El caserón abandonado (IV)

La puerta que daba acceso al caserón estaba entreabierta, invitándolos a adentrarse en aquella oscuridad desconocida. Pasaron uno detrás de otro y se detuvieron no habiendo avanzado demasiado, hasta que los ojos se acostumbraron a la densa penumbra del interior, y ayudados por la luz que entraba por el patio, empezaron a distinguir contornos primero, volúmenes después, detalles y colores incluso.

Rodeando la estancia, había una banda de azulejos que llegaba aproximadamente hasta el metro y medio de altura, dándole aspecto de laboratorio. Al fondo había un par de estanterías con recipientes de cristal (tubos de ensayo, pipetas, probetas), balanzas, calentadores de gas y objetos que no sabían nombrar, junto a cuadernos con anotaciones y hojas sueltas. Sobre un banco en el centro había un pequeño cajón-archivo de madera, con fichas amarillentas. Todo estaba desordenado y cubierto por una consistente capa de polvo que impedía leer las pálidas líneas escritas en las fichas y a su vez convertía en mates los recipientes antes mencionados, otrora transparentes.

A la izquierda, había una habitación mucho más grande: la que daba al jardín. El sol de media tarde se colaba pícaramente entre las rendijas que dejaban las tablas claveteadas a las ventanas, dibujando líneas sobre los diversos objetos que se podían encontrar esparcidos por aquel gran salón. Había una gran chimenea a la derecha, cerca de un imponente escritorio de oscura madera, con tallados y otras virguerías. Sobre él, libros y tratados de medicina, versando sobre los males, humores e inflamaciones tan de moda en otras épocas, hernias y grabados atroces; un tintero con un residuo de tinta seca al fondo, plumas y plumillas, folios también amarillentos y en parte devorados por algún extraño insecto. Un cortapapeles oxidado, lápices y su respectivo afilalápices, más bien romo, un par de botecitos de cristal con objetos diversos, y los cajones abiertos y exhibiendo sus exiguas pertenencias, aquello que no valía la pena y olvidaron llevarse al partir de la casa.

Había también dos estanterías prácticamente vacías, una a cada lado de la gran puerta que daba al balcón. Tan sólo contenían un par de baldas cada una, y algunos papeles y libros amarillentos distribuidos sin ningún orden.

Finalmente, alguien rompió el silencio en el que se habían sumido desde que entraron en la casa:

¿De quién sería esto? ¿No os parece como... no sé... una consulta médica?