Una tarde en la Casita del vidrio

Acabaron de comer como de normal, pero una vez recogida la mesa y la fregada hecha, la actividad no cesó ni se transformó en simple burocracia doméstica. Al contrario: se incrementó con toques ligeramente frenéticos.

Una cesta hizo acto de presencia, sobre el banco de la cocina. Su interior fue rellenándose poco a poco con bocadillos, frutas, yogures, cucharas para los yogures, una botella de cristal con limonada, un termo con café y leche, vasos de plástico, azúcar y servilletas de papel. Se preguntó si irían a Villa Tomasilla. Como no obtuvo respuesta de sí misma (porque no lo sabía), lo preguntó:

-- ¿Vamos a Villa Tomasilla?

-- No, es una sorpresa.

Y puso un trapo de cocina cubriendo los contenidos de la cesta.

-- Hale, ¡vamos!

La cogió de la mano, cogió la cesta con la otra mano y salieron de la cocina por el largo pasillo que llevaba hasta la salida. Una parada en su habitación para coger una chaqueta que protegiera de posibles salidas de tono de aquella tarde de otoño, dulce pero indecisa, y en nada estaban bajando las escaleras.

La escalera parecía estar siempre a la misma temperatura, como una antigua cava: en verano fresca, en invierno templada. Los escalones, anchos y de una piedra gris pulida y semi-mate, algo más desgastada en los bordes, formaban una espiral cuadrada delimitada por una baranda negra bruñida, con bolinches dorados en las esquinas, y la pared, cubierta hasta el metro y medio por azulejos formando un patrón de flores y otros ornamentos en color azul, verde y amarillo.

Salieron por la puerta de hierro, con cristales esmerilados, y les recibieron el sol de las tres y el extraño aroma de octubre: fresco pero aún con tintes dulces de las flores tardías. En la calle, un poco más lejos, estaba el coche aparcado.

Era de los de antes. La cubierta de color verde oscuro; el capó estaba dividido visualmente en dos por un pronunciado surco longitudinal en el centro, y cada mitad estaba a su vez dividida, sutilmente, por otro surco mucho más suave. Pese a estos juegos con la chapa, el coche era de construcción pesada, y cuando se ponía en marcha, el motor producía un sólido ronroneo, que se convertía en rugido consistente con las marchas cortas. El interior estaba tapizado con una tela sintética de color tostado, aunque había algunas toallas cubriendo los asientos para que resultaran más frescos al tacto.

Dejó la cesta detrás, en el suelo entre un asiento y otro, y emprendieron marcha hacia aquel lugar misterioso que no le había querido desvelar. Calle Mayor, hasta el final, dejando atrás el hotel y sus jardincitos frescos, la iglesia con sus cuatro moreras en la plaza, la papelería y su olor a lápices, las pastelerías y los bombones, las mercerías y sus medias, el Casino y su misterioso contenido, el Ayuntamiento con su balaustrada y reloj de sol, y la fuente a la derecha.

Y aún más allá: siguieron subiendo la cuesta que llevaba desde la hondonada de la plaza del Ayuntamiento hasta el puente que cruzaba el río, con sus barandas de conglomerado blanco y su austera construcción funcional. Más allá, sólo recordaba haber estado allí una vez, y ni siquiera había bajado del coche. Giraron a la izquierda, tomando una amplia avenida con casas bajas y alguna pequeña fábrica familiar; la avenida acababa donde la gasolinera-hostal, y se convertía en una carretera de dos carriles, uno en cada dirección.

Esta vez se desvió hacia la derecha. La carretera se convirtió en un camino de tierra clara, con pedruscos y gravilla, y la piedrecita ocasional que salta y golpea los bajos con un CLONC acampanado. Subían lentamente, las ruedas retorciendo los pedruscos y quebrando algunas hierbecillas que desprendían un característico olor agreste. La intriga iba creciendo. Si no era Villa Tomasilla, se le parecía mucho.

