Formatge

Fue a comprar un día a la tienda aquella señora, a la que no había visto antes, o en la que no había reparado hasta el momento:

Venia a per formatge...

dijo, con suavidad, como si le supiera mal pedirlo. Tenía una cara redonda, bonachona, los rasgos sin líneas rectas; dos pequeñas perlitas como pendientes, el pelo suelto, ni corto ni largo, y peinado hacia atrás con sencillez, con una horquilla como único broche.

Formatge.

¿Qué era el formatge? Repetía mentalmente el sonido de la palabra, como si reflexionando sobre ello pudiera entender qué quería decir. Mientras tanto, sonaban las noticias en Radio Nacional, pero ella seguía tratando de descifrar el significado de aquella palabra.

Sería de las pocas veces que se había percatado de que existía otro idioma y lo hablaban de la misma manera que ella hablaba el suyo, o de otra manera, empezaba a entender el concepto de idioma y a dejar de asumir implícitamente que todas las palabras pertenecían al mismo idioma. Como cuando escuchó groc de boca de otra compañera de colegio. Extraño.

Y era queso, como entendió cuando iban hacia el refrigerador y un trozo de queso manchego era cortado con aquel cuchillo enorme, con decisión.

... Un cuarto, sí...

A la señora la volvió a ver de vez en cuando, a veces en la tienda y a veces fuera de ella. Siempre con su cara de buena persona, cierta resignación incluso. Y cada vez recordaba la escena del queso, con una constancia tal que hasta llegó a creer que la redondez y suavidad de su cara era producida por el queso.

Poco a poco se fue engriseciendo; empezó por el pelo, que continuaba llevando suelto, levemente recogido con la horquilla, una cana aquí y otra allí, hasta tener más cabellos blancos que negros, mientras vestía cada vez más oscura, el semblante cada vez más triste, la cara menos de queso y más angulosa. Quizá ya no comía queso.