El Cristo

Aunque la visita a la buhardilla no fue exitosa en cuestión de deshacerse de trastos viejos (más bien todo lo contrario, puesto que volvieron con juguetitos nuevos), le dio una idea: aprovechar las vistas desde lo alto para ver la bajada del Cristo sin pisar la calle.

Tras la barbarie y el caos del viernes, el sábado el pueblo se vestía de solemnidad y subían a la ermita para sacar a pasear al Cristo en procesión: la bajada del Cristo. La ermita, en la cima de una pequeña colina de suave, pero larga pendiente, se podía ver desde el terrado; su campanario encalado asomaba por entre los pinos, y el resto del edificio se adivinaba por debajo. Lo que no veían, lo imaginaban, reconstruyéndolo a partir de los recuerdos de las tan esporádicas visitas.

Al Cristo lo colocaban en unas andanas con farolillos incorporados, suerte de altar móvil. Los farolillos, además, se iluminaban gracias a unas baterías en la base de la figura, que contribuían a aumentar el peso del conjunto para los sufridos costaleros que lo llevaban desde la ermita hasta la parroquia donde permanecería durante dos semanas.

El plan era simple: desde el terrado, la luz de los farolillos revelaría unívocamente al Cristo siendo traído en andas por la Avenida. Quizá hasta se le podría distinguir de nuevo entre los huecos que dejaban los barrancos y las fábricas, cuando pasara por la calle junto al río, antes de ocultarse definitivamente tras unas naves industriales.

Subieron antes de tiempo, a las 17h, pertrechadas con lo necesario para pasar la tarde: una hamaca para ella, dos bocadillos de nocilla para las niñas, y la bicicleta que bajaron del altillo, que se aburría en el piso y necesitaba que la sacaran a pasear tras tantos años de inactividad. El sol se iba situando tras la fachada y una sombra se proyectaba, cada vez más larga, sobre el suelo de la terraza, proporcionando un discreto refugio, a salvo de los rayos solares. Pusieron allí la hamaca y se sentó, mirando hacia el horizonte. El viento traía a veces retazos de bandas de música desde lejos: cuatro frases de clarinete y dos o tres golpes de bombo, un tambor errático, risas y voces sin sentido. Se comieron los bocadillos y se pusieron a jugar con la bicicleta.

Las ruedas, de vieja y seca goma negra maciza, rodaban sobre el sucio suelo, repleto de piedrecitas, arena y escombros varios que crujían y se retorcían en contacto con ellas. La cadena transmitía el movimiento del plato al piñón, con el característico ruido metálico y chirriante de engranajes sin engrasar. Aún daba el sol en el resto del terrado, pero no importaba: el movimiento ventilaba. También daba igual que la bicicleta fuera de hierro y pesara lo indecible: una vez en marcha, apenas se notaba. Ni importaba que sólo tuviera un freno, que además no funcionaba: siempre se podían usar los piés. Lo importante es que era una bicicleta y las ruedas rodaran con los pedales.

Una hora pasó rápido, y comenzaron a sonar trabucazos en la base de la colina. Se levantó de la hamaca despacio, dejó la labor que llevaba entre manos sobre la misma, y se acercó a la barandilla, para ver mejor la nube de pólvora que crecía lentamente, con cada disparo, elevándose sobre el inicio de la Avenida. Al rato, sonaron trabucazos en la Ermita; el campanario acabó oculto tras aquellas nubes artificiales y poco después, cuando se podía distinguir de nuevo la Avenida entre el humo, comenzaron a verse las lucecitas tililantes de los farolillos a aquella distancia.

-- ¡El Cristo, el Cristo! --exclamaban, alborozadas y con una cierta solemnidad.

Dejaron todo lo que estaban haciendo y miraron, las tres asomadas desde la barandilla, observando con atención las diminutas figuras que se movían lentamente, cuesta abajo, en dirección al río. El viento les traía ahora la olor de la pólvora y pasajes incompletos de la banda de música que acompañaba al Cristo, tocando un himno triste y melancólico. El bombo era lo único que no fallaba ni se perdía con el viento, y lo oían con su espaciadísima cadencia, tocando redondas como latidos de un corazón viejo y cansado.

Se escondió el Cristo tras unos árboles y volvió a salir, pero se había esfumado la solemnidad. Durante aquellos instantes la mente viajó a otros derroteros, los ojos mirando a cualquier otra parte: el colegio más cercano primero, las casas de alrededor después, de nuevo el terrado. Cuando se volvió a esconder, tras una fábrica, volvieron a coger la bicicleta tímidamente, y dieron una vuelta tentativa. Como vieron que ella seguía observando sin decir nada, continuaron, incrementando el ritmo, hasta que acabaron jugando con la misma intensidad que exhibían antes de que empezara la bajada. El sol se había ocultado tras los edificios más altos, y la sombra ya cubría casi todo el terrado, pero no hacía frío. El suelo se desprendía ahora de todo el calor que le sobraba, el residuo de las horas y horas de sol inclemente. Era como jugar en la parte de arriba de un horno.

El Cristo volvió a aparecer y desaparecer unas cuantas veces más. Ella seguía observándolo, con la mirada ausente, mientras ellas jugaban por el terrado. Eran perfectamente conscientes de la presencia de la figura llevada en andas, pero seguían con lo suyo, mirando de cuando en cuando para no perderlo del todo de vista.

A eso de las ocho, con el cielo teñido de violeta y naranja, se ocultó definitivamente tras la vieja nave industrial y ellas seguían jugando; la bicicleta aparcada en medio del terrado y entretenidas con una antena vieja que había en un rincón.

-- Bueno, vámonos bajo, que tengo que hacer la cena.

Le rechistaron, le pidieron quedarse más rato, pero se negó con rotundidad.