La tentación de los adobados

-- Es que era tremenda. ¡Tremenda! Tú no te puedes hacer idea de cómo era. No la pensaba, que no la hacía... Teníamos en la galería unas jarras con adobo: cebollitas, aceitunas, pepinillos... Pues es que cada dos por tres, salía fuera y le decíamos ¿qué haces? y siempre nos decía: Estoy mirando a ver si llueve.

-- ¿Y eso era lo que hacía?

Expectante.

-- Ah, no. No, ¡qué va! Lo que hacía era levantar la tapa de las jarras y coger algún adobado. Así claro, se acababan tan pronto, que mi madre estaba intrigada. Encima, como aquella lo disimulaba tan bien, ¡mi madre nos preguntaba a los demás! Tenía una carota, aquella... Y lo mejor, el día que la enviaron a casa desde el colegio.

-- ¿Hizo alguna trastada?

-- Unas cuantas. Decía el maestro que la expulsaba por no traer los libros. Y claro, mi madre, que bien se había asegurado de que fuéramos a la escuela y tuviésemos los libros (que bien caros costaban), le pregunta: ¿Dónde están los libros?. Y aquella, sin inmutarse, como si no hubiera roto un plato: Ahí, en la cartera. ¿Ves como pesa?. Mi madre la mira, con esa mirada que tenía de Te conozco como si te hubiera parido y no me creo lo que me estás diciendo, y sin decir palabra, levanta la cartera. Sí que pesa, sí. Mi hermana miraba como diciendo: ya me he salido con la mía. Entonces mi madre, sin darle tiempo a reaccionar, desabrocha la correa de la cartera y la abre. ¿Sabes lo que había?

-- ¿Qué?

-- ¡Piedras! Había llenado la cartera con piedras, para que pesara, y así tomarle el pelo a mi madre.

-- Pero todo eso, ¿para qué? ¿Dónde estaban los libros?

-- No te lo vas a creer: los había vendido... ¡para comprar más adobados!