De terrado en terrado

Se levantó sin hacer ruido; debía salir de la casa sin que nadie más averiguara a dónde iba o qué haría. El sigilo es clave en este tipo de operaciones, aún más si se ha de evitar a los soplones que observan en la sombra y delatan luego a sus superiores.

En este caso, sabía claramente que el Melenas estaba interesado en el mismo objetivo, y ya había enviado a uno de sus correveidiles para fisgar y a ser posible arruinar la acción. Moralito, así le llamaban: un viejo conocido en el lugar.

Apareció un día, salido de la nada, diciendo que les habían trasladado a él y a su familia (estas cosas de las grandes corporaciones), y ya pronto trató de enredar con todo aquel que pudo, preparando la base para poder actuar posteriormente con individuos como el Melenas.

Y allí estaba, deslizándose y saltando de un terrado a otro en la oscuridad de la noche (pero casi bordeando la claridad del alba). En una de ésas, pudo oir claramente al Melenas. ¿Qué hacía él ahí? Aún más, Moralito también estaba allí, con su voz aguda de niño que nunca creció.

¡Pero no podía fracasar en esta misión! Se arrastró silenciosamente hasta una esquina del terrado, donde no alcanzaba la vista de nadie, y esperó hasta que se alejaran las voces. Entonces, bajó, cogió los de colores, subió de nuevo por la escalera metálica, y volvió corriendo a su cama.

Como si nada hubiera pasado.