Finalmente, tomaron una salida que se adentraba en un pinar. Recorrieron unas decenas de metros hasta llegar a una explanada en la umbría, donde había a un lado una construcción que asemejaba una fábrica, y enfrente un chalet de dos pisos. Se oían voces, una algarabía creciente se acercaba, instigada por su llegada. Salió gente de la casa a recibirlos, otros se asomaban a las ventanas, saludando con la mano. Bajaron del coche; la madre saluda a los que las reciben, la niña está aún un poco desorientada por la incertidumbre. Dos niñas y un niño vinieron de detrás del chalet y la reclutan para sus juegos. La conductora se unió al grupo de los mayores, mientras la niña observaba las peculiaridades del lugar y trataba de situarse, en vano. ¿Era Villa Tomasilla o no?

Corretearon sobre la pinocha hasta la parte de atrás, donde los pinos iban dejando paso a árboles de secano, como almendros, manzanos y melocotones, rodeando una balsa para regar que hacía las veces de piscina en verano. ¡Vamos a abrir almendras!, dijeron, y de una caseta sacaron un saquito de almendras con cáscara. Ponían la almendra sobre la acequia (ahora seca) y con una piedra la golpeaban para romper la corteza. De cinco almendras que descascaraban, se comían dos, y guardaban las otras tres en una bolsita más pequeña, "para tostarlas".

Cuando hubieron acabado con el saquito de almendras, se dirigieron hacia la casa (la bolsita de almendras peladas a buen recaudo, por supuesto).

-- ¡Ya verás cuántas cosas hay en esta casa!

Les seguía sin ni siquiera planteárselo. Al fin y al cabo, ¿qué más podía hacer? Era territorio nuevo y desconocido.

Abrieron la puerta y una bocanada de aire antiguo les dio en la cara. Dentro, se oían las voces de los adultos, en algún lugar indeterminado de la casa. Ignorando la presencia de los mayores, subieron unas angostas escaleras, los escalones cubiertos con unas losas de gres gris, más desgastados en el centro, y llegaron a un largo pasillo penumbroso, iluminado tan sólo en las zonas en las que las puertas de las habitaciones estaban abiertas.

Avanzaron por el pasillo, alguna que otra baldosa suelta y produciendo su característico ruido, amortiguado rápidamente por los cachivaches que poblaban las habitaciones y las sombras que lo cubrían todo, como una capa. Las ventanas, de madera, los cristales manchados con goterones de lluvia de Agosto, daban a un patio interior, y estaban aseguradas con unas rejas sencillas, consistentes en listones planos, formando un patrón de rombos, con soldaduras en las juntas.

Se acercaba el crepúsculo, y no habiendo encendido ninguna de las bombillas que colgaban desnudas de los techos, era difícil identificar claramente los objetos de un primer vistazo, teniendo que conformarse con poder ver que estaban allí, a menos que se conociera la casa.

Y eso es lo que hizo una de las otras niñas. Entró en una de las habitaciones, y se inclinó por detrás de lo que parecía ser una mecedora, llevando un objeto extraño al erguirse de nuevo:

-- Mira... ¡una cometa!

La contempló con parsimonia e incomprensión. El concepto de cometa era algo que no había aprendido aún, así que no entendía la razón por la cual se alegraban tanto al ver un pedazo de plástico con un águila dibujada sobre él, cual escudo de armas. El resto de niños la miraba, expectantes. Los miró, sonrió, quizá para darles lo que pedían. Tomó la cometa, que insistentemente le daba la niña y la observó más detenidamente. Se mantenía erguida gracias a dos varas de plástico en cruz, y una pequeña madeja de hilo pendía del centro de la cruz, todo aún envuelto por el plástico de la novedad. Seguía observando los ojos del águila, el pico desafiante, cuando de pronto la algarabía adulta se aproximó y aparecieron todos por el final del pasillo, encendiendo bombillas y pisando sobre las baldosas sueltas.

-- ¡Ah, estábais aquí! ¡No os encontrábamos! Pensábamos que estábais aún en la balsa. Pues va, recoged, que nos vamos a casa.