Final de vacaciones

La playa, en septiembre

El último día se despertó pronto, a las siete, deseando aprovechar al máximo las últimas horas. La puerta corredera maulló con desgana. Salió al balcón, arrastrando sus pasos con lentitud y torpeza. Una bruma finísima inundaba las calles, envolviendo los bloques de apartamentos y empalideciendo la playa, donde las olas se rompían perezosas contra la orilla. Escuchó atentamente, tratando de grabar en su memoria aquella sensación de paz y sosiego... Se oía un motorcito, perdido entre las huertas de la derecha. Quizá era Pepe "el Llauro", con su Mobylette, yendo, o volviendo, de trabajar sus campos. Tal vez volvía con el cajón lleno de verduras: tomates, pimientos, lechugas. O frutas: melocotones, uvas, ciruelos, albaricoques. Tal vez iba, con el cajón vacío, excepto un bocadillo, para el almuerzo, y una botella de agua congelada, envuelta en una camiseta vieja para que durara más tiempo fresca.

Las cañas y los juncos que precedían a las huertas se mecían muy lentamente, azuzados por el viento --una brisilla insignificante--, que apenas creaba, ni traía, sonidos. Las hojas más alargadas colgaban, posadas sobre el tronco, esperando a la marea alta de media tarde y a su viento frenético. Pero aquel día ya no lo vería: partirían antes.

Se oían pájaros piando alegres, danzando de rama en rama sobre las cañas. Mar adentro, una lancha se desplazaba deprisa, dando saltos sobre las olas y dejando tras de sí una estela de espuma blanca. Apenas se oía el motor; sólo llegaba el sonido de los tumbos sobre el agua, minúsculo, amortiguado quizá por la neblina, que comenzaba a disiparse según el sol subía.

Echó una última mirada al balcón antes de volver adentro: la barandilla, de ladrillos y mampostería blanca; los tubitos para desaguar cuando caían aquellas tormentas de verano; los silloncitos redondos de mimbre: ¡adiós, adiós a todos!

Había pasado más tiempo del que creía, y dentro, todos estaban ya en pie, acabando de hacer el equipaje con minuciosidad. Se abrían y examinaban los cajones, los armarios y las cómodas, para asegurarse de que no se dejaban nada atrás; preparaban para el viaje sus pertenencias, con dificultad: parecía que la maleta hubiera encogido.

-- ¿Has desayunado?

-- No...

-- ¿Quieres un vaso de leche y tostadas?

-- ¡Sí!

Extienden el hule sobre la mesa, por última vez --se recuerda--. El olor de las tostadas llena el comedor y sus fosas de una alegría reconfortante; la mantequilla se funde en algunas partes. El vaporcito de los vasos de leche se ve a contraluz, difuminándose. Inspira hondo, aspira bien aquella mezcla de olores: el pan con mantequilla, la leche, el salitre. Mira al fondo a través del ventanal: el mar.

-- ¿Iremos a la playa hoy?

-- Sí, sí, ahora cuando recojamos lo que queda. Pero sin cubitos, que ya están limpios, y si no, mancharán el coche...

Se ponen el bañador, con frenesí, esperando aquel momento mientras imaginan y se anticipan, inquietas. ¿Qué idearían? ¿Una torre, un castillo, una fortaleza de cuatro torres con foso y un gran torreón en el centro, o un simple montículo...? Al fin, el instante.

-- Hale, ¿vamos?

-- ¡Síiiii! --exclaman, a coro.

Dan un salto desde el sofá, corren por el pasillo, trastabilleando con las chancletas en las esquinas como patos despistados: es un milagro que no cayeran rodando por las escaleras.

En la calle, la calma de las siete ha mutado en otra, ligeramente más viva, que se ve interrumpida por algún coche ocasional. El sol calienta más, dan ganas de bañarse. ¿Habrán pasado ya las dos horas para hacer la digestión? ¿Quién sabe? Que lo calculen los mayores, que para eso llevan reloj.

Aún quedan restos del temporal del otro día, esparcidos por la orilla: estrellas de mar mutiladas, cangrejos muertos, medusas secas, casi un pellejo; quillas de calamar y muchas conchas de todo tipo y tamaño. En cambio, el mar está calmado, limpio; se ve el fondo y sus pequeñas y frágiles dunas submarinas. No tardan en entrar, chapotear, nadar, pero esta vez sin el flotador, que estaba ya guardado. Se sienten raras, ingrávidas.

Sin palas ni cubitos tampoco, edifican construcciones extrañas con las manos, curiosamente orgánicas. Montes redondeados, torres como acumulación de churretones de barro y un foso que tratan de rellenar abriendo un túnel que comunique con la orilla. Es una tarea laboriosa y las horas pasan rápidamente. Cada vez que el agua llega a la entrada del túnel, se disuelven las paredes y sube el nivel de la arena, impidiendo que entre el agua de nuevo. Pero no desesperan; siguen ensanchando y excavando el túnel, disfrutando del agua, el sol, el barro. Al fin, en una venida inesperada, entra el agua a borbotones, inundando el foso y rodeando el montículo sobre el que se asientan las torres. El túnel se ensancha otra vez, desmontándose la desembocadura, por la que entra ahora más y más agua: la perdición del castillo, que se va hundiendo poco a poco, deshaciéndose con cada nuevo embate.

