La hija del carnicero

De pequeña, presa de los chistes y comparaciones fáciles:

-- ... está rolliza como un cerdo de buen año...

-- ... tiene los dedos como morcillas...

-- ... gorda como una vaca...

Al principio callaba, asumiendo aquellos epítetos como inevitables: algo que viene dado por la madre Naturaleza y el padre Destino. Al fin y al cabo: ¿podía hacer algo en contra de su complexión?

Pero al poco, se desveló la sorpresa: no sólo era más robusta que el resto de niños, sino que además se hacía más alta. A los cuatro años los sobrepasaba un par de dedos. Luego era un palmo. Y así. Por otro lado, los chistes sobre su apariencia seguían --no debió cambiar la dieta sólo por crecer de más, todo lo contrario--, pero en vez de responder con la callada, se tornaba cada vez más agresiva. Una vez le pegó tal bofetón a un enclenque graciosillo, que le comenzó a sangrar la nariz a borbotones, en el acto. Lo oímos todos. Parecía que se hubiera caído una silla. Lo tumbaron en el suelo, aún aturdido por el sonoro golpe recibido, con un brazo en alto. Imagínense la situación: ella, de cara a la pared, castigada por defenderse de un imbécil, y él, tumbado en medio de la clase, siendo el centro de la atención y disfrutándola entre chiribitas y platillos volantes.

La evolución continuó, imparable. A los catorce era una mujer hecha y derecha. Presumía de ello. Había combatido aquel complejo de inferioridad y patito feo con una nueva construcción personalizada en la que ella era el arquetipo ideal al que todas debían aspirar. Presumía de sus conquistas de fin de semana, en la localidad playera donde los papás tenían un apartamento: Yo, ahí, cuando entro, todos se giran para verme. Tenía muchísimos amigos: todos querían ser sus amigos, ... y quizá algo más, porque con lo buena que estoy. Y amigas, a cual más insoportable: Ésta es mi mejor amiga, Mara. La quiero mucho, ¿a que sí, Mara?. Mara respondía con la misma frase, sujetos y complementos directos intercambiados.

Se hizo insufrible. Era la hora de su venganza: Vosotros, que sois unos bajitos... No valéis para nada... Mira a Rosa, si fuera más alta --como yo, por ejemplo-- pues aún sería más o menos mona, pero como es bajita, pues es una gorda. Para jugar a basket hace falta gente como yo. No sé qué hago en el equipo con vosotras.... Todos tenían ganas de perderla de vista.

Suspiraron con alivio el día que se mudó a otra población.