Presencia en el hostal

Le dijo el primer día:

Por este pasillo no te recomiendo que pases.

En aquel momento no prestó atención. Estaba cansado del viaje y tan sólo quería dejar su equipaje en la habitación, ducharse y dormir. Pero según iban pasando los días, la extrañeza se iba desarrollando, hasta llegar a un punto en que decidió que estaba bastante intrigado. El pasillo no parecía tener nada de particular en comparación con el resto de pasillos del hostal. Desde fuera ese ala del edificio parecía absolutamente normal, y desde dentro... bueno, desde dentro no había podido vislumbrar mucho más allá de los dos primeros metros; todas las puertas del pasillo estaban cerradas a cal y canto; casi diríase que el pasillo devoraba la luz.

Había comentado con el otro huésped que podrían ir a dar un paseo por alguno de los senderos rurales de los que hacía gala el hostal, pero no lo había visto aquella mañana. Y a pesar de que no era un gran edificio, desconocía en qué habitación se alojaba.

Baja a recepción con idea de preguntarlo. Pero no hay nadie. Espera un par de minutos, por si vuelve el recepcionista, pero no se oye nada, en absoluto. Asoma la cabeza por encima del mostrador, intentando encontrar algún tipo de prueba o indicio de que el recepcionista ha estado por allí recientemente, o si tardará poco en volver.

El monitor del ordenador, con el salvapantallas. La taza de café, vacía. El paquete de cigarrillos y el mechero, junto con el móvil: a la derecha. ¿Quizá volvería en breve? Quizá fue al aseo...

Espera cinco minutos más, rodeado de aquel incómodo silencio. Mientras tanto, lanza miradas furtivas al pasillo oscuro. ¿Qué hacer? Atreverse a entrar en el pasillo no recomendado... y más aún, ¿por qué no recomendado?

La curiosidad es más fuerte.

Vuelve a mirar a izquierda y derecha, tratando no de encontrar a alguien, sino de no ver a nadie esta vez. Y efectivamente, sigue sin haber atisbo de compañía. Da media vuelta lentamente, con cuidado, para que las baldosas ligeramente sueltas no delaten su intención, y se detiene en el umbral del pasillo, justo donde la oscuridad comienza su reinado. Es como asomar la cabeza por la boca de un pozo negro. De pronto, le parece escuchar la voz del huésped. ¿Estará aquí su habitación? Cree que ha hecho bien atreviéndose. ¡Valor!

Sigue avanzando por el pasillo, ya envuelto absolutamente en su negrura, y experimentando de cuando en cuando una especie de chiribitas, como ráfagas de luz. ¿Qué ha sido eso? Si era una ráfaga era demasiado corta como para permitir al cerebro tomar conciencia de ello. Pero sus ojos han visto algo. ¿O es una autosugestión por culpa de esta oscuridad? O tampoco... de alguna forma, aunque no hay luz y ni siquiera se ve ya la recepción por culpa de esta especie de niebla oscura, hay luz. Y se pregunta: ¿de dónde viene esta luz?

Unos metros más adelante, la claridad se hace más evidente. Ve la salida de la casa al final del pasillo: prado verde, montañas, caminos, mientras a sus espaldas tan sólo se ve el continuo de oscuridad que es el pasillo, como un agujero negro, casi, se dice, como un portal interdimensional a otro tiempo. No es que sepa mucho de portales pero siempre ha querido vivir la experiencia de ver uno.

Mientras observa la otra parte del portal, las paredes, la puerta al prado, los muebles, ve algo que se mueve bajo unas pesadas sillas tapizadas en rojo. Se acerca, no sin cierto temor, y distingue al huésped, acurrucado entre las patas de las sillas, casi diríase que atrapado por ellas, como una horquilla.

-- ¿Qué haces ahí? ¿Por qué no sales? Llevo toda la mañana buscándote

-- Oh, de aquí no puedo salir si los fantasmas no me lo permiten.

-- ¿Fantasmas? ¿Qué fantasmas?

-- ¿No los ves? Fíjate como distorsionan los colores y las luces a tu alrededor...

Miró al huésped con una cierta incredulidad. La escena al completo le parecía de alguna forma digna de una película de Buñuel, con el huésped, cuya constitución no era precisamente enclenque, contorsionándose bajo las sillas macizas, y no sólo eso, sino además pretendiendo estar atrapado ahí abajo, sometido a los deseos de un fantasma.

Pero... ¿y si fuera verdad? Miró a su alrededor, no al entorno, sino a lo que hay entre él y el entorno, y comenzó a distinguir pequeños cambios en la luz; distorsiones, tintes extraños a veces, como mirar a través de un cristal imperfecto y con manchas. El mero hecho de asumir que estaba equivocado ya le había producido un vuelco interior, como un vahído mental; ver esos extraños efectos fantasmales le producía unas más que desagradables náuseas.

-- ¿¡Cómo detener esta angustia!?

Se sentía estirado hacia atrás, como si el pasillo tratara de absorberlo y engullirlo como hacía con la luz; los fantasmas, crecidos, orgullosos de ser creídos, danzaban a su alrededor, cada vez más nítidos, cada vez más amenazantes.

Debía hacer algo; no sabía muy bien qué. En el agobio, sólo una palabra le vino a la mente:

-- DETENEOS -- dijo, con una fuerza y un volumen de los cuales se creía incapaz.

Y para su sorpresa, dejó de sentir la succión del pasillo y las náuseas; los extraños efectos de luz desaparecieron y lo que es más, la oscuridad del pasillo se evaporó y podía ver la recepción desde allí de nuevo. Asombrado por su recién descubierto poder antifantasmas, miró hacia el huésped, que permanecía aún acurrucado bajo de las sillas.

-- ¿Crees que podrás salir ya?

Como si tal cosa.