Lo contemplan sin hacer nada, absortas; es hipnótico, como presenciar un proceso natural acelerado. Mientras, el castillo sigue arruinándose sin remedio, hasta que ya sólo queda una simple hondonada cerca de la orilla y un surquito, vestigios efímeros de lo que fue. Contentas por haber conseguido el túnel, se olvidan de ello, y vuelven al agua, desprendiéndose de toda la arena que tenían pegada, ¡hasta las orejas!

Las llaman al buen rato, cuando ya tienen los dedos arrugados y sabor a sal en todas las papilas, y salen, tambaleándose, el cuerpo sorprendido por el peso que debe aguantar inesperadamente, torpes. Han recogido todo --las sombrillas y las hamacas ya están en el coche--, y están de pie, esperándoles con una toalla en la mano.

-- Venga, que vamos a comer.

Pero para su sorpresa, no reemprenden el camino de vuelta habitual: comienzan a caminar hacia la derecha, por la orilla.

-- ¿Dónde vamos?

-- ¡Ya lo veréis, es una sorpresa!

Esta vez seguro que no irían a Villa Tomasilla, ni a la casita del Vidrio: estaban demasiado lejos. ¿A dónde iban entonces?

Siguen todos hacia la derecha, por aquellos lugares que no habían pisado aún. La playa sigue casi desierta, sólo se cruzan con naturales del lugar, jubilados que pasean tranquilos. Ni rastro de la marabunta de turistas de Julio y Agosto. Al rato, se olvidan de la intriga, y corretean porque sí, desmontando con los pies los pequeños desfiladeros de arena que se descubren cerca de la orilla cuando la bajamar. El paisaje es poco cambiante; sobre las dunas, altas, crecen piteras que esconden lo que hay detrás. Finalmente, a lo lejos, se distingue un grupo de construcciones bajas.

-- ¿Es allí? ¿Es allí?

-- Ahh, ahora veremos... ¡Paciencia!

Impaciencia, más bien. Cada paso les parece demasiado corto: como si no avanzaran lo suficiente. ¿Y si corrieran? ¿Sería allí?

Lo era.

Subieron por un caminito de tablas de madera, que acababa en un murete bajo y tosco, a base de bloques de hormigón encalados de cualquier manera. La arena fina daba paso a una mezcla heterogénea de gravilla, pedruscos y arena de grano grueso, que se les metía entre los dedos de los pies y les pinchaba. Más adelante, un aparcamiento con pocos coches, y tras una valla de cañizo, una explanada con mesas. Al fondo, el bar, y un camarero, aburrido, en el marco de la puerta, con un trapo sobre el hombro, fumando un cigarrillo.

-- ¡Hombre, Damián! ¡Cuánto tiempo!

-- Bon dia! Si que hase tiempo, sí. ¿Que han venido, a pasar el día?

-- No, hemos estado dos semanas aquí, pero hoy nos vamos ya.

-- ¡Ahhh! ¡Y vienen a haser la despedia! Pues hale, ¿qué quieren, mesa fuera o dentro?

-- Aquí fuera está bien.

-- ¿Y de beber, qué les pongo?

-- Dos cañas y dos fantas de naranja.

-- Deeeeeee acuerdo

Se sientan en una mesa con una gran sombrilla desplegada; el camarero se adentra en la oscuridad del restaurante y vuelve al momento con una bandeja y las bebidas, que despliega rápidamente sobre la mesa.

-- ¿Ya saben qué van a tomar?

-- Pues haremos así una picaeta... ¿qué nos recomiendas?

-- Tenemos calamares, sepia, chipirones, pescaíto frito, pechinetes que están muy buenas...

-- Pues nos pones una de cada, unas tostadas con aceite y una ensalada de la casa... y unas papas de ésas del pueblo de al lado, que nos han gustado.

-- ¡Ah! Las de Angeleta, ¿eh? Es que estan mol bones. ¿Y un poco de cacau i tramús no querrán?

-- Pues mira, también.

La mesa se llenó con platitos de tamaños y contenidos diversos; el olor amargo del vinagre y el perfume del limón se mezclaban en una extraña suerte y les hacía salivar irremediablemente. Las tellinas estaban en una bandeja metálica, entreabiertas. El camarero trajo un cuenco de porcelana: Para los desperdicios, precisó. Lo iban llenando, cuando de repente comprendió que la playa no era más que un cuenco gigante, un cementerio de tellinas y peces que el mar devoraba.