El hombre del bastón

Tenía aterrorizada a la mitad del colegio; la otra mitad no lo había conocido aún, o estaría aterrorizada igualmente.

Vivía justo de camino al colegio, y por las mañanas, cuando los niños iban a clase, salía a la puerta de su casa y observaba. La mayor parte de las veces, era lo único que hacía: estático, rígido, apoyado, casi aferrándose, en el bastón, y escudriñando inquisitivamente a todo aquel que pasaba, a través de sus lentes oscuras.

Ocasionalmente, su rostro, estático y hostil, podía conjugar un cambio aún más hosco y un mohín siniestro tomaba posesión de él: fruncía el ceño, realizaba una extraña mueca con la boca y el puro que siempre llevaba consigo, y diríase que su cabellera, una especie de casquete compuesto de pelo y grasa que parecía un tupé (por lo estático) pero no lo era, retrocedía un par de centímetros para permitir que las cejas pudieran mostrar todo el arco por encima de las opacas gafas y así evidenciar su irritación.

Nadie sabía el por qué de su enfado constante. Quizá simplemente su cara era así, pero incluso cuando dejaba de observar y decidía hablar, los niños huían antes de que acabara de pronunciar, entre carraspeos, la primera palabra.

En ocasiones aún más excepcionales, no sólo se conformaba con lo descrito hasta ahora, sino que también daba algunos pasos. Era entonces cuando los niños descubrían que la finalidad del bastón no era atizar a nadie, sino suplir las carencias de una pierna más corta que la otra; y por eso su pie izquierdo calzaba una suela más gruesa que el pie derecho.

Parecía que disfrutara de esa especie de condición de personaje de cuento, como si en el fondo gustara de ser un tanto ogro y tener cierto poder sobre los niños. Cuando hablaba con adultos, mientras los niños se escondían tras las piernas de los mismos y se sorprendían de que el hombre del bastón fuera una persona normal al fin y al cabo, capaz de articular palabras y no gruñidos carraspeantes, relajaba sus gestos e incluso sonreía, dejando ver los dientes -todos, ¡a sus años!- ennegrecidos por los puros y los carajillos que tomaba en el bar de enfrente mientras los niños estaban en el colegio.

Un día, poco después de que el colegio cambiara de localización y los niños dejaran de pasar cada mañana por la calle, cerró la puerta de su casa y ya no se le vio más.