Azulejos y pavimentos

Una de aquellas tardes de verano en que el tiempo anticipa tormentón, estaban sentadas en sillas bajitas, en la terraza, rodeadas de plantas y macetas variopintas, en una suerte de vivero casero.

De cuando en cuando, callaba la conversación y el silencio que precede a la tormenta se paseaba tan campante por allí. Un remolino por aquí, unas hojillas arrastradas y crujiendo a lo largo del patio, la confirmación inconfundible de los rumores que todos sabían ya ciertos: venía el otoño. A escondidas la mayor parte de Agosto, pero despistado y sin disimular cuanto más se acercaba Septiembre, regalando escalofríos y aires que hielan el cogote del más templado. Sin decir nada.

Y en uno de aquellos intervalos silenciosos, adornado únicamente por el sonido de las hojillas quebrándose y algún pájaro lamentándose, levantó la vista por encima de la barandilla.

Los coches, allá lejos, seguían su recorrido habitual, escondiéndose tras las curvas que describía la carretera. Casi mágicamente, se diría, la montaña los engullía por unos instantes, para a continuación devolverlos a la carretera unos metros más allá.

Había una pequeña casita en lo alto de las curvas. No tenía más que un piso sobre la planta baja, una puerta y dos ventanas, y dos vanos insinuados en la parte superior. Una palmera a la izquierda, pinos a la derecha, y un poste de la luz a la izquierda también, conectado a un tendido que (¡adivinen!) seguía hacia la izquierda, trazando una línea divisoria entre bancales y carretera, hasta llegar a un grupo de edificios con apariencia de comercio.

-- ¿Qué dice ahí?

-- ¿Dónde?

-- ¡Allí lejos! ¡Quita, ya sé!

Se levantó de repente y entró en la casa, dejando tras de sí el sonido de los canalillos golpeando contra la parte inferior de la puerta. Clac, clac, ... clac...

Al principio la cortina estaba hecha con canalillos verdes y blancos. Pero se fueron rompiendo y los iba cambiando por canalillos azul marino. Luego los repuso con canalillos negros. Al final, no vendían canalillos y tuvo que sustituirlos con pajitas de refresco cortadas a la medida. Eso, o engancharse el delantal cada vez que salía o entraba.

Y entonces volvió, con un misterioso objeto en la mano. Eran unos prismáticos pequeños, diríase que de bolsillo. El prismático del que frecuenta obras de teatro en último piso, última fila, por hacer economías.

Se plantó delante de la barandilla, con gesto decidido, y acercó los prismáticos hacia sus ojos. Observó durante algunos instantes, como para cerciorarse de la lectura, giró detenidamente y dijo con gesto solemne:

-- Azulejos y pavimentos.