Capas de pintura

Verde, azul añil, verde más claro; blanco.

Desconchones en lugares erráticos que mostraban las fases por las que pasó la terraza. La vecina de arriba la había pintado de rosa pálido, y las de abajo en color azul, aunque había un extraño monstruo, como una flor gigante, pintado en uno de los pisos. Se veía desde la calle pero nadie era capaz de identificarlo. A veces era más intenso, y otras apenas imperceptible.

Desde la base del edificio y llegando hasta arriba, atravesando el centro de la baranda, asomaba una columna de obra, pintada a brochazos rojos, totalmente disonante con el resto de colores. La habían cubierto con un gran cactus y una enredadera que a su vez trepaba sobre el cactus, pero en el fondo los brochazos seguían dominando el entorno, como lenguas de sangre en la oscuridad, siniestras.
Había un pequeño farolillo de hierro forjado, pintado en negro, colgado arriba de una de las puertas de la terraza. Encaramándose a la escalera plegable, pudo comprobar que en realidad no servía para nada, pues no tenía mecha ni portalámparas, sólo era uno de los pocos detalles decorativos que se podía encontrar en la austera casa.

Finalmente, en el centro del techo había una bola de vidrio lacada en azul pastel: ésa era la verdadera lámpara. Producía una luz misteriosa e irreal, entre azul y verdosa, gracias a la cual las lenguas de la columna parecían ser capaces de cobrar vida y atrapar a quien menos lo esperara.