Mercerías

La estrecha calle se ensanchaba inesperadamente al llegar a la papelería. La olor de los lápices, el papel y la tinta fresca de los periódicos peleaban con el sutil aroma a dulce que emanaba de las dos pastelerías que había en la acera de enfrente, separadas por un par de portales. Y tras estos derroches de estimulación nasal, se encontraba un par de establecimientos de propósitos decididamente diferentes.

El primero, en la plazoleta que se formaba al ensancharse la calle. Había una puerta verde oscuro, con un gran pomo dorado, que abría paso a lo que quizá era la tienda de lencería más pequeña de todo el pueblo. El escaparate era una diminuta ventana junto a la puerta, de unos cuarenta centímetros de ancho. No dejaba ver demasiado, ni había mucho que ver.

Al entrar, sorprendía la cálida iluminación. Dos grandes focos, pendientes de un hilo cuyo final tan sólo se adivinaba en la penumbra del techo incierto, iluminaban los dos mostradorcitos y difuminaban el resto de la tienda: como una cueva. Las paredes estaban cubiertas con fieltro beige, y donde no las cubrían las innumerables cajas con bragas, sujetadores, conjuntos y otras variedades de ropa interior, había algunas muestras de género, discretamente fijadas con unos alfileres cuya cabeza plateada se podía distinguir en ciertos ángulos. Y ésta era la tienda más atrevida.

A su derecha, separadas por las escaleras que llevaban al barrio nuevo, estaba la tiendecita de las Mercedes, atendida por dos hermanas solteras. Nadie sabía muy bien por qué las llamaban así, puesto que ni siquiera su madre se llamaba Mercedes.

Ésta era un poco más grande, pero mucho más comedida. Nada de sujetadores extendidos sobre suave fieltro en los escaparates. En su lugar, e iluminadas con la parpadeante frialdad clínica de unos tubos incandescentes, había grandes sayas, recatadas enaguas y medias opacas con puntera reforzada, encargadas de preservar la decencia de quien las vistiera. ¿Lencería? Ni mentarla. Esto era una mercería como Dios manda.