El caserón abandonado (I)

Una tarde de verano, ya Junio, con un calor que comenzaba a ser empalagoso e invitaba a las cigarras a ejecutar su rítmica sonata y paseando sin ningún destino, acabaron llegando a las orillas del río.

Desde allí podían ver las fachadas traseras de las casas de la Calle Mayor; un cambiante espectro de balcones, ventanas, ventanitas, materiales (ladrillo, cemento, yeso, hormigón), con o sin desconchados, mal y bien conservadas, edificios de una planta, dos, tres y quizá cuatro, estrechos y anchos.

El conjunto, aparte de resultar hipnótico por lo heterogéneo, también tenía un eje de gravedad: el edificio más grande. Cuando las miradas ya habían vagado aleatoriamente por todos los edificios y sus peculiaridades, acababan fijándose en ese caserón sombrío y lúgubre, si es que no lo habían hecho desde un principio.

De planta anchísima, tenía cuatro pisos y una especie de buhardilla retrasada respecto a la calle. El jardín trasero, descuidado y lleno de malas hierbas, hablaba de tiempos alegres, de elegantes eventos en el romántico merendero, rodeados de bellos árboles frutales, de exótica apariencia o de fragante aroma y delicioso sabor, cuando la hiedra comenzaba tímidamente a reptar por las columnas de la pérgola y de la fachada.

Pero ahora los árboles estaban enzarzados en una pelea perdida con los hierbajos y los espinos, que poco a poco habían extendido su dominio a toda posible superficie y estaban ahogando lentamente los troncos de los árboles incluso, haciendo del jardín una selva infranqueable.

Ocho escalones acompañados de una baranda cubierta de hiedra, al igual que toda la fachada, permitieron el acceso al caserón tiempo ha. Mas ahora el hueco de la puerta había sido tapiado y los ventanales estaban tableteados de una forma no demasiado uniforme, pero que desde luego no permitía el acceso.

Sin embargo, una observación minuciosa, de las que permiten las tardes eternas de verano, evidenciaba una pequeña puertecita en la parte derecha, quizá de metro y medio de ancho. Probablemente era la puerta de servicio.

(Continuará...)