Desatascando losas

El suelo de la casa era de todo, menos uniforme. Aquí y allí había alguna losa que se movía, cuando no directamente suelta, libre de toda atadura cementil y balanceándose siniestramente sobre un misterioso punto de apoyo central, aumentando la probabilidad de tropezar con ella y caer de morros contra algún mueble en el momento más inesperado.

Lo habían dejado pasar durante años. Total, ¿qué más daba? Además, estaban ocupados en otros asuntos. Pero finalmente, al cerrar la tienda ya no quedaba ninguna excusa para no poner remedio a aquel mal. Así que un día volvió a casa con un extraño saco. ¿Son patatas?, le preguntaron. ¡Ja! Patatas... ¡qué va! Cemento, ¡es cemento!

Lo miraron con los ojos muy abiertos, tratando de imaginarlo con una carretilla y una pala, pero no lo conseguían.

-- ¿Y para qué es?

-- Pues para arreglar las losas que están sueltas.

-- ¡Ahhh! ¿Y dónde vas a prepararlo?

Se quedó mirándolas, dándose cuenta entonces de que no había pensado en ello.

-- Pues... Mmmm... ¡en una palangana! Eso es.

-- Bueno, si ella te deja...

-- ¿Pero cómo no va a dejarme? Anda quita, quita, tanta barbaridad.

Se puso la ropa de estar por casa, y después de comer fue directo a la cocina. Allí, en el punto más concurrido --delante de la nevera y los fogones-- estaba la losa más suelta de todo el piso. Se podían hacer equilibrios sobre ella; era una especie de tabla de surf venida a menos. Y como dijo, preparó un poco de cemento en una palangana, la primera que encontró a mano. Le asaltó otra duda: ¿cómo quitar las losas? Probó con las manos: apoyaba la rodilla en un extremo, para hacer que se levantara por el otro lado, pero cuando ya casi podía meter las yemas bajo de la losa, se le resbalaba y volvía a caerse en su hueco.

Repitió la operación varias veces. Tenía la calva roja del esfuerzo; cuando le falló el último intento, exclamó un sonoro Redéu y se oyeron risas de repente.

No se había dado cuenta de que tenía público desde hacía un rato.

-- ¿Qué hacéis ahí?

-- Mirar.

-- Pues ya podríais ayudarme en vez de mirar.

-- Fácil. ¡Mira!

Dicho y hecho. Se fue hacia el lavadero con paso decidido, y metió la mano en la estantería junto a la ventana. Volvió con las manos en la espalda, ocultando lo que quiera que hubiera tomado de la estantería.

-- ¿Qué llevas ahí?

-- ¡Ahora verás --dijo, con confianza en sí misma-- ¡Chaaaan!

-- ¿El desatascador?

-- ¡Pues claro! Tú, lo que necesitas es una ventosa. ¿Y qué mejor ventosa que el desatascador? --sonrió, pagada de sí misma.

-- Barbaritats...

-- Ya estamos con las barbaritats. ¿Quieres hacer el favor de usarlo? ¡Pruébalo al menos, no seas cabezón!

-- Mmm no sé, ¿eh?

-- Se necesita ser...

Mohín de fastidio.

-- ¡Bueno, bueno! ¡Lo probaré! ¡Trae!

-- Ya verás --dijo, dando golpecitos en el suelo con la puntera de la zapatilla.

Cogió el desatascador, se echó hacia atrás, quitando la rodilla de la losa; lo puso en el centro de la misma y empujó fuerte, para que se pegara herméticamente. Entonces, ante el expectante público, estiró hacia arriba. La losa salió limpiamente, dejando al descubierto los restos de cemento desintegrado, arenilla y otros residuos que ocultaba bajo de su panza.

Se quedó mirando al conjunto de losa y desatascador, embobado. Ella, triunfalista, dio otro golpe, más fuerte, con la puntera, al tiempo que exclamaba:

-- ¿Ves? ¡Ja! Si es que más vale maña que fuerza.

Y con este método fueron saliendo todas las losas sueltas, incluso las que no estaban demasiado sueltas aún, que se soltaban más --o del todo-- con el forcejeo. Al final, tuvieron que poner freno al desatascador. Desatascar losas era adictivo.