Limones, botín prohibido

El mismo limonero de la piscina se dejaba ir fuera de la parcela, sobre el murete divisor, yendo a parar al patio del colegio. Eran largas ramas, acomodadas y asentadas con la autoridad que dan los muchos años sin conocer poda alguna. Aún con todo, se permitía el lujo de producir limones en abundancia. Debía estar riéndose de los arbolitos de huerta y todos los cuidados que necesitaban: él, contra viento y marea, anquilosado en aquel cachito de tierra y encerrado entre edificios, seguía dando una cosecha que ya quisieran muchos, ya.

Por supuesto, se echaban casi todos a perder, sin nadie que los recogiera, aparte de los pájaros que los picoteaban con deleite, las hormigas, que arramblaban con los restos cuando caían del árbol de puro maduros, y los niños, entusiasmados con el único árbol frutal que no verían en papel en mucho tiempo. Las moreras no contaban: sus frutos eran cuanto menos repugnantes.

Así que en cuanto las ramas llegaban un poco más abajo, aproximando los incipientes frutos a la chiquillería, comenzaba la competición por alcanzar aquel preciado botín. La mayor parte de las veces, y con mucha suerte, sólo conseguían arrancar un par de hojas, de un intenso verde oscuro, la antesala de la victoria que empujaba a seguir luchando por conseguir el gran premio final.

Pero había que tener cuidado, pues alguien se interponía entre ellos y el éxito: la autoridad. Cualquier asalto al limonero generaba siempre una considerable expectación, así que no era difícil que una cuantiosa muchedumbre se formara al poco de iniciarlo, y que por tanto, la autoridad decidiera intervenir inmediatamente y cercenar de raíz tales actividades. Así, se dirigía frenéticamente hacia la multitud, como quien desea evitar una desgracia humana, y se abría camino a gritos entre las cabecitas que observaban el espectáculo:

-- ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Aparta! ¡Déjame pasar!

Entonces llegaba al centro del semicírculo formado alrededor del muro y las ramas que pendían, y cogía del cogote al cazabotines que, sorprendido por aquella súbita aparición, aún estaba colgado de la rama, boquiabierto y sin saber qué hacer. De héroe a proscrito en tres segundos. Lo ponían cara a la pared, o peor aún, en una esquina del patio, vigilado por el resto de autoridades y sin poder jugar ni hablar con nadie, pero bien visible, para escarnio público. Que escarmentaran, que eso no se hace.

A veces conseguían algún limoncito antes de que se diera nadie cuenta. Lo guardaban rápida y celosamente en uno de sus bolsillos, y desaparecían rápido de la escena del crimen. Sin embargo, luego se confiaban y hacían gala de su botín en la fila para entrar en clase, produciendo el consiguiente tumulto y posteriores castigo y confiscación inmediata del botín, que iba a parar a la papelera, ¡y ay de quien osara cogerlo de nuevo!