Cambio de estilo

-- Cuando vine a vivir aquí, una de las primeras cosas que tuve que hacer fue cambiar de estilo.

-- ¿Cómo? ¿Qué estilo?

-- De ropa. A las dos semanas yo ya notaba que andaban cuchicheando cuando iba a los sitios a comprar. Un día que volvía del mercado, me paran dos hermanas beatas y se apartan un poco, para que no las oyeran, quizá. Era a mitad de verano, así que yo llevaba un vestido muy bonito que me habían hecho a medida, como se hacía antes. Tenía un estampado de flores de lis, muy discreto, y era de lo más fresquito, buenísimo para el sofoco que hacía a aquellas alturas. Me dicen en voz bajita que estaban 'preocupadas'. Yo pregunté que por qué. Y dicen que es que iba 'demasiado corta'. Que 'no podía ir por aquí como si esto fuera la capital; ¡esto era un pueblo! Y a ver qué iba a decir el señor cura.' Me quedé mirándolas de arriba a abajo, sin saber qué decir.
Y la más vieja y más fea, que tenía la cara chupada y llena de arrugas, aprovecha para continuar dándome el sermón: 'Lo que tienes que hacer es alargar', y se ríe hipócrita y nerviosamente. Sólo se rió ella. '¿Alargar? ¿Alargar qué?', le pregunto. 'La ropa.'

-- ¿En serio?

-- Sí, sí. Entonces coge la otra y me pone la mano sobre el antebrazo, como marcando una medida de tela. '¿Tú ves esta manga que llevas que está enseñando el codo? Te lo tendría que tapar bien tapado. Seis dedos más de tela tendría que tener. Le podrías coser alguna voreta de tela, si no quieres tirar el vestido...' ¡Me quedé más parada! Con lo que me había costado el vestido y lo que me estaban diciendo, las muy burras. Y entonces la más vieja chasquea la lengua, preparándose para la siguiente barbaridad y vuelve: 'Las rodillas tampoco se pueden enseñar. Dos palmos más de tela como mínimo'. Me estaban enfadando. Le pregunté: '¿Y eso quién lo dice? ¿El señor cura? Porque a mí no me ha dicho nada'. La vieja, que era también la más mala sombra de las dos, enseguida contesta: 'Ni te lo ha de decir. Esto es algo que ya deberías saber, pero te lo hemos dicho por hacerte un favor, para que seas decente y no una cualquiera que va enseñando rodillas y codos, ¿eh?'. Y siguieron criticando el resto de cosas: que si las medias eran demasiado finas, que los zapatos demasiado provocativos... ¡Huy! Tenían un tacón de dos dedos...

-- ¿Y qué hiciste? ¿Alargaste el vestido?

-- Pues mira. Al principio seguí con los que ya tenía. ¡No iba a hacerme toda la ropa de nuevo! Cuando me tuve que hacer más, los hice más largos, sólo para no tener que soportar otro sermón como ese y que me dejaran tranquila. Pero no tendría que haberlo hecho así. Ahora lo pienso y no tendría que haberlas escuchado. Total, ya ves ahora como va la gente...