Final del principio

Tras cuatro horas, el tren se detuvo. Las puertas se abrieron, chirrido mediante de todos y cada uno de los engranajes que repetían la misma acción en cada parada.

Dejó caer la maleta, pesada, que fue a dar con el suelo como un fardo, levantando una nube de polvo incluso. Miró al frente, con la palma de la mano cual visera contra sol de mediodía. Allí, sólo el apeadero; los pinos, las cigarras.