Caracoles, linternas de gas y otros fósiles

Había un ciempiés allí delante. Extraña visión; se preguntaba si no sería uno de los inquilinos de los caracoles blancos que acababa de recoger (unos cuantos, todos guardados en el cubito playero). Al fin y al cabo, al empujarlo un poco con un palo adoptaba una forma espiral que no podía sino corresponder al tipo de animal que vive dentro de un caracol, enroscado en sí mismo al menor susto.

A veces tardaban poco en recuperarse. En otras ocasiones se lo tomaban con más calma. A veces (¡glups!) ni tan siquiera se recuperaban. Lo que se dice morir de la impresión, imaginaba. Ni que fueran importantes. Ni que entendiera el concepto de muerte. De hecho prefería que estuvieran fuera de sus casas a que aparecieran, en cuanto menos se lo esperaba, por la boca del caracol.

Dejó el cubo a un lado y se olvidó de él. Tenía un coche en miniatura, un Citroën dos caballos. Rojo, casi butano. Todos los detalles - hasta el asa de las puertas, con un toque metalizado. Las ruedas giraban fácil. Rooon roooon, como si las hubieran engrasado hace poco, el mecanismo limpio y afinado.

Jugaba con el coche contra la pared, casi la única superficie lisa por allí. La mesa, de bambú y vidrio, estaba ocupada con el desayuno. Mantequilla Arias, leche Cervera. Pan del horno del pueblo, lo habían traido pronto recién horneado. Olor a café, las pequeñas tacitas naranjas esperando su dosis.

Desayunan, recogen, escampa, escapa, recoge el cubito de nuevo. Más caracoles. Fósiles: el hermano mayor de los caracoles. Aquí había un mar antes, le dijeron en una ocasión. Y desde entonces no dejaba de buscarlos. Bancales verdes, mullidos, parecen esconder un mar bajo. Debe haber muchos fósiles bajo de ellos. Tantos sitios por investigar y tan poco tiempo. Allá lejos donde los dos cipreses tiene pinta de haber un mar.

Para compensar la carencia inmediata de mar, tiene una pequeña piscina. A veces las avispas se dan un chapuzón, y acaban ahogadas. Hay que vaciarla, o limpiarla de avispas. Dependiendo de cómo esté el depósito de agua. Hamacas verdes, protector solar, zumbido de avispas rondando la piscina.

El otro complemento para la búsqueda de caracoles es una pala verde; nadie sabe muy bien de donde salió, desparejada en color y forma, y acaba en una especie de arandela que suele utilizar como eje de ondulación mientras espera a la puerta la llegada del coche, al anochecer.

Quizá han encendido ya la lámpara de gas. El monótono sonido del gas siendo consumido por la llama sólo se ve interrumpido por un sonido de motor lejano, delator en el vacío nocturno, y un ¡ya vienen! de cualquiera de los presentes.

Ya que están en la calle, recomienda a todo el mundo subir a la acera. ¿Qué acera? Llamar calle al campo abierto era como mínimo pretencioso, y llevaba a tener que considerar acera el bordillo de la entrada. Total, es la única que sigue sus propios consejos, aunque sea por dar ejemplo. Y se sube al bordillo, dos pasos atrás, mientras ve como se acercan los cuatro ojos del Renault 8, verde, con su sonido de grillo metálico y la extraña ondulación del capó, las polillas y mosquitos golpeándose furiosamente contra los faros.

Luego vendrá la colonia antimosquitos, la linterna de mano y su aureola de corto alcance, pero ésa es otra historia.