Desayunos lujuriosos

¡Qué contraste con el desayuno usual! Allí, todo era un derroche. La demasía, el exceso. Frente a las insípidas habituales tostadas con mantequilla, asegurándose de que no hubiera ninguna esquinita chamuscada, allí se chamuscaban a base de bien por los bordes, haciendo honor a su nombre: tostadas, requetetostadas. Un delicioso olor a quemado invadía la cocina, el pasillo, el comedor --aún frío por la mañana--, despertándolos y llenándolos de hogareñidad. Se sentaba en la silla al lado del armarito, junto a la despensa, y la veía hacer. Torbellino de actividad nerviosa.

Sacaba las tostadas de la parrilla con los dedos, sin usar pinzas ni nada. Humeantes. Las rascaba un poquito con la hoja del cuchillo si estaban muy tostadas --eso sí--, las ponía sobre un plato duralex rayadísimo, casi opaco ya, y las cubría con margarina. Se fundía enseguida, al contacto con el pan, casi ardiente, ablandándolo hasta un punto tal que se doblaba al cogerlo por una esquina. Pero no había acabado aún: entonces, veloz, cogía el azucarero, del armarito --junto a los cubiertos--, y derramaba una generosa cucharada de azúcar sobre la pareja de requetetostadas. Caían granitos de azúcar sobre el plato y sobre la mesa, también. Como una nevada a pequeña escala, doméstica.

-- ¡Aquí tienes! Y ahora mismo te pongo la leche...

Porque al tiempo que preparaba las tostadas, tenía un cazo en el otro fogón, calentando leche. O más bien dicho, llevándola al hervor. Quizá para el momento en que las tostadas salían de la parrilla, ya estaba hirviendo. Y la vertía sobre un vaso, duralex, por supuesto. Antes de que acabara de llenarlo, ya se habían empañado las paredes del mismo, tal era la temperatura que alcanzaba. Entonces, en un movimiento rápido, se acercaba otra vez al armarito, tomaba el bote de soluble --Nescafé, siempre--, y ponía una cucharadita en el vaso. Aquello ya no era sólo excesivo; estaba ya en territorio prohibido. ¿Café? ¿A su edad? ¡Jamás! ¡Ni tan siquiera probaría el café granizado!

O eso pensaban los padres: ilusos. Allí, plim. A su juicio, parecía conveniente --¿qué mal podía hacerle con moderación?--, así que adelante. Tras la cucharada de café, una o dos de azúcar (a veces tres, si ella no miraba), remover bien con la cuchara y apartar la capa de nata que se había formado al poco sobre la superficie, una especie de telilla gruesa y pegajosa que se adhería a la cuchara con facilidad, dejando escapar los efluvios del café para que se unieran al olor de las tostadas, que llegaba ya hasta los dormitorios.

Hacía frío fuera --los cristales, empañados, eran testigos mudos--, pero aquellos desayunos lujuriosamente hiperglucémicos hacían olvidarlo.