Limpieza veraniega

El verano llegó con la tienda cerrada, ya definitivamente, y todos los excedentes que no pudo vender, en casa. La cocina, hasta entonces diríase bien mantenida, vivía tiempos de exagerada abundancia: la despensa, los cajones, los armarios y armaritos estaban a rebosar. Se requería un extremo grado de meticulosidad y sentido del orden para almacenar todos aquellos víveres y, al mismo tiempo, recordar qué había en stock, pero ella era perfectamente capaz de eso y más. Si la llegan a dejar, habría llevado un inventario semanal con las altas y las bajas, pero estaba ocupada en acabar de liquidar el resto de asuntos pendientes de la, ahora ya, ex-tienda.

Así pues, fue el primer verano en que no debía recorrer los escasos --y tórridos metros-- que separaban su casa de la tienda después de comer, en plena digestión, para abrirla por la tarde. Un sentimiento de tranquilidad se instalaba, ahora sí, en ella. Lo había comenzado a percibir hacía unos meses, en invierno, poco después de cerrar la tienda. Se decía: qué bien, aquí, con el brasero. Pero cuando pudo librarse de esos paseos por el horno vespertino, fueron sus hinchadas rodillas las que se alegraron sobremanera, y le transmitieron dicha euforia con prontitud. Hizo efecto: el relajo, por primera vez en muchos años, se asentaba en ella.

Por lo tanto, libre de otras preocupaciones, comenzó a inquietarse por otros asuntos. Se desvelarían así los misterios ocultos del piso, puesto que los asuntos tendían a girar acerca de cómo situar los excedentes de la tienda de forma que no estorbaran. Era una batalla continua, puesto que cuando ya había dado con una disposición aparentemente aceptable, llegaba él con una nueva estantería que quería vender y tenían que mantener en casa un par de días hasta que viniera el posible comprador a echarle un vistazo (aunque acababa convirtiéndose en un par de semanas, o meses, o...).

Tirar cosas.

Era en lo único que pensaba. Tras una breve época almacenadora, siguiendo el famoso quien guarda, halla, decidió que ya tenía suficiente. Comenzó a inspeccionar, vaciar, analizar y (a veces) tirar los contenidos de los diversos armarios que se encontraban en el piso. Empezaron a salir objetos de la más variada índole: calendarios de hacía quince años, guardados quién sabe por qué, parejas de altavoces huérfanos (es decir, un solo altavoz), una colchoneta de playa y su peculiar hinchador en forma de acordeón, jaulas de canarios y criaderos de palomas, trampas para ratas, grifos de cobre con su característico óxido verde aún anclado, secciones de tubería y un metro de manguera verde, y lo más inesperado: ¡una bicicleta en el altillo! Estaba hecha de hierro, lo cual le valió ser calificada como pesa más que un matrimonio viudo, mientras tratábamos de bajarla sin rascar la pared.

El baúl del pasillo se abrió por primera vez --que nosotros supiéramos--. Salieron más cachivaches inesperados: una radio vieja, una antena de televisión jubilada, rollos de alambre, un macetón vacío, bastidores para hacer punto de cruz y bordados, e incluso ropa: sombreros, botas, una tela estampada con anchas franjas horizontales, de un par de metros de largo y ancho, y un par de mantas raídas y grises. Son de la guerra, dijo. Si no lo eran, lo parecían.

Aquel furor reordenante no paró allí: llegó hasta la buhardilla y el terrado. No habíamos subido allí en, por lo menos, cuatro años, pero era casi una eternidad a aquellas alturas. Abrió la puerta, cerrada con un candado --nunca se supo por qué no tenía derecho a cerradura: quizá un candado era más barato-- y nos abofeteó con suavidad una bocanada de aire antiguo. A nuestras espaldas, la claridad cegadora del tragaluz en el techo, inundando toda la escalera con el sol de media tarde; enfrente nuestro, un pasillo de oscuridad impenetrable.

Pasaron unos segundos hasta que nuestros ojos se acostumbraron y comenzaron a distinguir algo. A la izquierda, a una puerta desencajada se le escapaban violentos rayos de sol entre las hojas y el marco. Al fondo, lejano, se insinuaba el contorno de otra puerta, débilmente trazado mediante rayos que se adentraban como podían alrededor del marco. Abrió la puerta de la izquierda con decisión, dejando que entrara un raudal de luz en el pasillo. El suelo, negro como el de su casa, se delató sin embargo como cubierto por una capa de polvo virgen, que profanamos sin ningún respeto. Tras la puerta, de dos hojas, se encontraba un pequeño cuartito con los depósitos de agua, uno por cada vivienda, situados en un rudimentario pedestal construido toscamente con ladrillos al aire, y conectados a los contadores de agua, a la derecha. El número de cada puerta estaba dibujado grotescamente sobre la pared junto a cada contador, con lápiz de color verde aguamar. Una bombilla desnuda pendía del centro del techo; multitud de cables de antena venían del pasillo, y pendiendo del techo, sujetos precariamente con un par de alambres, salían por la ventana destartalada, desnuda, sin cristales (¿por qué poner ventana, en todo caso?).

