La fuente de la ermita

Había una ermita en la cima. Era una pequeña iglesia con un edificio adosado, parco y de austera construcción, con las paredes recubiertas de viva cal blanca. Enfrente se extendía una amplia explanada de gravilla, y una gran cruz estaba en el centro de la misma. Frondosos pinos rodeaban todo el conjunto, cerrando el círculo y alojando a decenas de cigarras que repetían constantemente su monótona e hipnótica canción.

En un lateral de la nave principal se podía encontrar una pequeña fuente. Era de mármol, erosionado por los años de intemperie, de un color tierra muy pálido, con tonos amarillos. El grifo era de un metal desconocido, mate y sin ningún brillo, pero no brotaba agua de él.

Sin embargo, del sol de agosto surgían infinitos rayos que incidían inmisericordes sobre la fuente y derredor, evaporando instantáneamente toda gota que cayere, incluso aún antes de que llegara a depositarse sobre el desagüe, casi arrugado como la boca de una anciana.

Sintió lástima al ver la escena. Con resuelta determinación, cogió la botella de limonada que llevaba en la mano, y la vació en la fuente, que parecía tan sedienta...