La pintora

Por alguna razón extraña, fue a dar un paseo con ella. ¿Quieres ver la terraza?, le preguntó. Por supuesto que quería verla, de cerca. De lejos, era como un postizo. Más allá de las barandillas o las persianas, tangibles, reales, sólo había decorados.

Así que con tranquilidad, recorrieron el corto trayecto entre la tienda y su casa. Le habían dicho que era artista, pintora. Ese cuadro de las flores que hay en la entrada, ¿te acuerdas? Pues lo pintó ella.

Mientras trataba, en vano, de recordar más dichos sobre la pintora, llegaron a su portal, que hasta entonces había pasado desapercibido, y subieron los dos cortos tramos hasta el primer piso. Abrió la puerta y una bocanada de luz inundó el oscuro rellano. En el recibidor, una consola sencilla y multitud de figuritas de cerámica de diversos tamaños y estilos, al igual que en la pared, ornada con cuadros grandes, pequeños, apaisados algunos, la mayor parte de ellos representando bodegones, ramos de flores y otras naturalezas muertas: pocos paisajes y retratos.

Y al fondo, está la terraza.

De los cuadros, nanay. La tenue luz del recibidor, en contraste con la claridad que asomaba al fondo del pasillo, no invitaba en absoluto a quedarse contemplando aquellas pinturas. Ella quería ver si el decorado era tal o real.

Finalmente, llegaron al comedor, ignorándolo por completo, y abrió la puerta en la cristalera de la terraza. Ahí estaba, el decorado ante ella. Ya no era una ilusión lejana, sino que podía pisarlo, caminar por él. Y la diferencia de perspectiva no era lo único sorprendente, sino el hecho de que había más terraza de la que veía de normal, con espacio para más macetones y otro farol. ¡Y ella creyendo que sólo había uno!

Dió algunos pasos dubitativos, mientras la pintora asentía con la cabeza, invitándola a explorar. La claridad era casi hiriente, de junio por la tarde, poco antes del solsticio. En la pared junto a la cristalera había un grifo, conectado a la manguera naranja que tan vista tenía. Un poco más allá, bajo del farol que conocía, aquella mesa de mosaico, con sus piedras multicolor y la base de hierro forjado, pintado en negro. Más macetones y macetas, la baranda metálica al fondo y a la derecha, aquella graciosa separación entre esta y la terraza adyacente: un murillo bajo, de unos cuarenta centímetros, y encima otros treinta centímetros de celosía, al estilo de las construcciones playeras, con un desagüe justo en la mitad longitudinal para recoger el agua de lluvia (o de manguera).

Se acercó cuidadosamente al murillo y observó a través de la celosía, pero el perro que esperaba encontrar al otro lado no estaba. ¿Sería este el mismo decorado o uno similar? Empezaba a dudarlo...