¡Uh!

¡Uh!

Dos del mediodía y no hay nadie por la calle. Sol inclemente sobre el asfalto, que quema, rápido, traspasando las suelas y tacones. Sólo se pueden oir algunos ronroneos de coches lejanos, los gritos del presentador del concurso del mediodía, y un salvaje gruñido que de cuando en cuando se desprende de estas ranuras.

También se escondía en el hueco, jugando. Es suficientemente hondo como para poder introducirse sin tocar las ranuras y sin ser visto desde lejos. Mientras espera, dirige miradas furtivas hacia el interior de la ranura, intentando averiguar qué se esconde en la oscuridad. Le parece adivinar que hay máquinas, pero bien podrían ser simplemente engaños de sus ojos, desacostumbrados al contraste entre luz hiriente y una tenue penumbra.

El silencio en la calle simplemente hace aún más sencillo poder salir del escondite justo cuando los pasos delatan la proximidad de la víctima, aún no asustada. Y entonces...

¡Uh!

y salía rápidamente del escondrijo, de un salto desde el pequeño escalón de la ranura y pisando fuerte con los dos pies al mismo tiempo

¡Ah! ¡Qué susto! ¡No lo vuelvas a hacer!

¡Qué susto me has dado!

Entonces se iban, dejando abandonada a la ranura hasta quién sabe cuándo, celosa de la atención que ya no recibía. Y esperando que alguien más se acerque y decida jugar...