Recuerdo de Covadonga

Cada vez que iban a su casa, les tenían algún regalito preparado: souvenirs de aquellos lugares que habían visitado en alguno de los viajes que hacían con sus amigas, también jubiladas.

Bolígrafos gigantes con los que era imposible escribir, con una gran leyenda a lo largo que rezaba: Andorra en letras rojas sobre fondo amarillo, y una selección de las mejores vistas en pequeñas fotos en miniatura en el resto de espacio libre; caramelos de limón rectangulares, tan grandes que no cabían enteros en la boca; mandarinas de caramelo envueltas en un primoroso celofán; caperuzas de dulces de La casa de los caramelos y sobre todo, aquellas réplicas de cámaras que no eran tales.

Miraba por el visor y en lugar de ver los objetos que tenía inmediatamente delante, se veía transportada a otro mundo fantástico y quizá también fantasmagórico: Covadonga. Su bisoñez confería tintes sobrecogedores incluso al mismo nombre de Covadonga; la carencia absoluta de referencias históricas o culturales convertía aquellas imágenes descontextualizadas en instantáneas de lugares que tal vez ni siquiera existieran. Cada vez que pulsaba el botón para hacer una foto, el carrusel interior avanzaba una posición y se mostraba la siguiente imagen, hasta volver a empezar por la primera. Lagos cuya superficie se adivinaba entre la niebla, y el esqueleto de un árbol acechando maliciosamente en la orilla, las ramas reptando sobre el agua, a punto de tocarla, pero sin llegar a hacerlo. Unas cruces a contraluz, santuarios de montaña y pequeñas capillas, todo rodeado de abundante y rica vegetación, tan verde, que no podía ser verdad.