Azabache

Se sentó fatigadamente en la mecedora, dejando caer el peso del cuerpo y haciendo crujir al viejo mueble, y se cubrió las piernas con las faldas de la mesa.

Inclinándose hacia la derecha, sacó una caja de cartón de una mesita. En algún tiempo fue una caja blanca, pero ahora exhibía varios tonos de gris y azul, como si hubiera rozado con algo que perdía color. En la parte superior, con letras temblorosas estaba escrito en mayúsculas:

AZABACHE

Giró la caja de forma que las demás pudieran ver la inscripción, y acercando la caja hacia sí de nuevo, dijo, al tiempo que asentía:

- Es un azabache muy bueno.

Y abrió la caja.

En el interior había varios frascos con pedrería y lentejuelas; tubos de unos cuatro o cinco centímetros, como frascos de laboratorio, clasificando los pequeños objetos por colores. Extrajo algunos de ellos y los enseñó orgullosamente, rotando cada frasco mientras dejaba que el contenido se deslizara cual reloj de arena.

Asintió de nuevo, mientras devolvía los frascos a su lugar, y repetía una vez más:

- Es muy bueno. Un azabache muy bueno.