La ceremonia del café

Nunca se permitía el lujo de tomar café después de las comidas; quizá por salud, quizá por ahorrar, quizá por no soportar al tacaño de su marido reprochándole, o quizá ya por costumbre. Pero cuando venían sus hermanas de visita, la situación cambiaba --al fin y al cabo es complicado reprochar a tres personas, especialmente si no tienes ningún poder sobre dos de ellas--, y se daban a la ceremonia del café después de cada comida.

Cuando las papilas aún no habían olvidado los sabores de los platos que acababan de ingerir, los tímpanos podían intuir la inminente ceremonia del café, gracias a los golpes metálicos de la cafetera express siendo rellenada, la bandeja, también metálica, donde se ponían aquellas humildes tazas duralex y el pequeño azucarero, para llevarlo todo al comedor, una vez el café hubiera hecho su aparición por el pequeño cuello de la cafetera, despidiendo sus característicos efluvios.

Avanzaban con paso firme llevando la bandeja, diríase que jactándose de la importancia que tenía aquella ceremonia, la ocasional losa suelta emitiendo su típico ruido al ser pisada, y el largo pasillo se veía inundado por dichos efluvios. Donde antes danzaban alegremente los olores de la carne y el gazpacho, se encontraba aquel aroma inconfundible, y tan raro en aquella casa.

En ocasiones aún más extrañas, se permitían el sobrelujo de coronar el café con unas gotitas de anís el Mono, que reservaba celosamente para estas ocasiones peculiares en un lugar recóndito de la despensa.

Llegadas al comedor, depositaban la bandeja en el centro de la mesa pertinente (camilla con brasero en invierno, mesa de café enfrente del sofá en verano), y se arremolinaban en torno a ella en un momento tan cómplice que llegaba a irritar al marido, especialmente cuando contaban chistes e historias no de su agrado o que consideraba moralmente inapropiadas, a las que respondía con interjecciones y expresiones de disgusto varias, las cuales eran mayormente ignoradas en aquel estado de desenfado y solemnidad simultáneos que conocían como raonar.

Raonar era lo que se hacía después de comer, mientras se tomaba el café, y quizá era lo que más echaba de menos cuando no estaban sus hermanas. Era como una tertulia de café milochocentista, pero en versión casera, y permitía el análisis de temas inapropiados para la hora de comer, de una forma seria pero al mismo tiempo jocosa y relajada.

¿Qué era inapropiado a la hora de comer? Es algo que nunca conseguí categorizar con exactitud, pero me aventuraría a decir que todo aquello que requiriera más de tres frases para ser tratado, puesto que a la hora de comer, se come, y se salta tan alegremente desde asuntos serios a la calidad del all-i-oli o la mayonesa y de vuelta a quien ganó las elecciones y qué opina el personal y lo buena que están las aceitunas partidas, probablemente en menos de diez minutos.

El raonar no tenía una duración definida, a veces acababa justo cuando acababan con el café; otras veces se sustituía la bandeja del café por la cajita de los hilos y agujas y se dedicaban a las artes del sastre mientras seguían debatiendo de esto o aquello y los aromas del café y el anís se difuminaban lentamente según la tarde avanzaba.