Rabo de gato

Hubo un tiempo en el que no hacía más que oírlos nombrar los rabos de los gatos. Todos los días, después de comer, la cháchara era más o menos la siguiente:

-- ¿Ya te has tomado el rabo de gato?

-- No, ahora voy.

O también:

-- ¿A dónde vas?

-- A preparar el rabo de gato.

-- Pon un poquito para mí también, ¿quieres?

En la casa no había gato alguno, así que la probabilidad de que se hubiera producido un gaticidio disminuía sobremanera. Pero entonces... ¿qué era lo que consumían cada día con ferviente religiosidad?

Lo siguió hasta la cocina, como quien no quiere la cosa (si le preguntaban, diría que iba a la terraza). Se detuvo, titubeante, en la entrada, junto a la nevera. Quietísima. Él tomó una bolsa de plástico que había junto a los fogones. Ella temió lo peor; ¿saldría el cuerpo descompuesto de un gato mutilado en aquella bolsa? Entrecerró los ojos, para ver borroso y no asustarse, viera lo que viera.

Él metió la mano en la bolsa y rebuscó en su interior --la tensión era máxima--. Se oyeron unos crujiditos. No quería ni imaginar qué era (¿huesos quebrados? ¿piel seca ajándose? ¡mejor no saberlo!). Aquellos instantes se hicieron eternos. De repente, sacó un haz de hierbas secas de la bolsa, las puso sobre el cazo y comenzó a pasar la mano por el haz, aprisionándolo y desprendiendo las hojas, haciéndolas caer dentro del recipiente.

Se quedó atónita, pero le duró poco. Indignada y aliviada a partes iguales, salió de su escondrijo, preguntando al mismo tiempo:

-- ¿Dónde está el gato? ¿Eso es su rabo?

-- ¡Ah! ¿Estabas ahí? Pensé que estabas en la terraza. Sí, claro, me lo trajo Marita el otro día, de su terreno.

-- Es que yo... pensaba que os comíais la cola de un gato...

-- ¿De un gato de verdad? ¡No! ¡Es una infusión! ¿De veras pensabas que...? ¡Jajaja!