Entrada de fiestas

Las fiestas mayores se celebraban a finales de Agosto; el culmen de la programación era la Entrada. Consistía en ver desfilar a comparsa tras comparsa por una sucesión de calles, a ambos lados de las cuales se habían preparado hileras y tribunas de sillas para uso y disfrute de los vecinos (o de quien tuviera a bien pagar por el derecho a sentarse, en el caso de las tribunas). El desfile duraba todo el día, con largas pausas para que los desfiladores pudieran comer y cenar abundantemente, eso sí. Comenzaban por la mañana con la Entrada infantil, paraban para comer, continuaban a las cinco con la Entrada cristiana y paraban a eso de las ocho o nueve, para volver luego con la Entrada mora a las once o quizá doce, según lo lejos que se estuviera del comienzo del desfile.

El acto sacaba a relucir lo peor de la naturaleza humana.

Por la mañana, en la Entrada infantil, las filas erráticas de niños disfrazados de fantasiosos soldados imaginarios --tratando vanamente de mantener una alineación mínima-- se veían interrumpidas y en cierto modo ignoradas, debido a la presencia de las carrozas. Esculturas móviles de cartón piedra; cuatro ruedas de camión sobre ballestas, arrastradas por un tractor, a veces disfrazado también para ocultar lo que era realmente (pero delatado cuando el tubo de escape ahuyentaba el confetti irremediablemente). Un nutrido grupo de madres y niños pequeños, todos ellos vestidos del color de la comparsa correspondiente, viajaban a bordo de las carrozas, lanzando confetti y serpentinas casi siempre. Otras veces --y de ahí la razón por la cual los festeros de a pie eran ignorados-- lanzaban caramelos, juguetes de plástico, pipas y otras chucherías a los espectadores. Ahí comenzaba el triste espectáculo.

Cada carroza venía rodeada por un grupo de fieles seguidores, arrastrando sacos --los mismos de donde salían los caramelos, lanzados sin ningún miramiento por la borda, una vez vacíos-- que rellenaban con lo que los ocupantes iban lanzando. Algunos --a la vista de los sacos que arrastraban, y el volumen de lo recogido-- debían venir siguiendo a la carroza desde el inicio del desfile. Los vecinos de la calle, conocidos de vista, aunque raramente se dirigían la palabra, observaban con gesto de desaprobación los desconocidos visitantes. Extraños en aquellas calles, extranjeros en su propio pueblo, y sobre todo, ajenos a tales hechos. Se lanzaban con furia a por cada caramelo, cada bolsita de pipas, cada trompetilla de plástico. No importaba si había aterrizado sobre una persona: amparados por el atrevimiento que proporciona la falta de familiaridad, se lanzaban incluso sobre las ancianas, arrebatándoles el pequeño instrumento de color fosforescente que por casualidad había caído sobre su regazo y que felizmente se imaginaban ya en manos de sus nietos, asustados tras las sillas para no ver (o sufrir) aquella representación de miserias humanas.

Reproches, lamentos y quejas por el comportamiento de aquellos extranjeros del barrio de al lado. ¿Qué se han creído? ¡Redéu!, musitaban entre dientes. Pero la chiquillería continuaba con su batida insaciable, voraz. Algunos trataban de encaramarse, de tapadillo, a la parte trasera de la carroza; otros, en cambio, rogaban con insistencia a los ocupantes para que les dieran caramelos en mano, los brazos extendidos hasta casi tocar a alguien. Mas lo que reinaba era la furia irracional. Apenas había lugar para las consideraciones de forma o modo: lo que importaba al final del desfile era cuántas bolsas traías y cómo de llenas estaban.

Los ocupantes de la carroza parecían disfrutar de aquella situación. Algunos se envalentonaban, azuzados quizá por el poder que otorgaban unos pocos miles de pesetas de caramelos sobre aquella masa de chiquillos. Jugaban al te lo doy, no te lo doy con los sacos vacíos o casi vacíos. Los niños que les seguían se peleaban, diríase hipnotizados, por la posesión de un saco. Más aún si parecía que quedaran unos pocos caramelos allí dentro. Saltaban como perros hambrientos, tratando de alcanzar una pieza de carne; al aterrizar, tropezaban unos con otros, se pisaban, pero se recomponían rápidamente para no perder oportunidades. Otros ocupantes lanzaban los caramelos maliciosamente, a propósito hacia el suelo, sobre la gente, o en lugares difíciles de acceder, en vez de regalarlos al público con gracia. Tiraban a dar.

El espectáculo se vestía con nombre y apellidos cuando se distinguía a alguien conocido entre la masa de anónimos seguidores. Durante el resto del año, el conocido iba a clase con los niños espectadores; aquel día se revelaba como una fiera peligrosa, capaz de todo por un puñado de dulces. Trataban de saludarlo: inútil. Estaba poseído por aquel trance furioso y violento, la mirada desprovista de todo atisbo de humanidad. No respondía ni a razones ni a gestos amistosos. Si era chico, solía caerle una gota de sudor --con su reguero-- por las patillas; el flequillo pegado a la frente, con más sudor, las mejillas adornadas con dos brochazos rosáceos. Si era chica, además, el pelo enmarañado, a veces recogido en una coleta mal hecha, con prisas, entre carroza y carroza, porque hacía demasiado calor para resistir sin ventilar el cogote. En ambos, el gesto hosco, concentrado en el fin que buscan, sordos a llamadas de compañeros de colegio.

