El caserón abandonado (VI)

Alzaron la vista lentamente, mientras examinaban con detenimiento las escaleras. El edificio tenía tres pisos, y estas escaleras llegaban hasta el último, al contrario que otras construcciones en las que se accedía a la última altura desde otro pasillo por encontrarse retrasado respecto a la fachada principal.

A primera vista, las escaleras parecían encontrarse en buen estado, sin desconchados ni desprendimientos. Había una ventana en cada rellano, haciendo de las escaleras una de las zonas más iluminadas de la casa.

¿Qué, subimos? -- dijo, con aquella mezcla de curiosidad e impetuosidad al tiempo que disimulado miedo.

El resto asintió, animados por aquella efusividad tan aparentemente sincera, y le siguieron mientras pisaba los primeros escalones.

De repente se detuvo.

Le miraron intrigados (y con un vago recuerdo del bocadillo en el patio pasando rápidamente por sus mentes):

Pero no corramos ... no sea que se hunda. No sé cómo estarán los techos...

El consejo les pareció muy razonable. Se separaron entre ellos y acordaron no amontonarse en ningún sitio para no acumular demasiado peso. Con cuidado y lentamente, subieron hasta el primer piso.

Parecía que la estructura de cada piso era prácticamente idéntica: una puerta de entrada, y una pequeña recepción que comunicaba con el resto de elementos.

A la izquierda, un gran salón con las paredes pintadas en verde aguamar, la pintura ajada aquí y allí, con las baldosas, blancas y negras, formando un ajedrez gigante envuelto por una cenefa, y una chimenea presidiendo la estancia desde el fondo, una vez más. Dos puertas anchas y hasta el alto techo llevaban a la balconada, cubiertas con el mismo tipo de persianas de láminas que cubría las ventanas de la entrada.

Sin embargo, no estaban desplegadas del todo: un abundante torrente de luz entraba por el pequeño hueco que dejaban por encima del balcón, de unos diez centímetros. Del techo pendía una vieja lámpara a la que faltaban bastantes lágrimas de cristal; el resto estaba cubierto con una capa de polvo que las convertía en opacas, y junto al bronce oscurecido de los brazos, convertía a la lampara en algo poco más atractivo que un móvil de pedruscos colgantes.

Se asomaron con cuidado para mirar por las rendijas de las persianas. ¡La vieja heladería, justo enfrente, se revelaba tan extraña y misteriosa desde esta perspectiva! La heladera estaba en la puerta, con su delantal azul y blanco, y saludando a unas señoras que paseaban parsimoniosamente por la acera sombreada. De repente, por alguna razón extraña, alzó la cabeza y miró hacia el balcón. Retrocedieron rápidamente, temiendo haber sido vistos.

¡Cuidado! ¡A ver si van a llamar a la policía!

Mujer, no creo... si apenas se ve nada... ¡creo que es más por el miedo! pero no creo que se pueda ver mucho por las rendijas. Y además fuera está mucho más claro que aquí...

Vale. Aunque la verdad es que la policía tiene poco que proteger. Aquí no es que haya precisamente tesoros, como podemos ver...

Sí, desde luego que no hay nada. Yo me esperaba encontrar aquí una casa en ruinas y con tesoros y ni está muy en ruinas ni tiene demasiado que ver...

Efectivamente, no había nada más en el salón. Ni muebles, ni cuadros, ni estampas de santos, rosarios o crucifijos, así que procedieron a pasar a otra parte de la casa.