El caserón abandonado (VII)

A la derecha del recibidor, había una cocina, justo por encima del laboratorio del piso inferior, y comunicada igualmente con el patio a través de un par de ventanas. La luz entraba por ellas e incidía perezosamente en una gran nevera, cuya puerta entreabierta, se descolgaba según las bisagras iban cediendo, poco a poco, con la misma velocidad con la que el emblema que rezaba Thermador se descomponía, oxidado, dejando caer una estela ocre y marrón por el frontal de la puerta. ¿Habría algo adentro de la nevera? Quizá mejor no saberlo...

Había varias ollas y utensilios diversos, dejados de una manera desordenada, sobre una mesa en el centro, junto a tornillos, argollas, tuercas, y lo que parecían piezas sueltas de algún artilugio desconocido, que no eran capaces de identificar.

El fregadero tenía una gran pila de piedra verde desgastada, y grifos de cobre adornados con una pátina de óxido también, verde, más que la piedra, ese verde irreal que parece hasta mágico.

Sin musitar palabra, siguieron hacia el final de la cocina. Había una puerta al fondo, y más allá, se podía adivinar el sol entrando sin miramientos por las ventanas que daban al huerto.

Dejaron a un lado un pequeño cuarto de baño con armarios de formica hinchados por la humedad, un espejo manchado, casi mate, y los harapos de una cortina de plástico descomponiéndose en tiras secas y ajadas que se marchitaban en la oscuridad, para encontrar lo que parecía un dormitorio juvenil.

Por encima del papel pintado que cubría las paredes con patrones florales había una colección de recortes, pósters y fotos de atletas, pinchadas con alfileres por las esquinas, a veces compartiendo el alfiler. Miraron la cama con una cierta aprensión, como esperando encontrar mantas y muda nuevas, o al menos frescas, pero la hondonada que describía el colchón, desnudo bajo los pedazos de escayola que se habían desprendido del techo, daba más bien la impresión contraria.

Y si bien aún se preguntaban interiormente acerca del dueño de esa afición por el deporte, prosiguieron hasta franquear la última puerta, para encontrarse un gran dormitorio por el que la luz del sol entraba a raudales, como habían intuido. Dos balcones, sin cortinas ni persianas, y una chimenea, eran la única decoración de la estancia, volviendo otra vez al estilo austero que ya habían contemplado en el salón.

Llegados a este punto, alguien se atrevió a preguntar lo que todos estaban pensando, inundados por una mezcla de decepción, intriga e inquietud:

¿Y qué hacemos ahora? ¿Seguimos?