Contemplamos la escena con extrañeza, mientras oíamos el goteo y ronroneo del agua entrando y saliendo en los depósitos, y la boya cerrando la entrada de agua cuando estaban suficientemente llenos, con un suave chasquido ahogado. Pero no podía estar quieta mucho rato; se dirigió hacia la puerta del final, cerrada con una cerradura a presión. Estiró del mango con un golpe seco, y se abrió con un quejido, tambaleándose como un resorte. Nos tapamos los ojos: claridad cegadora. El sol iluminaba violentamente la pared, blanca hacía mucho, más bien ocre en aquel momento, pero cegadora en todo caso. Al borde, la baranda, con sus torneados balaustres, delimitaba el final inequívocamente. Señaló al suelo, cubierto por pequeños baldosines cuadrados, vestidos a su vez con musgo y líquenes:

-- Estas baldosas eran las que tenía antes en el comedor -dijo, apuntando a unas que tenían un dibujo de dos castillitos y dos soles, en diagonal- Y aquellas de allá, estaban en el dormitorio -explicaba, señalando a otras con un patrón de ajedrez en blanco y azul desvaído.

Comoquiera que pusimos cara de extrañeza de nuevo, se sintió obligada a aportar más datos:

-- Cuando rehicieron la finca, usaron las baldosas antiguas aquí. ¡Si hasta la puerta de los contadores es la que tenía en el comedor!

Observamos con curiosidad las baldosas y el resto de elementos a nuestro alrededor. ¿Qué más habrían reciclado? ¿Los alambres que pendían, viejos y oxidados, de los palos para tender? Pensé en preguntarle si la baranda también era de la finca antigua, pero preferí callar. Hacía demasiado calor para preguntas. A lo lejos, el mismo paisaje de la terraza, pero más alto, más despejado. Se veían cosas que desde abajo no se podían ni imaginar.

Dio media vuelta, y se metió de nuevo en el pasillo, bajando los cuarenta centímetros de escalón con cuidado. Nos hizo un gesto para que volviéramos. Cerró la puerta de nuevo, después de que entráramos, con decisión. Esta vez sonó como dos maderas secas golpeándose una a la otra, en paralelo. La puerta de los contadores estaba aún abierta, dibujando un rectángulo sobre el suelo. Lo veíamos, adornado con chiribitas, tras la extrema claridad del terrado. A la izquierda (derecha según se entra desde la escalera), había unos fardos en los que no habíamos reparado antes.

¿Qué es esto?, le preguntamos, no pudiendo contener más la curiosidad. Esto es de los que vivían en el cuarto, que siempre lo habían de dejar todo lleno de trastos a su paso. Y ahora que se han ido a otro sitio, no se han llevado lo suyo detrás. Una especie de bracito asomaba por el resquicio de una bolsa de plástico. Estiramos de él, y salió una figurita de un vaquero. Desatamos la bolsa cuidadosamente, para no quebrar el plástico seco, y observamos el plantel de indios y vaqueros que se escondía allí dentro. Sólo faltaba el Fort.

-- ¿Los queréis?

-- Pero... no podemos coger lo de otros... ¿no?

-- ¡Si se lo han dejado en la mudanza! ¡Hace un año que no viven aquí!

-- Uh, uhm, bueno... a lo mejor...

-- Y el hijo más pequeño tiene ya veinticuatro años. Ya me dirás tú qué hará con estas figuritas.

-- Ya, pero...

-- Anda, ¡coge unas cuantas!

Nos miramos, preguntándonos si no estábamos incurriendo en algún delito. Pero mejor cogerlas y darles un uso, a dejarlas aquí, aburridas y estropeándose, ¿no?, nos justificábamos de alguna manera. Al fin, ignorando a nuestro sentimiento de culpa, metimos las manos en la bolsa de plástico, cogiendo tantas figuritas como pudiéramos llevar entre las manos, y salimos del pasillo con la excitación del juguete nuevo, deseando llegar abajo para examinar las figuritas y asignarle un papel a cada uno.

La estrategia de visitar la buhardilla para seguir la limpieza allí no había funcionado...