Telarañas

Telarañas. En todas partes, testigo mudo de los acontecimientos. Omnipresentes -- los mil ojos de Dios, decían. En cualquier rincón. Me lo ha dicho un pajarito es mentira. Se lo dijo una araña, que observaba desde la atalaya sin decir ni pío.

Entrabas, y ya estaban allí, en el rincón junto a la puerta, agazapadas entre la pared y la estantería. Largos jirones pendían desde el techo; la base para las nuevas construcciones, o reconstrucciones, sobre lo antiguo. Pero allí todo era antiguo; incluso lo nuevo nacía antiguo, con olor a viejo.

Las telarañas se multiplicaban amparadas en su invencibilidad: el resultado de su abundancia. Eran, más que respetadas, ignoradas por aburrimiento. Y así extendían su reino. Probablemente estaban allí antes que la tienda, y seguirían después de ella. Mientras, tejían minuciosas telas que cubrían las traseras de las estanterías, a lo largo de toda la exposición, hasta llegar al almacén, donde además, se fusionaban con las ingentes cantidades de polvo que se guardaban en los cientos de cajas de cartón vacías que esperaban la venta (algún día) al trapero, al kilo de papel y cartón. Decía: Si nos esperamos, valdrá más. Y seguían allí las cajas, almacén caído del cielo para las octópodas, que se desplazaban de una a otra, y entre ellas, con sus raquíticas patas de pelo, el minúsculo cuerpo como un punto rodeado de alborozados guiones interjectores.

A veces --en los momentos de tedio e inactividad-- se percataban de la presencia de las arañas y trataban de exterminarlas, en vano. Les echaban polvos insecticidas (¿polvos? ¿a ellas? ¡un chiste!) o las rociaban con spray matamoscas, que no conseguía llegar, perdiendo fuelle y eficacia, hasta la atalaya. Todo era inútil. Estaban allí para quedarse.