Alcohol de romero

Octubre era la época de las conservas. En la penumbra de la despensa, las aceitunas se maceraban dentro de grandes jarras de cristal, atravesadas con un par de ramas de pebrella, para darle el toque aromático a la salmuera. El nivel de sal, por supuesto, lo habían ajustado mediante aquella ceremonia mágica en la que ponían un huevo en el agua y acto seguido, echaban sal hasta que el huevo flotara.

Una vez había acabado con las aceitunas, y presa aún de aquel furor preservativo, se lanzó a crear sus propias versiones de de productos desinfectantes comunes. Compró varias botellas de alcohol medicinal, las destapó, y en algunas puso ramas de tomillo y en otras, ramas de romero. Las volvió a tapar herméticamente, y las guardó en el botiquín.

Un mes después, el alcohol había extraído las esencias del romero y el tomillo, y la botella, de plástico semiopaco que otrora revelara un líquido incoloro, albergaba ahora un líquido de color marrón verdusco, que también podía ser verde marronzusco, según la hora del día y los ojos de quien lo viera. Algunas hojas de la rama, de color verde pálido, se aplastaban contra la pared del envase, testimonios mudos de aquel crimen en nombre de la salud. Abrir el frasco era una experiencia inusualmente deliciosa, que hacía salir disparado, punzante, el aroma de las hierbas, escondiendo el olor amargo del alcohol con una imagen de montañas y caminos rurales.