de cubículos, como unas garitas, con ventana, uno a cada lado del final del pasillo, sin puerta.

El agujero del desagüe estaba en algún lado, tapado con hojas secas y quién sabe qué más objetos que se lanzaban contra aquel patio sin misericordia ni intención. Sólo debía sentirse realizado cuando llovía mucho y tenía que trabajar al 100%. El resto del tiempo era un miserable residuo de los tiempos pasados, de veranos al sol con las cáusticas en todo su esplendor, bajo la sombra del limonero o quizá del níspero (en aquel entonces, mucho más pequeños, obviamente), cuando aún corría aire entre las hojas y no estaban ahogadas por edificios colindantes.

Quizá por eso se quedó ahí, abandonada y sin función. Y sin cáusticas.