El caserón abandonado (II)

Observaron la puerta durante algunos instantes. Parecía sólida y en buen estado de conservación, sin carcoma y ni desconchados. La aventura había finalizado --si es que alguna vez comenzó. Casi a punto de dar media vuelta y volver, tuvieron una idea absurda:

¿Y si le pegamos una patada a la puerta?

Quizás fue el bochorno de aquella tarde o tal vez la atmósfera aventurera que sigilosamente se había instalado entre ellos mientras se entregaban a la observación de la casa y sus alrededores, pero la idea les entusiasmó y procedieron, no a pegar una patada, sino a comenzar por algo un poco más sutil: empujar la puerta con la mano.

Para su sorpresa, se abrió con facilidad, sin rechinar ni crujir, dejando a la vista un pequeño patio. Se quedaron mirando al interior, con los ojos muy abiertos y el cuerpo casi inmóvil, cuando uno de ellos comenzó a reir a carcajadas:

¡Jajajaja! ¡Decimos que le pegamos una patada y se abre! ¡Es de película de miedo!

El súbito estallido alejó de alguna forma aquella extraña atmósfera, de repente la casa volvía a aparecer como una simple casa vieja, y la puerta no tenía magia alguna, sino que únicamente estaba entornada, por la razón que fuera. O quizá había alguien en la casa; obreros, okupas, ¿quién sabe?

Tal vez sea mejor que lo dejemos estar.

La voz de la responsabilidad y la formalidad había hablado. Mas la voz que decía "no tenéis nada más que hacer" y la perspectiva de poder pasar la larga tarde descubriendo todos los misterios que la casa albergaba se hacían oir mucho más claramente que las voces de la responsabilidad o la formalidad, así que armados con un ímpetu que nadie sabe de dónde surgió y sin musitar una sola palabra entraron en el pasillo de bajo techo que seguía a la pequeña puerta, hasta llegar al patio.

A la izquierda había un pequeño cubículo vacío con telarañas en los rincones y aspecto de haber servido como almacén. Enfrente había un vano sin puerta que daba acceso a una estancia en semipenumbra. Se acercaron cuidadosamente para poder inspeccionarlo con más detenimiento, dando algunos pasos cortos mientras la gravilla crujía bajo sus pies y los sonidos se elevaban, disolviéndose y multiplicándose, por el hueco del patio.

La estancia en semipenumbra tenía una especie de banco de mármol con un agujero redondo, con apariencia de haber sido utilizado como meadero y a saber qué más, pero no había nada más en ella. Todo tenía aspecto de estar deshabitado desde hacía mucho tiempo.

Sin embargo, sus ojos se fijaron en un pequeño detalle que antes había pasado inadvertido; en el suelo, junto al pequeño cubículo a la izquierda de la entrada, había medio bocadillo, parcialmente envuelto en papel de plata.

¿Quería eso decir que había alguien allí?

(Continuará)