Faenita

Cada vez que apretaba el botón hacía ¡ÑI!, se abría la puertecita, y la cabeza, con esa cara entre locomotora humana y sol neorromántico, salía disparada hacia adelante, sólo para verse detenida centésimas de segundo después por el mismo muelle que la había liberado.

Una amplia alameda en una población playera, y al fondo, un kiosko, la recordaban con cariño, también. Ellos conocían sus orígenes anónimos, y a sus otras hermanas sin nombre también.

Cada una era de un color diferente, pero todas coincidían en el falso objetivo frontal, metalizado, y la cinta roja para colgarlas al cuello y poderlas pasear por doquiera fueren los dueños.

Aunque ésta era única: Faenita.