Las carrozas también eran conocidas como Las barcas porque había una de ellas, muy antigua, que cerrando el desfile, repetía de año en año, simulando ser un barco. El casco delataba los desconchones y golpes acumulados por todas partes, ocultos tras una nueva capa de pintura. En lo alto, parapetados tras los nardos atados a la baranda (dejando tras de sí su fuerte aroma), los ocupantes del barco se crecían aún más, a sabiendas de que nadie de los simples viandantes podía acceder a sus tesoros. Y sin ningún pudor, entregaban, casi en mano, los caramelos directamente a sus amigos, los ocupantes de los primeros pisos, tan estrecha era la calle y tan alta la carroza. Los seguidores de esta carroza --mucho menos numerosos en comparación con otras-- seguían las trayectorias atentamente, para aprovechar cualquier error y hacerse con las mercancías.

Por la noche, al acabar la Entrada mora, el espectáculo de las carrozas se repetía, pero amplificado y reescrito con más crueldad y violencia si cabe. Las carrozas de la mañana se transformaban ahora en camiones, el remolque sin la lona, las paredes forradas con alfombras de esparto para que nadie pudiera trepar por ellas y acceder a la borda; los ocupantes, esta vez, eran hombres hechos y derechos, que lanzaban, en lugar de chucherías, todo tipo de productos y subproductos plásticos. Al igual que antes, habían seguidores tras los camiones, arrastrando sacos con los objetos que recogían.

Los prudentes espectadores que no se habían retirado ya por lo tarde --esto solía ocurrir a las cuatro de la madrugada--, lo hacían ahora por el bien de su integridad física. Desde los camiones caía una lluvia de palanganas, cubos, botellas, jofainas, balones, palas, tapas, cepillos, aros, pelotas, muñecas enclenques, puzzles y más, que si dejados caer ya serían peligrosos, lanzados con un cierto impulso eran casi letales. También en consonancia, los viandantes se lanzaban aún más enfervorecidos que los niños de la mañana. Empujones, arañazos, pisotones, gritos de territorialidad, saltos, carreras. Todo por pedazos de plástico que a menudo el mismo camión aplastaba, entre lamentos del que estaba a punto de conseguir coger aquel cubo que por alguna razón había rodado hasta debajo del motor. Las desigualdades sociales y el amiguismo volvían a manifestarse y reafirmarse, mucho más vigorosamente, cuando ya no eran sólo las bolsas enteras de caramelos las que se entregaban a los balcones de los primeros pisos --las amistades o conocidos pudientes-- sino que se lanzaban sacos con coloridos balones (¡seis, siete e incluso ocho de golpe!), o pilas de cubos uno dentro del otro (¡incontables!). Los que iban a pie, como siempre, observaban estos intercambios entre gruñidos, deseando que algo fallara y poder atrapar algún resto para su cosecha. A veces el saco reventaba al chocar contra la fachada y caía un balón suelto, rebotando durante breves instantes hasta que alguien conseguía atraparlo. Otras veces las pilas les resbalaban de entre las manos y caían con estrépito sobre el suelo, para ser rápidamente fagocitadas por alguno de los recogedores que ya venía arrastrando una pila incipiente. Los muñecos que lanzaban solían acabar descoyuntados, con dos o más viandantes estirando de diferentes extremidades, para al final desechar lo conseguido, por inútil.

Al girar los camiones y enfilar por la irónicamente estrecha Calle Mayor, ocupaban casi todo el asfalto. Con las aceras aún invadidas por las sillas, quedaba poco espacio para los viandantes, que trastabilleaban como podían entre bordillos y escasos centímetros de calzada y acera, tropezando con los que se amontonaban a los pies de los camiones generosos, o con las sillas tumbadas por la vorágine, todas ellas atadas con una cuerda que hacía que un enganchón arrastrara varias sillas tras de sí. A veces se aglomeraban de tal forma que el camión no podía continuar, y el conductor hacía sonar entonces la bocina, con violencia y gusto, haciendo largas con los faros. El sonido se imponía, atronador, sobre la cacofonía de gritos, demandas, exclamaciones, golpes de objetos cayendo, golpes de la gente sobre la chapa de los camiones para que les dieran algo, bombillas explotando al ser golpeadas por un cubo, motores en ralentí y los cristales desajustados de algunas ventanas, vibrando como un diapasón roto, que llenaba aquellas angostas paredes junto con el olor a goma y gasolina quemada que emitían los camiones yendo en primera tanto rato.

Según se alejaban el griterío y el tumulto que perseguían al último camión, se descubría un paisaje de desolación y caos: cajas de cartón, vacías, aplastadas; cubos y palanganas arrollados por los camiones, hechos trizas en las cunetas, algunas astillas desplegadas como un agónico y machacado tórax, asas de cubos dispersas aleatoriamente por cualquier sitio, sin cubo; jirones de sacos de plástico enredados entre los cartones, pedazos informes de objetos destrozados en forcejeos, que a saber de qué formaban parte; una carnicería de muñecas sin cabeza o cabezas sin cuerpo, brazos o piernas; piezas de juegos de construcción y puzzles, rotuladores en miniatura, espejitos, collares y pulseras rosas; y por último, los que venían retrasados haciendo una batida final cual aves de carroña, levantando cada cartón e inspeccionando cada caja por si encontraban algo aprovechable.