Un portero silencioso

Mirar hacia arriba durante el mediodía era inundarse del amarillo intenso que se filtraba a través de la uralita del techo, y en contrapunto, la cuerda.

Empezaba en el último piso, aquel quinto con oscuridad y alevosía, atada a la barandilla con dos nudos, blanca e impoluta, como un cordón de franciscano, y bajaba rápido, en una vertical perfecta.

Un piso tras otro, enhebrada en las poleas y tomando un color mucho más oscuro en los rellanos por culpa de tanto manoseo, desde el blanco al ocre llegando hasta el marrón, y finalmente, el salto horizontal, cinco metros en diagonal para avanzar hasta la entrada y recorrer los últimos metros agazapada y arrastrándose por la pared hasta acabar estrangulada, o estrangulando, que también podía ser, al pestillo de la puerta.

Y allí estaba, esperando órdenes. Es decir, estaba en toda aquella extensión, porque para el entendimiento humano era difícil asumir todo aquel recorrido como un "aquí" o "allí" puntuales, como una partícula de un teorema físico, pero sin embargo, no se podía negar que estuviera, bien fuere aquí o allí.

Lo verdaderamente importante era que cuando uno de aquellos timbres, redondos y de goma blanca, coronados con una aureola de mugre dactilar, era presionado, emitía un sonoro e inconfundible Rroonnnn que se podía escuchar desde cualquier lugar del piso, y se reproducía la misma secuencia, inmutable durante años, en la que se abandonaba cualquier actividad que se estuviera realizando hasta aquel momento, y se procedía a recorrer el largo pasillo hasta el recibidor, mientras cada baldosa iba emitiendo un sonido diferente al ser pisada, dependiendo de si estaba intacta, suelta, o simplemente partida.

Una vez en el recibidor, se abrían con un gesto rápido los dos pestillos, se soltaban una vez la puerta se abría (¡clac, clac!), y con un gesto ceremonioso se procedía a estirar de la cuerda, asiéndola por aquella zona oscurecida, hasta que se oía un Clac allí abajo, al final de la cuerda, evidenciando que el portero silencioso había cumplido con su labor abnegada y la puerta se había abierto.