El caserón abandonado (III)

Puerta del caserón

Se miraron unos a otros, inquietos. La casa muy bien podría estar habitada; a escondidas, pero habitada. Y posiblemente sus habitantes no verían con buenos ojos esta visita inesperada.

Vámonos.

Alguien lo había dicho finalmente.

Vámonos. ¡Aquí hay alguien!

¡Vámonos!

Todos pensaban lo mismo pero aún así se negaban a irse, buscando excusas para autoconvencerse de que no había nadie allí.

Espera, déjame que mire mejor ese bocadillo...

Se acercó hasta el misterioso bocadillo y lo observó con detenimiento. No habían hormigas sobre él, dijo, Si fuera reciente, todas las hormigas que salen de ese hormiguero ya estarían dándose un festín aquí, explicó mientras señalaba a un profuso reguero de hormigas que bordeaba la pared y salía en dirección al patio.

El razonamiento comenzaba a convencerles. La idea del inquilino fantasma se alejaba poco a poco de sus cabezas...

Y fijaos que está duro como una piedra", añadió al tiempo que lo pisaba. "Esto lleva aquí lo menos dos meses.

Callaron durante unos segundos, mientras miraban fijamente al bocadillo, intentando hacer ver que no les importaba demasiado el hallazgo. Al fondo, se oían algunos pájaros, y el perezoso ris ris de las cigarras, amortiguado y suavizado por el calor.

Venga, vamos. No va a pasar nada, además somos varios, ¡no una persona a solas!

Y sin decir ni sí ni no, se dirigieron hacia la puerta del caserón.