La terracita

Geranio en el patio

Tras un tupido estor se encontraba la puerta, casi siempre entreabierta, para que corriera el aire, sujeta con un alzapaño entre morado y marrón, ligeramente deshilachado. Dos palmos más arriba, formando un escalón, el suelo, de baldosas de ladrillo rojo, cubierto por una capa de pintura, también roja.

La baranda, un murete cubierto por yeso y repintado en blanco en varias ocasiones, se insinuaba detrás de la multitud abigarrada de macetas, macetitas y macetones situadas sobre unos tablones, claveteados de cualquier manera para formar algo parecido a un trapecio, que osaba llamarse banco en momentos de delirante grandeza.

Debajo del banco, y si la altura lo permitía, ayudando a soportarlo convirtiéndose en parte de la estructura, había todo tipo de cachivaches. Garrafas, cajas de fruta, de envases de yogur (una ponía Danone), macetas vacías (lo más común), un saco de tierra, un botijo roto, otro sano (pero demasiado pequeño), una regadera de plástico en verde y blanco, otra de latón, bastante descuangarijada, un recipiente de cristal con objetos varios, y a saber qué más.

Las plantas: la envidia del resto de vecinos (no veían lo que había bajo de ellas). Especialmente al mediodía, cuando el sol caía perpendicular y hacía que el verde brillara tanto en contraste con el blanco de los muros.

Dos macetones, uno a cada lado, enmarcaban la estampa. A la derecha, una altísima y tupida esparraguera africana, ayudada en su escalada por un hilo que pendía del techo; los pequeños frutos enrojeciendo tímidamente. A la izquierda, una colocasia de enormes hojas, algunas perforadas por el último granizo que cayó, en Septiembre. No le hacía falta hilo para subir; se bastaba por sí misma para erigirse en guardián de su extremo. Varios geranios, desgarbados papiros, un intento de esparraguera impróspera (siempre fue un misterio: por qué aquí no pero en la terraza sí iba), un par de begonias. Y en el centro, derramando su cascada de hojas, una millonaria que pendía hasta casi alcanzar la base del piso inferior.

La ventana del baño, cubierta con una persiana pintada de crema, siempre desplegada: decencia y virtud. La del dormitorio, en marrón oscuro mate, siempre medio enrollada (que corra el aire y entre luz). A la derecha de la ventana del baño, colgando de un clavito oxidado e incrustado en la pared sin ningún miramiento, había un termómetro: un cartón amarillo, con dibujos de burbujas, una foto de una mujer sonriente y un texto que rezaba Beba agua Fonter; la barrita con el mercurio a la izquierda, empezando en cinco grados y acabando en treinta y tres; los colores desvaídos, devorados por el tiempo y el resol.

A la izquierda, una estantería de alambre (antiguo expositor, en sus tiempos), con más macetitas, especialmente cintas y su ocasional extensión con flor pendiente. También, una bicicleta de hierro vieja, repintada en verde; el manillar sin manguitos, algún radio descoyuntado.

Y en la pared de enfrente, ignorado, crecía un helecho, arraigado en el hueco entre un desagüe y la pared.